Ecos de lo que fui CAPÍTULO 33 La marea baja
76%

CAPÍTULO 33 La marea baja

El mar sonaba distinto de noche.

No era el rugido constante que uno imagina, ni el suspiro romántico de las postales.

Era un sonido mecánico, casi industrial: el golpeteo rítmico del agua contra los bloques de hormigón del espigón, un thud-thud-thud de unos dos hercios que se transmitía por el suelo hasta las suelas de las botas.

Entre golpe y golpe, el retroceso del agua sobre la grava, un siseo largo que sonaba como mil serpientes arrastrándose sobre papel de lija.

Y encima de todo, el viento, que no aullaba sino que raspaba, una lija de grano grueso frotando contra la chapa ondulada de las casetas de los pescadores, abandonadas desde hacía años.

Marta caminó por la escollera. Las piedras estaban resbaladizas por las algas, cubiertas de una capa fina de sal que crujía bajo sus botas.

A su izquierda, la planta desalinizadora, un esqueleto de hormigón recortándose contra el cielo.

A su derecha, el mar, una masa negra e invisible, solo delatada por el sonido y por el olor.

Se detuvo a veinte metros de la orilla. No por precaución.

Por respeto. El mar no era un personaje.

No era un símbolo. Era una fuerza física, indiferente a las tragedias humanas, que llevaba millones de años rompiendo contra esa costa y seguiría rompiendo millones de años después de que ella, Elías, Elena, Roldán, Carmen, Velasco y todos los demás fueran polvo.

Se sentó en una roca. El hormigón estaba frío, húmedo, cubierto de una capa de salitre que se le pegó a los vaqueros. Se ajustó la chaqueta. El bisturí le apretaba contra el muslo. Los frascos, contra el pecho.

Sacó uno. Lo levantó a la altura de los ojos.

La luna, que había estado oculta tras las nubes durante toda la noche, apareció de pronto, como si alguien hubiera encendido un interruptor. La luz plateada iluminó el frasco, y Marta vio lo que no había visto antes.

No era formol.

El líquido ámbar, bajo la luz lunar, tenía un matiz verdoso, una turbiedad que el formol puro no tiene.

Y el oído —el oído humano flotando en el líquido— no estaba cortado con precisión quirúrgica.

Estaba arrancado. Los bordes eran irregulares, deshilachados, como si alguien hubiera tirado de él con fuerza bruta.

Y el pendiente, el pendiente de oro en forma de luna creciente, no estaba perforado en el lóbulo.

Estaba soldado. Soldado a la carne con una precisión que ningún cirujano humano podría lograr.

Marta dejó caer el frasco. No se rompió. Rebotó sobre la grava con un sonido sordo, rodó unos centímetros, se detuvo.

No eran oídos humanos.

Eran oídos artificiales.

Prótesis. Implantes. Dispositivos de escucha.

Y el pendiente no era una joya. Era una antena.

Marta se llevó la mano a la oreja izquierda. La que le había estado doliendo durante toda la noche. La que había atribuido al tinnitus, a la hiperacusia, al estrés. Se tocó el lóbulo.

No sintió nada.

Se tocó detrás de la oreja. El hueso mastoides.

Pero sintió algo.

Un bulto. Pequeño. Duro. Del tamaño de una lenteja. Bajo la piel.

Marta cerró los ojos. No para pensar. Para escuchar.

Y entonces lo escuchó.

No venía del mar. No venía del viento. No venía de la planta desalinizadora. No venía de los frascos.

Venía de dentro de su propia cabeza.

Un zumbido. Muy bajo. Casi imperceptible. De unos sesenta hercios.

La frecuencia de la red eléctrica europea.

Pero no era la red eléctrica.

Era el implante.

El implante que llevaba en el cráneo desde los cuatro años.

El implante que le habían puesto en el sanatorio.

El implante que le habían activado cuando había llegado a Ostrava.

El implante que le había estado transmitiendo frecuencias, provocando alucinaciones, borrando recuerdos, implantando voces.

Marta abrió los ojos.

No estaba loca.

No era una frecuencia base.

No era una nota fundamental.

No era un eco.

Era una espía.

Una espía con un implante en el cráneo que alguien había estado controlando durante veintiocho años. Alguien que había estado escuchando a través de sus oídos. Alguien que había estado hablando a través de su voz. Alguien que había estado viendo a través de sus ojos.

Y ese alguien... ese alguien estaba ahí. Ahora. Escuchando.

Marta se puso de pie. Miró a su alrededor. La escollera, vacía. El mar, indiferente. La planta desalinizadora, oscura. El cielo, sin estrellas.

—Sé que estás ahí —dijo. Su voz sonó extraña en el espacio abierto, absorbida por el viento, llevada mar adentro.

Nadie respondió.

Pero Marta no esperaba una respuesta. Esperaba un sonido.

Y el sonido llegó.

No de fuera. De dentro.

Una voz. No la suya. No la de niña. Una voz masculina. Grave. Cansada. Con un acento que Marta reconoció al instante.

El acento de su padre.

—Hola, Marta —dijo la voz—. Llevaba mucho tiempo esperando poder hablarte.

Marta no respondió. Se llevó la mano al implante. Lo presionó. El bulto bajo la piel cedió ligeramente, como si fuera de goma, como si fuera un botón.

La voz se cortó.

El silencio volvió.

Pero no era silencio. Era pausa.

Marta se agachó. Recogió el frasco. Lo miró. El oído artificial flotaba en el líquido verdoso, el pendiente-soldado brillando bajo la luna.

No eran oídos de sus hermanas.

Eran oídos de ella.

Réplicas. Copias. Implantes fabricados a partir del suyo.

Y las mujeres que había visto —las del coche negro, la de la calle, la de la librería— no eran sus hermanas. No eran sus clones. No eran sus ecos.

Eran operativas. Agentes. Espías como ella. Con implantes como el suyo. Con voces como la suya. Con misiones como la suya.

Y la misión... la misión era encontrarla.

Encontrarla y activarla.

Activarla para qué.

Marta no lo sabía.

Pero iba a averiguarlo.

Se guardó el frasco en el bolsillo. Se ajustó la chaqueta. Se tocó el implante, el bulto bajo la piel, el botón que acababa de presionar.

Y empezó a caminar.

No hacia la ciudad. No hacia Madrid. No hacia ningún sitio seguro.

Hacia la planta desalinizadora.

Hacia Elías. Hacia Elena. Hacia la verdad.

Porque si ella era una espía, entonces ellos también lo eran.

Pero si ellos también lo eran, entonces la misión no había terminado. Y si la misión no había terminado, entonces alguien, en algún lugar, estaba esperando su informe.

Marta caminó por la escollera. Las piedras crujían bajo sus botas. El mar golpeaba contra los bloques de hormigón. El viento raspaba contra las casetas abandonadas.

Pero dentro de su cabeza, en el lugar donde antes había una voz, ahora había silencio.

Un silencio que no era paz.

Era pausa.

La pausa antes de que la misión empezara. La pausa antes de que el informe se enviara. La pausa antes de que alguien, en algún lugar, respondiera.

Marta llegó a la verja de la planta desalinizadora. El candado seguía cortado. El portillo, entreabierto.

Entró.

El patio interior estaba igual que antes. La maquinaria abandonada. El salitre cubriendo todo. La chimenea recortándose contra el cielo.

Pero algo había cambiado.

La nave central, que había estado oscura cuando ella se fue, ahora tenía luz. Una luz amarillenta, débil, saliendo por las rendijas de la puerta de servicio.

Y dentro, sonidos.

No los de Elías y Elena.

Los de alguien más. Alguien que estaba esperando. Alguien que había estado esperando toda la noche. Alguien que, ahora que ella había presionado el botón, ahora que ella había activado el implante, ahora que ella había enviado la señal...

Alguien que, por fin, había llegado.

Marta se acercó a la puerta. Apoyó la oreja contra el metal.

Escuchó.

Dentro, al menos cuatro personas. Respiraciones. Roces de tela. El tintineo de instrumentos metálicos. Y una voz.

Una voz que Marta reconoció.

La voz de Roldán.

La inspectora. La que la había encontrado en el sanatorio. La que la había llevado al hospital. La que le había contado las historias. La que le había dejado el mensaje en el móvil.

—...no tenemos mucho tiempo —decía Roldán—. Ella ha activado el implante. La señal ya ha sido enviada. En menos de una hora, el equipo de extracción estará aquí. Tenemos que terminar antes de que lleguen.

—¿Terminar qué? —preguntó otra voz. Masculina. Joven. Marta no la reconoció.

—Terminar el protocolo —dijo Roldán—. Terminar lo que su padre empezó hace veintiocho años. Terminar lo que nosotros llevamos veinte años intentando completar.

—¿Y si ella no quiere?

—No importa lo que ella quiera. Ella no es una persona. Es una herramienta. Y las herramientas no quieren. Las herramientas funcionan.

Marta cerró los ojos.

No por miedo. No por horror. Por cansancio. Un cansancio que no tenía que ver con la falta de sueño, sino con la acumulación de verdades que su cerebro no podía procesar todas a la vez.

Abrió los ojos.

Empujó la puerta.

Entró.