Ecos del faro CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

—Lo que sabe todo el pueblo —dijo Rosa—. Que llegó del sur con demasiadas preguntas para un sitio que no las recibe bien. Que se quedó más tiempo del que era prudente. Y que cuando se fue no se llevó todo lo que debería haberse llevado.

—¿Qué dejó?

Rosa se volvió hacia el mostrador. Apoyó las manos en la superficie de mármol con una firmeza que sonó limpia en el local vacío.

—Dejó a Lucas —dijo—. No aquí, en la cala norte, que es como si fuera otro sitio. Pero lo dejó.

—Manuel murió —dijo Elena—. Eso no es lo mismo que abandonar.

—Murió tarde —dijo Rosa—. Lucas tenía dieciséis años cuando Manuel se fue al jergón. Dieciséis años son demasiados para no haber contado nada y muy pocos para quedarse solo con la barca y la deuda del motor. —Una pausa—. Tu abuela le puso el ojo encima desde entonces. Sin que él lo supiera, o sin que quisiera que lo supiera, que en ella venía a ser lo mismo.

—¿Había algo entre mi abuela y Manuel que fuera más allá del arrendamiento?

Rosa dejó de moverse. Se quedó quieta de espaldas a Elena durante un momento que era demasiado largo para ser solo pensamiento y demasiado corto para ser evasión.

—Hay cosas que en este pueblo se saben sin decirse —dijo al final, con la voz más baja que de costumbre—. Y hay cosas que se saben y no se dicen porque decirlas cambia lo que son. —Se volvió—. Lo que tu abuela sentía por Manuel, y lo que él sentía por ella, era del segundo tipo. Si te lo confirmo, ya no es lo mismo que si lo encuentras tú.

Era la respuesta más honesta posible y al mismo tiempo la que cerraba la puerta. Elena la archivó en el lugar donde archivaba las cosas que eran verdad aunque no se dijeran de forma completa.

—¿Sabías lo del Esperanza, Rosa?

Rosa no respondió inmediatamente. Miró a Elena durante un momento con esos ojos pequeños y precisos que no ocultaban lo que veían sino que decidían cuánto compartir de ello.

—En este pueblo todo el mundo sabe lo del Esperanza —dijo al final—. Lo que pasa es que cada uno sabe una versión diferente. Y las versiones no siempre coinciden.

—¿Cuál es la tuya?

Rosa exhaló un sonido corto que no era una risa exactamente pero se le parecía.

—La mía es que fue una noche de mucho viento y poca suerte y que hay gente que se benefició de esa combinación y gente que la pagó. —Se apartó del mostrador—. Lo que no te voy a decir es qué gente fue cuál, porque esa conversación no la tengo con nadie que no haya vivido aquí los treinta años de después.

Elena asintió. Era una negativa limpia, sin hostilidad, del tipo que respeta lo que cierra.

—¿Y Pedro Aguirre? —dijo Elena.

Esta vez el movimiento de Rosa sí se detuvo. Brevemente, solo un segundo, antes de reanudarse.

—Pedro es un hombre que lleva mucho tiempo cargando con algo que nadie le ayudó a cargar —dijo Rosa, con una precisión nueva en la voz, como si esta respuesta requiriera más cuidado que las anteriores.

—Yo no soy de fuera —dijo Elena.

—No —dijo Rosa, mirándola—. Pero llevas diez años siéndolo.

Elena no tenía respuesta para eso. Lo que tenía era la misma certeza de los días anteriores, la certeza de que esta mujer decía exactamente lo que quería decir y nada más, con la economía de las personas que han aprendido el peso de las palabras usándolas con cuidado durante muchos años.

—¿Hay algo que debería saber antes de hablar con Pedro? —dijo Elena.

Rosa la estudió durante un momento.

—Que su pierna izquierda no funciona bien desde el 74 —dijo—. Desde esa noche. Nadie le preguntó cómo se la hizo y él nunca lo explicó. —Una pausa muy breve—. Y que cada noviembre, el día veintitrés, cierra la tienda y no sale de casa. Lleva haciéndolo treinta años.

Elena salió de la tienda. La plaza estaba igual que cuando había entrado, casi desierta, con el viento barriendo la grava. El banco junto a la fuente seguía vacío.

Cruzó hacia la biblioteca.

La puerta estaba cerrada ahora. El letrero de metal sobre fondo blanco. Elena se quedó un momento en el umbral, mirando la puerta cerrada, pensando en Clara Romero con su chaqueta roja y esa mirada de quien está decidiendo cuánto mostrar y cuándo.

Mañana, pensó. Mañana vendría.

Caminó hacia el banco de la fuente sin decidir adónde iba.

Lucas la esperaba en la plaza de la iglesia.

Estaba sentado en el banco de piedra junto a la fuente seca, con los codos en las rodillas y la vista en el suelo de grava. Levantó la cabeza cuando Elena llegó. No había en su cara la expresión de alguien que ha tenido una conversación; había la expresión de alguien que ha tenido la conversación que esperaba.

Elena se sentó a su lado en el banco. La piedra estaba fría a través del tejido de los vaqueros.

—¿Cómo está Pedro?

—Está —dijo Lucas—. Me abrió la puerta. Pero no me lo contó a mí. —Una pausa—. Dijo que esto

te lo tiene que contar a ti. Que lleva esperando este momento desde que la abuela murió.

—¿No te dijo nada?

—Dos cosas. —Lucas hizo una pausa—. Que hay documentos en el faro que no encontramos

anoche. Algo que Manuel guardó en la pared sur del desván, detrás del tablero de mapas. Y que

desde que llegaste tú, ha notado movimiento en sitios donde no debería haber movimiento.

—Clara —dijo Elena.

—Y el hombre de la gorra. Mateo era el patrón de la cofradía antes de morir. Pero alguien ocupa ese

sitio ahora. Elena siguió la mirada de Lucas hacia el acantilado. El faro era visible desde la plaza en los días claros, un punto blanco en la cima de la piedra negra, pero hoy la niebla baja lo había borrado del horizonte, dejando solo el acantilado sin su remate, truncado a mitad de altura como una frase incompleta.

—Tenemos que volver al faro —dijo Elena.

Lucas asintió.

—Esta noche —dijo—. De día hay demasiados ojos en el sendero.

Se pusieron en pie al mismo tiempo, con ese sincronismo que habían tenido toda la semana. Caminaron juntos hacia el sendero de la costa, con la separación estricta de un paso entre ellos, ese espacio que Elena mantenía con una atención que le costaba más que cualquier otra cosa de esa mañana.

A mitad del camino, donde el sendero se estrechaba y no había forma de mantener la distancia sin que uno de los dos pisara el borde del acantilado, sus brazos se rozaron.

Fue un contacto de menos de un segundo. Tela contra tela, nada más.

Elena se hizo a un lado antes de que el sendero se lo pidiera.

Lucas no dijo nada. Siguió caminando con esa vista fija en el camino que podía ser concentración o podía ser lo mismo que le pasaba a ella, el esfuerzo de no registrar lo que de todas formas se había registrado.

El mar rugía en el abismo a su derecha, indiferente como siempre, reclamando lo suyo.

Encontraron la nota cuando llegaron a la casa.Estaba al pie de los peldaños del porche, debajo de una piedra caliza que no pertenecía al camino. Un fajo de papeles doblados en cuatro, con las hojas exteriores empapadas pero el interior todavía legible. Elena se agachó y lo recogió mientras Lucas esperaba arriba.

Era una transcripción oficial. Membrete de la comandancia de marina, fecha de 1974, extracto del informe de pérdida del transatlántico Esperanza. Era una sola página, la página del anexo donde constaba la lista de pasaje con los dieciocho nombres en blanco.

Alguien había circulado tres de esos nombres con un rotulador rojo.

Debajo de los círculos, escrito con letra de imprenta en el margen inferior de la página:

Sabemos lo que encontrasteis anoche. El cofre tiene más de una cámara. Dejad el faro antes de que la marea suba del todo.

Elena leyó la nota dos veces. La subió a Lucas sin comentario. Él la leyó. La sostuvo durante un momento mirando los tres nombres circulados.

—Los reconoces —dijo Elena. No era una pregunta.

—Sí —dijo Lucas—. Son los apellidos de las tres familias que gobiernan la cofradía. —Dobló la nota—. También son los apellidos de los tres hombres que esperaban a Pedro en el muelle la noche del naufragio.

Elena miró el sendero de grava, la verja abierta, el camino hacia el puerto. No había nadie. Pero el sendero tenía esa calidad de los lugares donde alguien ha estado hace muy poco y el rastro todavía no se ha disuelto del todo.

—Esta noche —dijo Elena.

—Esta noche —confirmó Lucas.

Entraron a la casa.