Capítulo 7
Me quedé mirando la pantalla de mi celular como si fuera un pedazo de hielo que me quemaba la mano.
Leí el mensaje diez, tal vez veinte veces. Cada palabra era un golpe seco y una caricia al mismo tiempo. "La convencí".
Él, el hombre que la había hecho gemir y retorcerse en su cama, era el único capaz de hacerla entrar en razón. Yo no era nada. Yo era un puto cero a la izquierda que dependía de la buena voluntad del hombre que se estaba adueñando de mi esposa.
Pero había esperanza. Puta madre, a pesar de lo miserable que me sentía, un chispazo de luz se me encendió en el pecho. Iba a verla. Iba a tener la oportunidad de pedirle perdón de rodillas si era necesario.
Salí de la oficina casi corriendo. Ni siquiera me despedí de nadie. Bajé al estacionamiento, me subí a mi carro y manejé hacia mi casa como un auténtico desquiciado, esquivando autos, pasándome un par de altos, con las manos aferradas al volante.
Pero mi cabeza era un remolino. ¿Qué le iba a decir? ¿Cómo iba a justificar lo injustificable? Estaba aterrado. Tenía un pánico irracional a que ella me mirara a los ojos y me dijera que iba a meter los papeles del divorcio.
Pero también sentía una ansiedad asquerosa, un morbo hirviente por volver a verla después de que David me confesara todo lo que habían hecho juntos.
Quería buscar en su rostro, en su mirada, los rastros de esa sumisión que mi jefe había presumido en su oficina.
Llegué a la casa. Entré y el silencio me llegó de golpe, como siempre, pero esta vez no me dejé hundir. Fui directo a la recámara. Eran las siete de la tarde. Tenía dos horas.
Me metí a la regadera y abrí la llave del agua caliente. Me tallé el cuerpo con desesperación, intentando quitarme el sudor frío, la peste del estrés y de la humillación de la oficina.
Cerré los ojos bajo el chorro de agua, ensayando en mi mente mis disculpas. Pero mi mente no paraba de dar vueltas: ¿qué iba a decir? ¿Cómo iba a mirarla? ¿Y si me rechazaba delante de David?
Salí del baño. Me afeité lo más detalladamente que pude, cuidando no dejar un solo rastro de barba. Fui al clóset y saqué lo mejor que tenía.
Mi traje azul marino corte italiano. Era el traje más caro que había comprado en mi vida, el que usé para la boda de mi hermana y que reservaba solo para eventos de suma importancia. Saqué una camisa blanca, impecable, recién planchada de la tintorería, y una corbata de seda oscura.
Me vestí despacio. Me lustré los zapatos negros hasta sacarles brillo. Fui al tocador y tomé el frasco de colonia de diseñador que Regina me había regalado en nuestro último aniversario; me rocié generosamente en el cuello y las muñecas.
Me miré en el espejo de cuerpo entero. Estaba bien peinado, olía bien, la ropa me entallaba perfecto. Quería lucir como un hombre de verdad. Quería demostrarle a Regina que yo también valía, que yo era su marido, que podíamos empezar de cero. Estaba aterrorizado, pero listo para la guerra.
Salí de la casa y manejé hacia el Bar de Altamira.
El lugar estaba en la zona más exclusiva y ridículamente cara de la ciudad.
Era un antro-bar tipo lounge, de esos a los que no puedes entrar si no traes reservación o si no bajas de un carro que cuesta más de un millón de pesos.
Llegué a las ocho y cincuenta. Le entregué las llaves al valet parking, me ajusté el saco y caminé hacia la pesada puerta de madera y cristal oscuro.
Por primera vez en mi vida, me sentía algo seguro. Me sentía incluso guapo.
La hostess, una chica altísima con un vestido negro, me miró de arriba abajo.
—Buenas noches. Vengo a la mesa del licenciado David Montenegro —dije, sintiendo que la garganta se me secaba al pronunciar su nombre.
La actitud de la hostess cambió de inmediato. Sonrió con cortesía extrema.
—Por supuesto, señor. El licenciado lo está esperando. Acompáñeme, por favor.
Entré al lugar. La atmósfera era pesada, elegante. Había luces tenues, tonos ámbar y azules, paredes forradas de terciopelo oscuro y música de jazz sonando a un volumen perfecto que permitía platicar. El ambiente tenía aromas de puros finos, perfumes importado y a dinero.
Caminé detrás de la chica, sintiéndome repentinamente pequeño dentro de mi traje azul. En un ipso facto, mi seguridad colapsó.
Y es que al fondo del lugar, en una especie de reservado VIP flanqueado por sillones de piel en forma de media luna, los vi.
Me quedé clavado en el piso. El oxígeno se me esfumó de los pulmones.
Regina y David ya estaban ahí. Estaban sentados en el mismo sillón curvo de piel oscura. Mi esposa estaba de espaldas a mí, girada ligeramente hacia él. Y juro por Dios que la imagen me partió la madre de un solo tajo.
Regina traía puesto un vestido de seda verde esmeralda. Un vestido que yo jamás le había visto en mi puta vida. La tela fina y brillante se adhería a su cuerpo abundante como si la hubieran bañado en ella.
Era un vestido sin mangas, sostenido apenas por unos tirantes finísimos, con un escote en la espalda que dejaba ver su piel pálida hasta casi la cintura.
Pero lo que me hizo tragar saliva con un ruido sordo fue lo demás.
Llevaba puestas unas medias negras translúcidas y unos tacones altísimos de aguja.
En el cuello, contrastando brutalmente con su piel blanca, llevaba una gargantilla negra.
Un choker de terciopelo con un pequeño aplique brillante en el centro.
Era un accesorio que la hacía lucir como una perra fina, cara, exclusiva. Se veía malditamente hermosa. Espectacular. Radiante.
Y a su lado, estaba David. Llevaba un saco oscuro de terciopelo, camisa negra desabotonada en el cuello, relajado, sosteniendo un vaso corto de whisky con hielo. Estaba guapísimo, el cabrón. Irradiaba un poder, una virilidad y una tranquilidad que inundaba todo el lugar, alrededor de su mesa.
Los miré a los dos, sentados ahí, a media luz. Estaban conversando, se decían algo, se susurraban cosas.
El corazón se me encogió dolorosamente. Una punzada de envidia y admiración cruzó por mi cerebro enfermo.
Me dolía reconocer que si yo no fuera yo... si yo fuera un puto extraño que acababa de entrar al bar, y viera a ese gigante de traje oscuro al lado de esa hembra carnosa y espectacular de verde esmeralda, pensaría que eran la pareja perfecta.
Se veían como marido y mujer. Como unos millonarios salidos de una maldita revista de estilo de vida, dueños del mundo, disfrutando de su éxito.
Los dos guapos, hermosos, seductores.
Y luego estaba yo. El oficinista patético con un traje que, comparado con el de David, se veía barato y ordinario, acercándome a su mesa para suplicar migajas.
La hostess se retiró. Di dos pasos lentos hacia la mesa.
David me vio por encima del hombro de Regina. Sus ojos verdes se clavaron en mí, y una sonrisa lenta, triunfal, se dibujó en sus labios. Levantó levemente su vaso de whisky en mi dirección.
Regina notó su gesto.
Se giró despacio en el sillón de piel.
Sus ojos grises chocaron con los míos. El escote de su vestido de seda en la parte delantera era criminal; dejaba a la vista el inicio de sus enormes pechos, apretados, amenazando con desbordarse. Estaba perfectamente maquillada, con los labios pintados de un tono nude profundo.
Pero su mirada... su mirada era un témpano de hielo. No había ni una pizca de amor hacia mí, ni de tristeza. Había una decepción profunda, un vacío que dolía más que cualquier grito. Me miró como se mira algo que alguna vez fue valioso y ya no sirve para nada.
—Marco —dijo David, con esa voz grave y relajada—. Qué bueno que llegas. Siéntate, por favor.
Había una silla individual al otro lado de la mesa de cristal. Me senté lentamente, sintiendo las piernas de trapo. No me atreví a desabrocharme el saco. Me sentía un extraño invadiendo una cita romántica.
—Hola, Regi... —murmuré, con la voz quebrada, ignorando a David y clavando mis ojos en mi esposa—. Te ves... te ves preciosa.
Regina no sonrió. Ni siquiera parpadeó. Mantuvo su postura rígida, cruzando las piernas bajo la mesa. El sonido de la seda de su vestido rozando el nylon de sus medias fue un susurro eléctrico que me puso los pelos de punta.
—No vine aquí a escuchar tus cumplidos mediocres, Marco —respondió ella.
Su voz sonaba áspera, desgastada, carente de cualquier afecto—.
Vine porque David me insistió muchísimo en que te diera diez minutos.
Así que habla. ¿Qué es lo que tienes que decir que sea tan urgente como para interrumpir nuestra noche?
El impacto de sus palabras, de ese "nuestra noche", me destrozó por dentro. Era obvio que tenían planes después de esto. Y el hecho de que ella misma me estuviera diciendo que estaba ahí solo porque él se lo había pedido, me dejó sin armas.
—Regi, preciosa —dijo David con sus voz ronca—, no seas tan cortante con tu marido.
Ella suspiró. Y yo me sentí como un niño idiota al que su padre está defendiendo.
Me acomodé en la silla, sintiendo que sudaba frío bajo mi camisa blanca impecable.
—Mi amor... yo... solo quiero pedirte perdón —empecé, inclinándome hacia adelante, juntando mis manos sobre la mesa en un gesto de súplica—.
Sé lo que hice. Sé que cometí el peor error de mi vida.
Me dejé cegar por las putas deudas, por el miedo a perder la casa...
me dejé llevar por mi cabeza enferma. Ni quiera sabía que …
eso de la apuesta… era real… Soy un imbécil. Un cobarde.
Regina soltó una risa seca, volteando a ver a David por un milisegundo antes de volver a mirarme.
—¿Por el miedo a perder la casa? ¿De verdad me vas a seguir ofendiendo la inteligencia, Marco?
—siseó ella, apretando los dientes—. Me vendiste.
Me pusiste en la mesa como una puta por cinco mil dólares y por tus pinches fetiches de pajero asqueroso.
Jugaste conmigo. Me hiciste sentir la mujer más estúpida del mundo el martes en la mañana cuando me jurabas amor eterno mientras te llenabas los bolsillos con el dinero de mi prostitución.
El golpe fue certero. Bajé la mirada hacia el cristal de la mesa, incapaz de sostener la humillación.