Capítulo 6 #3
Tragué saliva, sintiendo punzadas de dolor en el pecho, pero mis oídos estaban abiertos de par en par.
—Yo traté de ser lo más comprensivo posible, Marco —dijo David, cambiando su tono a uno sorprendentemente suave, casi paternal, lo cual me descolocó por completo—. Te lo juro. De hecho, te defendí.
—¿Me defendiste? —pregunté, incrédulo.
—Sí, cabrón. Le dije que a veces los hombres cometemos estupideces por desesperación. Que el estrés de las deudas te había nublado el juicio, y que en el fondo tú la amabas. Intenté calmarla.
—¿Y ella qué dijo?
—Estaba furiosa, Marco. Rota. Lloró en mi hombro por casi una hora. Pero después... la cosa cambió. Levantó la cara, me miró a los ojos y me dijo que no quería pensar más en ti. Que quería sentirse amada, valorada. Me dijo que quería hacer el amor.
Sentí que me vaciaban un balde de agua con hielo en la cabeza.
—¡Mientes! —grité en un susurro, apretando los puños sobre mis rodillas, sintiendo que el piso se me movía—. ¡Una mujer que está enfadada, deprimida y con el corazón roto no tiene ganas de hacer el puto amor con un cabrón que apenas conoce!
David suspiró, frotándose la barbilla, fingiendo una compasión que me daba un asco inmenso.
—Lo siento mucho, Marco. En verdad lo siento.
Yo mismo traté de hacerle ver eso. Le dije: "Regina, no puedes meterte a mi cama sintiendo tanto resentimiento por tu esposo, no es el momento adecuado".
Pero me abrazó más fuerte. Me rogaba que la abrazara, que no la dejara sola.
Al final... simplemente cumplí su voluntad.
El mundo se me estaba cayendo a pedazos. Hacer el amor. No era una cogida sucia de despecho, no era un castigo sádico. Era intimidad emocional. Era ternura. Y saber que mi esposa había buscado refugio sentimental en mi jefe, me dolía mil veces más que imaginarla atada a la cabecera.
—No pude resistirme, cabrón —continuó David, encogiéndose de hombros, mirándome con una lástima fingida que me quemaba—. Sabía que haciéndolo, entregándome a ella de esa forma, la iba a hacer sentir mejor. Le iba a curar un poco el alma rota que tú le dejaste.
La respiración me fallaba. Mi mente enferma, adicta a su propio sufrimiento y humillación, me exigió dar el paso al abismo.
—¿Qué... qué hicieron? —balbuceé, respirando por la boca—. Dímelo.
David se recargó en su sillón de piel, entrelazando los dedos sobre su abdomen, clavándome esos ojos verdes.
—Pues la besé. Pero no a la fuerza. Fueron besos lentos, cariñosos, muy apasionados. Le quité la ropa con mucho cuidado, acariciando cada centímetro de su piel blanca. Se derretía en mis brazos, Marco. Estaba tan necesitada de cariño... Hicimos el amor tres veces durante toda la noche.
Cerré los ojos, hiperventilando. Mi verga, traicionera y pervertida como siempre, se empezó a endurecer dentro del pantalón de vestir al imaginar a mi esposa gimiendo de amor en los brazos de este mastodonte.
—No fue sexo salvaje, fue algo muy profundo —relató David, clavándome puñales directos al ego con cada palabra—.
La segunda vez la metí a la tina del baño.
Llené el agua caliente, con espuma. Me metí con ella.
La tuve sentada a horcajadas sobre mí, en el agua, mientras la penetraba despacito, saboreando cómo me apretaba mi polla con su vagina.
Y ufff, Marquito, qué delicia de mujer tiene.
Qué boquita. Me besaba el cuello, suspirando, diciéndome al oído lo increíble que la hacía sentir.
Se corrió abrazada a mí, temblando, entregada por completo a mis caricias, mientras yo le agarraba sus nalgotas.
Me tapé la cara con las manos. Empecé a llorar en silencio en la silla de visitas.
—¿Entonces… me estás… estás diciendo que mi esposa te pidió que le hicieras el amor? —pregunté con voz rota.
David sonrió con calma.
—Exacto. Me lo pidió. Ella de alguna manera, prácticamente se me echó encima, me miró a los ojos y me dijo que quería sentirse deseada de verdad. Que quería olvidarse de todo, ¿y qué mejor que el sexo para olvidar?
—¡No te creo! —solté, levantando la voz un poco—. Regina nunca pediría algo así. No después de lo que pasó ayer, sintiéndose tan devastada. ¡No te creo!
David soltó una risa baja y lenta.
—Claro que te lo crees, Marco. Porque sabes que es verdad.
Tú mismo sabes cómo es tu esposa. Te lo reitero, Marquito, anoche tu esposa estaba rota…
y las mujeres rotas, cuando encuentran a alguien que no las miente, y con quien desquitarse, se entregan por completo.
Te digo que ella fue quien me besó primero.
Yo de verdad quería cumplir mi promesa de no hacer nada…
pero ella se me subió encima de mí en el sofá y me dijo que no quería pensar más en ti…
y tal, ¿y pues quién soy yo para negarle cariñitos?
—¿Pero no pudiste pararla?
—Lo que se me paró fue otra cosa —dijo riéndose—, lo siento, pero no quiero mentirte.
Cuando vi que ya no había marcha atrás, comencé a desnudarla, y me fui besando cada parte de su piel mientras lo hacía.
Le bajé el pantalón besándole el vientre, y cuando se quedó en ropa interior, me miró como si le diera vergüenza… pero no se tapó. Me dejó mirarla.
—¿La miraste? —pregunté con voz ahogada.
—La admiré. Le dije que era hermosa. Que su cuerpo era perfecto. Menudos tetones tiene tu mujer, ¿eh Marquito?, y se lo dije. Que cualquier hombre estaría loco por tenerla. Y entonces la besé otra vez… esta vez más profundamente, con todo y lengua. Ella gimió contra mi boca. Me abrazó fuerte.
Cerré los ojos con fuerza.
—David… por favor…
—Le quité el sostén con una sola mano. Sus tetas cayeron pesadas y naturales. Las besé. Las lamí despacio. Pfff… hubieras visto cómo gemía la muy cabrona. Ella echó la cabeza hacia atrás y me agarró del cabello. Me pidió que no parara. Que siguiera.
Me tapé la cara otra vez. Las lágrimas me corrían entre los dedos.
—¿Y ella… ella te tocó también?
—Claro que sí. Me desabrochó el pantalón con manos temblorosas.
Me sacó la verga y se quedó mirándola un segundo.
Luego me miró a los ojos y me dijo: “Es enorme…”.
Después la acarició. Me masturbó despacio mientras yo le chupaba los pezones.
Perdón que insista en esas tetorras, pero tremendas ubres tiene.
Lo que me llamó la atención es que así como yo estoy obsesionado con sus ubres y su culazo, ella también lo está de mi verga.
Me dijo que le gustaba sentirla tan gruesa en su mano.
—¡Cállate! —siseé, pero no tenía fuerza.
David siguió, imperturbable.
—La llevé al sofá. La puse de espaldas. Le abrí las piernas y la besé entre ellas.
¡Vaya nalgas tiene, la muy cabrona! No fue rápido.
Le di besos suaves, lentos. La lamí despacio hasta que empezó a temblar.
Una mujer temblando en el cuerpo de un hombre, ufff, maravilloso, Marquito.
Tu mujer misma me agarró la cabeza y me rogó que no parara.
Se corrió en mi boca, Marco. Gimió tu nombre al principio… pero después gritó el mío.
Sentí que me moría.
—¿Gritó tu nombre?
—Dos veces. La primera cuando se corrió con mi lengua.
La segunda cuando la penetré por primera vez esa noche.
Estaba muy mojada. Entré despacio, centímetro a centímetro, mirándola a los ojos.
Se la dejé ir toda, para qué te miento. Y ella me abrazaba fuerte y me decía que no se acordaba de la última vez que alguien la había hecho sentir tanto placer, así, mientras se la metía.
Me levanté de la silla sin darme cuenta.
—Estás mintiendo… ¡Estás mintiendo para joderme!
David se encogió de hombros con calma.
—Pregúntale a ella entonces. Pregúntale si no me miró a los ojos mientras yo se la metía despacio en el sofá. Pregúntale si no me abrazó fuerte cuando se corrió la segunda vez. Pregúntale si no me besó como perra en celo cuando volvimos a coger.
Me senté de nuevo, derrotado.
—¿Y entonces… la tercera vez…? —pregunté con voz casi inaudible.
David sonrió con malicia.