CAPÍTULO 24 El punto ciego
La escalera de emergencia olía a humedad vieja y a pintura descascarada.
Los peldaños de hormigón estaban cubiertos por una capa fina de polvo que crujía bajo las botas de Marta, un sonido que intentó amortiguar apoyando el peso en los bordes, donde el cemento estaba más desgastado, más liso, menos propenso a delatarla.
Bajó cuatro pisos sin encontrar a nadie.
En el tercero, una puerta se abrió dos centímetros al pasar.
Marta se detuvo. Escuchó. Respiración. Una.
Superficial. Acelerada. Alguien fumando a escondidas, con la ventana entreabierta, el humo saliendo en hilos finos por la rendija.
El olor a tabaco rubio se mezcló con el de la humedad.
Marta esperó diez segundos. La puerta no se abrió más.
El fumador no la había visto. Siguió bajando.
En el segundo, un carrito de limpieza bloqueaba la mitad del rellano.
Marta lo rodeó con cuidado, esquivando las ruedas que chirriarían si las rozaba, contorneando el cubo de agua con la fregona empapada goteando lentamente sobre el suelo, un tap-tap-tap que se sincronizó involuntariamente con su pulso.
Llegó a la planta baja.
La puerta de la escalera daba a un pasillo estrecho, sin ventanas, iluminado por tubos fluorescentes que parpadeaban a una frecuencia de ciento veinte hercios, el doble de la red, un zumbido agudo que se colaba entre los dientes.
A la izquierda, el acceso principal. A la derecha, el almacén de mantenimiento.
Al fondo, la salida de servicio, con un cartel de SÓLO PERSONAL en letras rojas desvaídas.
Marta se quedó quieta. Escuchó.
El vestíbulo principal estaba ocupado. Voces.
Al menos tres personas. El taconeo de unos zapatos de cuero sobre el mármol.
El roce de una silla Begin arrastrada. El tintineo de llaves.
Una conversación en voz baja, ininteligible, pero con la cadencia de una reunión formal. No la estaban buscando. Todavía.
El almacén estaba vacío. Lo sabía por el silencio. Un silencio distinto al de una habitación ocupada: sin respiración, sin roce de tela, sin el zumbido de un teléfono en modo silencio vibrando contra una superficie.
La salida de servicio tenía una cámara. Lo vio en el techo: una cúpula negra, con el LED rojo parpadeando cada cuatro segundos, el tiempo exacto que tarda un sensor infrarrojo en completar un ciclo de barrido. Cuatro segundos de oscuridad. Cuatro segundos de visión. Un patrón predecible.
Marta esperó. Contó. Uno. Dos. Tres. Cuatro. El LED se apagó.
Corrió.
Tres pasos. Cuatro. Cinco. La mano en el picaporte. El picaporte giró. La puerta cedió. El aire de la tarde entró de golpe, frío, cargado de salitre y de gasóleo, con el rumor lejano del tráfico en la carretera costera.
Salió.
El callejón trasero del hospital era un túnel de ladrillo entre dos edificios, con contenedores de basura alineados contra la pared y una rampa de descarga que bajaba al sótano del garaje.
El sol de la tarde, filtrado por las nubes, proyectaba sombras largas sobre el asfalto mojado.
Una gaviota picoteaba algo en el borde de un contenedor verde.
Marta miró a su alrededor. Nadie.
Caminó hacia el contenedor amarillo del patio interior, el que había visto desde la ventana. Ahora, desde fuera, la bolsa negra era claramente visible: apoyada contra la pared de ladrillo, medio oculta por una caja de cartón empapada, con el nudo apretado en la parte superior.
Se agachó. El plástico crujió bajo sus dedos. Estaba frío. No por el aire, sino por algo dentro. Algo que había estado en un frigorífico, o en una cámara, o en el suelo de un sótano durante horas.
Tiró del nudo. No cedió. Doblado dos veces.
Con nudos de marinero, de esos que se aprietan cuanto más tiras.
Sacó del bolsillo de la chaqueta la navaja multiusos que siempre llevaba —una costumbre de los trabajos en obra, donde los cables se pelan con filo, no con dientes—, la abrió, y cortó el plástico.
Dentro, envuelto en papel de periódico —El Progreso de Ostrava, fecha del jueves anterior—, había tres cosas.
La primera: una grabadora. Antigua. De cinta.
Una Revox B77, idéntica a la que Roldán le había mostrado en el salón de su casa.
Pero esta era más pequeña. Portátil. De las que se usan para grabar entrevistas en exteriores.
Con el cable del micrófono enrollado alrededor del cuerpo, y una cinta nueva dentro, sin usar.
La segunda: un sobre blanco. Sin remitente. Con su nombre escrito a máquina, no a mano. MARTA RIVAS. En el ángulo inferior derecho, un sello: HOSPITAL COMARCAL DE OSTRAVA. ARCHIVO. 1998.
La tercera: un frasco de cristal. Pequeño. De los que se usan en los laboratorios para muestras. Con un líquido ámbar dentro. Y flotando en el líquido, algo.
Marta lo levantó a la altura de los ojos. El sol de la tarde, filtrado por las nubes, iluminó el interior del frasco.
Era un oído.
Humano. Completo. Con el pabellón auricular, el conducto, el tímpano visible a través del líquido. Cortado con precisión quirúrgica. Conservado en formol.
Y en el lóbulo, perforado con una aguja fina, un pendiente. De oro. Con la forma de una luna creciente.
Marta sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies.
No por miedo. Por reconocimiento. Porque el pendiente era idéntico al que su madre llevaba en las fotos que ella recordaba de su infancia.
Las fotos que creía haber inventado. Las fotos que Roldán le había dicho que eran falsas.
Las fotos que Elena le había dicho que eran proyecciones de su trauma.
Pero el pendiente era real.
El oído era real.
El frasco era real.
Alguien había cortado un oído humano. Alguien lo había conservado en formol.
Alguien lo había envuelto en papel de periódico.
Alguien lo había dejado en una bolsa negra en el patio de un hospital.
Alguien sabía que ella estaba ahí. Alguien sabía que ella escucharía. Alguien sabía que ella entendería.
Marta guardó el frasco en el bolsillo de la chaqueta. Pesaba. Frío. Real. Guardó la grabadora. Guardó el sobre.
Se incorporó.
Y entonces escuchó los pasos.
No venían del hospital. Venían de la calle.
Del callejón. Del otro extremo del túnel de ladrillo.
Lentos. Medidos. Con la cadencia de alguien que no tiene prisa, pero que tampoco se detiene.
Botas de suela dura. Peso distribuido de forma desigual.
Una cojera leve, casi imperceptible, en la pierna izquierda.
Marta se giró.
Al final del callejón, recortado contra la luz grisácea de la tarde, había un hombre.
Alto. Delgado. Con un abrigo largo, de los que se usan en los entierros, negro, de lana, con los botillos desgastados en los puños.
El pelo canoso, corto, peinado hacia atrás.
El rostro, parcialmente oculto por la sombra del ala de un sombrero que ya no se lleva.
Pero las manos eran visibles. Colgando a los costados. Relajadas. Sin armas. Sin guantes.
En la mano izquierda, un pendiente de oro. En forma de luna creciente. Idéntico al del frasco. Idéntico al que su madre llevaba en las fotos.
El hombre se detuvo a cinco metros. No se acercó. No habló. Solo la miró.
Marta no se movió. Escuchaba. No solo los pasos.
El fondo. La respiración del hombre, regular, a unos sesenta por minuto.
El roce de la lana del abrigo contra la camisa.
El crujido de las botas sobre el asfalto mojado.
Y debajo de todo, el zumbido del pendiente.
Una frecuencia baja, constante, que resonaba en el hueso mastoides, justo detrás de la oreja.
—Tú debes de ser Marta —dijo el hombre.
La voz era grave. Cansada. Con un acento que Marta no pudo identificar. No era del norte. No era del sur. Era neutro. Como si hubiera aprendido el castellano en un lugar donde nadie lo hablaba bien.
—¿Quién eres? —preguntó Marta.
El hombre sonrió. Una sonrisa triste, rota, que no le llegó a los ojos.
—Soy el que te mandó la bolsa —dijo—. El que te dejó la grabadora. El que te escribió el sobre. El que... el que te estuvo esperando durante veintiocho años.
Marta retrocedió un paso. Luego otro. Su espalda chocó contra el contenedor. El plástico crujió bajo su peso.
—¿Cómo te llamas?
El hombre no respondió de inmediato. Se llevó la mano al sombrero. Se lo quitó. Lo dobló. Lo guardó en el bolsillo del abrigo.
El rostro quedó expuesto.
Era viejo. Muy viejo. Setenta, quizás setenta y cinco años. La piel cetrina, surcada de arrugas profundas. Los ojos grises, inyectados en sangre, con una capa fina de cataratas que les daba un aspecto lechoso. La boca, sin dientes, hundida en las encías.
Pero había algo familiar en el rostro. Algo que Marta no pudo situar. Algo que su cerebro reconocía antes de que su conciencia lo procesara.
—Me llamo como tú —dijo el hombre—. Me llamo Rivas.
Marta cerró los ojos.
—No.
—Sí. —El hombre dio un paso hacia ella. Marta no se movió. No podía. El contenedor le bloqueaba la espalda. La bolsa le bloqueaba el lado—. Soy tu abuelo. El padre de tu madre. El que creyeron muerto en un accidente de coche hace treinta y cinco años. El que... el que nunca murió.
Marta abrió los ojos.
—Mi madre murió de cáncer.
—No. —El hombre dio otro paso hacia ella. Ahora estaba a tres metros. Marta podía olerlo: tabaco negro, loción para después del afeitado antigua, y algo más. Algo dulzón. Empalagoso. Formol—. Tu madre no murió de cáncer. Tu madre murió porque yo la maté.
Marta sintió que el corazón le subía a la garganta.
—No.
—Sí. —El hombre se llevó la mano al bolsillo del abrigo.
Sacó algo. Un pañuelo blanco, de tela, bordado con iniciales en hilo azul.
Se lo llevó a la boca. Tosió. Un sonido húmedo, profundo, que le sacudió todo el cuerpo.
Cuando se apartó el pañuelo, había una mancha oscura en el centro.
Sangre. Vieja. Seca. De días—. Tu madre descubrió lo que yo había hecho.
Lo que había hecho con tu padre. Lo que había hecho contigo.
Y yo... yo no pude permitir que lo contara.
No pude permitir que te quitara lo que te había dado.
No pude permitir que te liberara de lo que eras.
Marta cerró los ojos.
—¿Qué eras?
El hombre no respondió de inmediato. Se llevó la mano al pecho. Sacó algo más. Una cartera. De cuero negro, desgastada por el tiempo. La abrió. La sostuvo frente a Marta.
Dentro, una identificación. Con su foto. Con su nombre.
DR. MANUEL RIVAS. PSIQUIATRA. HOSPITAL COMARCAL DE OSTRAVA.
La foto era antigua. De hacía treinta, quizás treinta y cinco años. Pero el rostro era el mismo. El mismo pelo canoso. La misma piel cetrina. Los mismos ojos grises, inyectados en sangre.
—Soy el que diseñó el protocolo —dijo el hombre—. El que te marcó. El que te internó. El que... el que te convirtió en lo que eres.
Marta abrió los ojos.
—No.
—Sí. —El hombre cerró la cartera. La guardó en el bolsillo—. Y ahora... ahora tengo que decidir qué hacer contigo.
Marta sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.
—¿Decidir qué?
El hombre no respondió de inmediato. Se llevó la mano al abrigo. Sacó algo más. Una jeringuilla. Precargada. Con un líquido transparente. Con una aguja de calibre fino.
—Esto te va a ayudar —dijo—. Vas a dejar de oír lo que no deberías oír. Vas a dejar de recordar lo que no deberías recordar. Y vas a poder irte a casa. A Madrid. A tu apartamento. A tu vida.
Marta miró la jeringuilla. Miró al hombre. Miró el frasco en su bolsillo. Miró la grabadora. Miró el sobre.
Ahora lo escuchó.
No venía del hombre. No venía del hospital. No venía del callejón.
Venía de la grabadora.
Que seguía en su bolsillo.
Una voz. Su voz.
Pero no la suya de ahora.
La suya de niña.
Susurrando.
—No le creas, Marta. Por favor. No le creas. Él no es tu abuelo. Él es... él es el que te creó.
Marta abrió los ojos.
Y supo, con una certeza absoluta que le heló la sangre, que la voz no venía de una alucinación.
Venía de un recuerdo.
De un recuerdo real. De un recuerdo que su cerebro había estado protegiendo durante veintiocho años. Supo, con una certeza absoluta que le heló la sangre, que el hombre le había mentido.