Ecos en la niebla Capítulo 1
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Ecos en la niebla

Ecos en la niebla

Por Alberto Garcia Gil

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Capítulo 1

Contenido

Epílog o

La carretera serpenteaba entre los acantilados como una herida abierta.

El mar, invisible ante la bruma, rugía a lo lejos con un eco grave, como si quisiera advertirle que aún estaba a tiempo de dar la vuelta y regresar a su ciudad.

Mario apretó el volante con fuerza y aceleró, intentando alejar los malos pensamientos de su cabeza.

Desde que salió de Madrid, no estaba teniendo buenas sensaciones sobre el caso que tenía que cubrir.

Varios escalofríos recorrieron su cuerpo.

Aunque se calmó al pensar que en pasados casos había sentido también esas malas vibraciones y lo acabó resolviendo sin ningún tipo de problema.

Tras unas horas de viaje y sin ninguna parada para estirar las piernas, el cartel oxidado que daba la bienvenida a Puerto del Silencio apareció como una sombra difusa entre la niebla.

El nombre le pareció demasiado preciso. La humedad apagaba los ruidos, las casas parecían abandonadas y las personas que caminaban por las calles lo miraban con desconfianza, como si supieran demasiadas cosas sobre él.

Se detuvo frente a la pensión El Faro, una construcción de piedra ennegrecida por la sal y el tiempo.

Tras estacionar el coche en esa misma calle, cogió su equipaje del maletero y caminó hacia el hostal.

Empujó la puerta tras observar que ningún timbre se dejaba ver en el exterior.

Al abrirse la puerta , un cascabel sonó, débil, en el interior.

Una mujer de cabello plateado lo recibió con una sonrisa cansada.

—Bienvenido, forastero. No solemos tener visitas en esta época del año —dijo, con voz áspera.

—Mario Mena. Periódico El Observador. Tengo reserva.

Ella asintió con la cabeza. No parecía necesitar su nombre, DNI o su acreditación. Lo guio por un largo pasillo decorado con cuadros antiguos a ambos lados, hasta llegar a una habitación sencilla, con muebles viejos, un baño que había vivido años mejores y una ventana con vistas al puerto.

—No es buen lugar para curiosos —comentó al observar a Mario mirando por la ventana.

Mario sonrió con ironía.

—Por suerte, yo no soy curioso. Solo escribo.

El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier respuesta.

Esa misma tarde, el periodista se dirigió al acantilado Vigía del Viento, escenario del crimen que lo había llevado hasta allí. La policía había acordonado la zona, pero la niebla lo envolvía todo, ocultando más que mostrando.

Un agente local, bien uniformado, corpulento y con gesto receloso, lo detuvo.

—Prensa, ¿verdad? —preguntó el agente, sin esperar respuesta—. No hay nada que ver, el cuerpo de la chica está en la morgue.

—¿Qué le ocurrió? ¿Hay arma del crimen? —Mario insistió, tanteando con preguntas cortas.

El policía lo miró como se observa a alguien que estorba. Pero a los pocos segundos rompió el silencio y acabó hablando, sabía lo persistentes que podían ser los periodistas, y en este caso, Mario contaba con acreditación.

—Se cayó, o se tiró. Lo que fuese.

La frase quedó flotando en el aire como la propia bruma. Mario sabía reconocer un muro cuando lo tenía delante, pero también sabía que detrás de cada pared había grietas.

Antes de marcharse del lugar del crimen, distinguió una silueta femenina observando desde la distancia. Una mujer de abrigo oscuro, cabello suelto, inmóvil como una estatua. Sus ojos se encontraron apenas un segundo antes de que ella desapareciera entre la niebla.