Dueño de tu Mujer Libro 2 (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) Capitulo 5
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Capitulo 5

La voz femenina hizo eco en las inmensas paredes del penthouse, cortando el aire pesado y cargado de sexo crudo como un cuchillo de carnicero.

Me quedé congelado. Petrificado.

La mano que tenía apretando mi propia verga por encima de la tela del pantalón se detuvo en seco. El corazón me dio un vuelco tan violento que sentí el golpe en la garganta.

Esa voz... esa no era la voz de Regina.

La mujer que estaba de rodillas se incorporó ligeramente. La escasa luz que entraba por los ventanales iluminó por fin su rostro, apartando las sombras que mi propia paranoia había utilizado para engañarme.

No era el cabello oscuro y abundante de mi esposa. Era una melena pelirroja, teñida y revuelta. Y al erguirse, la silueta de su pecho no era la caída natural y pesada de las tetas de Regina, sino la redondez firme, alta y artificial de unos implantes de silicona.

Era Rubí.

La analista de verificación. La amante de David. La misma zorra que me había atrapado viendo porno en mi cubículo y que había planeado la caída de Maca.

La responsable por la que, de alguna manera, había comenzado todo.

El alma me regresó al cuerpo por una fracción de segundo. Una oleada de alivio tan inmensa me recorrió las venas que casi caigo de rodillas ahí mismo. ¡No era Regina! ¡Mi esposa no estaba aquí! ¡David me había dicho la verdad, no la tenía escondida en su cama!

Pero ese alivio monumental duró exactamente un microsegundo, aniquilado instantáneamente por el terror y la humillación más absoluta que un hombre puede sentir.

Rubí se limpió la boca con el dorso de la mano. Un hilo espeso de saliva y líquido preseminal brilló en su barbilla antes de que se lo frotara con asco. Entrecerró los ojos, intentando enfocarme en la oscuridad del pasillo.

—¿Marco? —repitió ella, elevando la voz, y esta vez el asombro se transformó en una furia histérica—. ¡¿Eres tú, Marco?! ¡¿Qué putas haces ahí parado?! Te hice una pregunta, cabrón.

Tragué saliva. Mis manos, torpes y temblorosas, soltaron el bulto de mi entrepierna e intentaron acomodar la tela de mi pantalón, como si ese gesto inútil pudiera borrar lo evidente. Estaba sudando a mares. Mi respiración era un jadeo errático que resonaba en la habitación.

—Yo... yo... —balbuceé, retrocediendo un paso, chocando mi espalda contra el marco de la puerta.

David, que seguía recostado contra la cabecera de la cama king size, no hizo el menor intento por cubrirse.

Su inmensa verga, gruesa y empapada por la boca de Rubí, descansaba sobre su muslo.

Se cruzó de brazos detrás de la nuca, relajado, y soltó una risita baja, oscura, observando la escena como si estuviera viendo una obra de teatro que él mismo había dirigido.

Rubí se puso de pie de un salto. Ni siquiera se molestó en taparse tremendos tetones. Estaba roja de ira. Avanzó dos pasos hacia mí, señalándome con un dedo tembloroso, con el rostro descompuesto por el asco.

—¡Eres un puto enfermo mental! —me gritó a todo pulmón—. ¡Un asqueroso de mierda! ¿Me estabas espiando? ¿Te metiste a escondidas a la casa para vernos coger?

—¡No! ¡Claro que no! —solté, levantando las manos en señal de rendición, sintiendo que la cara me ardía de la vergüenza—. ¡El guardia me dejó subir! ¡Yo vine a buscar a David, necesitaba hablar con él de urgencia!

—¡¿De urgencia a esta hora de la noche, pendejo de mierda?! —bramó Rubí, acercándose más, sin importarle su desnudez.

—¡No es lo que piensas, Rubí, te lo juro!

—¡No te hagas el imbécil conmigo, Marco! Te conozco perfectamente. Si no hubiera visto lo que he visto, no me sorprendería. Eres un puto mirón. ¡Sé la clase de basura que eres!

El pánico me cerró la garganta. No podía defenderme. No podía decirle la verdad. No podía gritarle: "¡Vine a buscar a mi esposa porque creí que David se la estaba cogiendo, igual que me ha demostrado que se la coge en otros días!".

Si yo abría la boca y mencionaba a Regina, el secreto saldría a la luz. Rubí era la chismosa número uno de la oficina; mañana mismo todo el corporativo sabría que el analista gris estaba casado con una mujer que se acostaba con el jefe por una apuesta.

Tenía que tragarme la humillación. Tenía que asumir el papel del pervertido mirón, porque era la única excusa que encajaba y que protegía el poco honor que le quedaba a mi matrimonio destruido.

—David... dile... dile que tú me dejaste pasar porque teníamos algo… de qué hablar, algo importante… —supliqué, mirando hacia la cama, con la voz quebrada.

David sonrió ampliamente.

—Yo te dije que pasaras, Marquito —respondió él, con esa calma sádica y cínica, arrastrando las palabras—. Te dije que entraras calladito para no interrumpir. Pero nunca me imaginé que te ibas a quedar en lo oscurito agarrándote la verga mientras veías cómo Rubí se tragaba mi polla.

—¡Hijo de puta! —siseó Rubí, girándose a medias hacia David, indignada—. ¿Tú lo dejaste entrar? ¿Tú sabías que este pajero estaba ahí afuera escuchando todo?

—Relájate, Rubí —David se encogió de hombros, acomodándose en la cama—. Marco es inofensivo. Es como un perro callejero. Solo le gusta mirar a los hombres de verdad hacer lo que él no puede. Pensé que no te iba a importar tener público. A fin de cuentas, te encanta que te vean, ¿o no?

Rubí se quedó sin palabras por un segundo, ofendida por la forma en que David la rebajaba, pero su furia encontró rápidamente un blanco más débil: yo.

Se giró hacia mí de nuevo. Su mirada destilaba un desprecio tan denso que me hizo sentir del tamaño de una cucaracha.

—Eres la cosa más patética que he visto en toda mi vida, Marco —escupió ella, y cada palabra era un azote en mi ego—.

Me das un asco que no te imaginas. Eres un pinche voyerista de mierda.

Te caché viendo viejas encueradas en la oficina.

Te caché escondido en la oscuridad en la casa de Rodrigo mientras él se cogía a la pendeja de Maca, con la riata de fuera, temblando como un puto enfermo. ¡Y ahora me sigues hasta aquí!

Si Rubí hablaba tan abiertamente sobre Maca, delante de David, significaba que este cabrón también lo sabía, y no hacía nada al respecto. Seguramente también le divertía saber que la chica de nóminas era una putilla como… Como mi esposa.

—¡No te seguí a ti, Rubí, te lo juro! —lloriqueé, incapaz de contener la desesperación. Las lágrimas me picaban en los ojos—. ¡Vine a buscar a David por un asunto... personal! ¡La puerta estaba abierta!

—¡Mira mejor ni te excuses, porque cualquier palabra que dices suena a pendejada!

—me cortó ella, dando un paso más hasta quedar a escasos centímetros de mí—.

¡Por una vez en tu puta vida ten los huevos suficientes para decir que nos estabas espiando porque eres un pervertido mirón de mierda que le gusta espiar!

Podía oler la saliva y la esencia de David en su aliento. Sus tetas operadas subían y bajaban con violencia.

—¡Que no, que no, Rubí, ya deja de ofenderme que no es lo que piensas!

—Mírate nada más, pajillero mirón. Estás sudando como un cerdo.

Estás temblando. Apestas a ser un tipo pervertido y enfermo —Rubí me miró de arriba abajo, deteniéndose en la zona de mi bragueta—.

Estás enfermo. Vives a través de la verga de otros hombres porque la tuya no sirve para nada.

Me pregunto qué clase de perdedora debe ser tu supuesta esposa, si es que la tienes, para aguantar a un cabrón tan miserable como tú.

Seguro la pobre pendeja piensa que estás trabajando horas extras, y mírate, metido en el departamento de tu jefe rogando ver unas buenas mamadas.

Cerré los ojos con fuerza. "Tu supuesta esposa". Si Rubí supiera que mi esposa era mil veces más mujer que ella, y que esa misma mujer me había engañado con el hombre que estaba en la cama, la burla habría sido potente.

—Por favor, Rubí... no le digas a nadie de esto —supliqué, humillándome por completo, bajando la cabeza como un esclavo—. Te lo ruego. Tampoco quiero perder mi trabajo.

Rubí soltó una carcajada estridente, histérica, carente de cualquier piedad.

—¿Tu trabajo? ¡Deberías perder la puta vida por asqueroso!

—se giró hacia David, apuntándome con el pulgar por encima del hombro—.

David, saca a este pedazo de mierda de tu casa ahorita mismo.

O te juro por Dios que mañana mando un correo masivo a recursos humanos y a todo el corporativo contando las asquerosidades que hace tu analista. No me importa el escándalo. Lo hundo.

—¿No te importa entonces? —dije yo—, ¿no te importa que tu novio sepa la clase de zorra que eres?

—¡Ni se te ocurra, cabrón! —bramó Rubí al caer en la cuenta de que yo también la tenía en mis manos.

David soltó un suspiro largo, fingiendo aburrimiento. Se levantó lentamente de la cama, completamente desnudo. Su físico imponente y la bestialidad de su miembro oscilaron frente a mí, recordándome por qué mi esposa había perdido la cabeza por él.

Caminó hacia un sillón cercano, agarró un pantalón de chándal gris y se lo puso con calma.

—Ya la escuchaste, Marquito —dijo David, acercándose a nosotros con pasos lentos y pesados—. Asustaste a la señorita. Creo que tu show privado se terminó por esta noche.

—David, tú sabes bien que vine a buscarte por... por el problema que tuvimos en la cena —intenté aferrarme a la última carta, esperando que él confirmara mi excusa de alguna forma ambigua.

Pero David no me iba a ayudar. David se estaba alimentando de mi destrucción.

—Yo no te invité a mi casa a espiarnos, Marco —respondió él, con una frialdad gélida, dejándome completamente solo frente a los leones—.

Te dije que pasaras porque creí que eras el repartidor de la cena o el guardia, y te pedí que no interrumpieras.

Tú fuiste el que decidió quedarse en la oscuridad tocándose las pelotas viendo a Rubí. Asume tu enfermedad, cabrón.

El golpe fue magistral. David me acababa de hundir, lavándose las manos por completo, entregándome a la furia de su amante.

Rubí se cruzó de brazos, asintiendo lentamente, con una sonrisa torcida de triunfo.