Dueño de tu Mujer Libro 2 (novela de infidelidad, cornudo, hotwife)
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Capítulo 1
“Lo siento Marco, en verdad. Tenemos que hablar”.
Manejaba mi carro por la avenida principal con las manos pegadas al volante. Las palmas me sudaban tanto que la goma resbalaba bajo mis dedos. El tráfico de la tarde me parecía un infierno total, una trampa de cláxones y frenos que solo alargaba mi tortura.
Volteé a ver la pantalla del celular en el asiento del copiloto. Esas diez palabras brillaban, clavándose en mi mente como cuchillos. “Tenemos que hablar”.
Todo el mundo sabe lo que significa esa frase. Es una sentencia de muerte. Es el paso previo a empacar las maletas.
El terror me caló hasta los huesos. Un miedo frío, paralizante.
Empecé a respirar por la boca, sintiendo que me asfixiaba dentro del carro.
Yo podía aguantar muchas cosas en esta vida.
Podía soportar la humillación diaria en la oficina, podía aguantar las burlas de Rodrigo o Rubí.
Incluso, en lo más hondo de mi fijación mental, había sentido una excitación enferma imaginándola en una cama ajena.
Pero perderla... eso era diferente. El límite de mi fantasía chocaba de frente con la realidad de quedarme solo.
Imaginarme llegando a la casa y encontrarla vacía.
Imaginar abrir sus cajones y no ver su ropa, no oler su perfume floral.
Pensar en firmar unos papeles de divorcio y quedarme completamente solo en una casa inmensa.
Eso sí me destruía. Yo amaba a Regina. La amaba con una dependencia enferma y patética, pero la amaba.
Era la mujer de mi vida. No quería despertar un solo día sin ella.
Además, yo había provocado todo. ¡El culpable era yo!
Fui yo quien le entregó los diez dígitos de su celular a David.
Yo le abrí la puerta de nuestra vida a un depredador solo para alimentar una asquerosa chaqueta mental.
Y ahora ella lo sabía. Sabía que su propio esposo la había empujado al abismo.
No sabía lo de la apuesta de los cinco mil dólares, gracias a Dios, pero sabía lo suficiente para odiarme el resto de sus días.
Aceleré en cuanto el semáforo se puso en verde. El fajo de dólares que me dio David en la mañana me pesaba en el bolsillo del pantalón como si fuera un pedazo de plomo.
Llegué a nuestra calle. El portón eléctrico se abrió despacio, con un chirrido que me pareció una queja de la estructura.
Metí el carro a la cochera, apagué el motor y me quedé ahí sentado unos minutos, a oscuras.
Me froté la cara con ambas manos, intentando borrar las marcas del llanto de la oficina.
Tenía que ser fuerte. Tenía que mentir, esquivar, dar lástima...
lo que fuera necesario para que no me dejara.
Abrí la puerta principal de la casa. El silencio me recibió de golpe, denso, pesado, como si las paredes estuvieran conteniendo la respiración.
—¿Regi? —llamé, con la voz carrasposa.
Caminé por el pasillo hacia la sala.
Ahí estaba ella.
Regina estaba sentada en el sillón grande.
Se veía diferente. Se notaba que se acababa de bañar; tenía el cabello oscuro húmedo, peinado hacia atrás de forma apresurada, dejando caer pequeñas gotas de agua sobre sus hombros.
Llevaba puesto un pantalón de mezclilla sencillo y una blusa oscura de tirantes.
No traía una sola gota de maquillaje, y su piel blanca, usualmente impecable, se veía irritada en la zona del cuello, como si se hubiera tallado con la esponja con una fuerza desesperada para quitarse un rastro invisible.
Me detuve en el marco de la entrada de la sala, tragando saliva. Mis lentes se empañaron un poco por el cambio de temperatura.
—Hola, mi amor... —dije, forzando una sonrisa que me dolió en las mejillas—. Te ves... te ves muy guapa recién bañada. Hueles muy rico a limpio.
Regina no se movió. Ni siquiera parpadeó. Sus ojos grises, usualmente tan expresivos y duros, me miraron con una vacuidad que me heló la sangre. Estaba sosteniendo una taza de té entre sus manos, pero sus dedos temblaban tanto que el líquido se mecía de un lado a otro.
—Llegaste —dijo ella.
Su voz sonaba apagada, desprovista de esa autoridad estricta que siempre la caracterizaba.
—Sí, aquí estoy. Hubo un tráfico terrible en la avenida principal —di un paso hacia ella, estirando las manos de forma instintiva, pero me detuve al ver cómo su cuerpo se tensaba, encogiéndose en el sillón—. Oye...
—Marco... lo que pasó este fin de semana... —empezó ella, con la mirada fija en su taza.
El pánico me dio un golpe directo en el pecho. Sentí que me faltaba el aire. No quería escucharla nombrarlo. No quería que pusiera en palabras la humillación, porque en cuanto lo hiciera, la mentira se vendría abajo y no habría forma de reconstruirnos.
—Perdona, de verdad, ni siquiera pude hacer la cena por lo de...
ya sabes, el trabajo —la interrumpí atropelladamente, alzando la voz más de lo normal, gesticulando con las manos como un loco—.
Pero tenemos pasta en la alacena. Compré unos jitomates ayer.
Puedo prepararte algo rápido en la cocina, con un poco de ajo y...
—Marco, escúchame —me cortó ella, levantando por fin la vista. Sus ojos grises se clavaron en los míos con una seriedad que me dolió físicamente—. Si no aclaramos esto ahora... luego será demasiado tarde.
—Es que no hay prisa, de verdad, podemos cenar primero y platicar tranquilos —seguí balbuceando, dando un paso hacia atrás, buscando la ruta de escape física hacia la cocina—.
Por cierto... no te había contado, pero recibí un adelanto del proyecto que te dije en la oficina.
El de los subsidios. Recibí una buena cantidad de dinero, Regi.
No mucho, pero algo suficiente, de momento.
Con eso podemos pagar por completo la parte de la hipoteca atrasada y ponernos al corriente con el banco.
Ya no tenemos que preocuparnos por la casa, mi vida.
Regina dejó la taza de té en la mesa de centro con un golpe seco que hizo que el líquido se derramara sobre la madera. Se puso de pie con lentitud. Sus piernas temblaban bajo el pantalón de mezclilla.
—Marco, basta ya —dijo, con un hilo de voz que de pronto se llenó de una rabia temible—. No me hables ahora de la hipoteca de la casa, ni de dinero. No me trates como si no hubiera pasado nada.
—Es que no pasó nada, Regina —mentí, sintiendo que las lágrimas me picaban en los ojos, apretando los puños dentro de los bolsillos de mi saco para que no viera mi temblor—. No pasó nada malo. Estamos bien, estamos juntos en nuestra casa.
—Claro que pasó, y lo sabes perfectamente...
—Regina dio un paso hacia mí, acortando la distancia en la sala, y vi cómo sus ojos se llenaban de lágrimas que se negaba a dejar caer—.
Sabes perfectamente lo que pasó el fin de semana.
Sabes lo que me hiciste. Lo que yo te hice. Y por eso tenemos que hablar.
El nudo en mi garganta se apretó tanto que sentí que me iba a asfixiar. El terror de ver su rostro descompuesto por el dolor me dobló las fuerzas. Caí de rodillas ahí mismo, sobre la alfombra de la sala, rompiendo a llorar como un niño asustado, perdiendo cualquier rastro de hombría frente a ella.
—Te juro que si tú lo olvidas, yo también lo olvido, Regi...
—lloriqueé, estirando las manos para intentar agarrarla del dobladillo de su pantalón, pero ella retrocedió un paso, esquivando mi contacto como si yo fuera un leproso—.
Te lo ruego, mi amor. Olvidémoslo. Hagamos de cuenta que fue una pesadilla, un mal sueño.
Yo no te voy a reclamar nada, nunca. Si tú lo olvidas, yo lo olvido.
—Marco, esto no se resuelve así, haciendo como que no pasó —dijo ella, y por fin una lágrima le resbaló por la mejilla, limpia, brillando bajo la luz de la sala—.
No puedes simplemente borrar la suciedad con una escoba.
No puedes pedirme que actúe como si mi cuerpo no hubiera estado en manos de otro hombre por tu culpa… . y también por la mía.
Me tapé la cara con ambas manos, sollozando con fuerza, con los hombros sacudiéndose bajo el saco arrugado.
—He estado pensando... —dije, entre el llanto, levantando la vista húmeda hacia ella—.
He estado pensando que podría salirme de trabajar.
Tengo dinero, Regi. Tengo una buena cantidad guardada de la que te hablo.
Podemos usarla para mudarnos de aquí. Podemos buscar un departamento pequeño en otra zona, o incluso irnos de la ciudad.
Puedo buscarme otro empleo en un lugar diferente, lejos de David, lejos de la oficina.
Nos alejaremos de todo esto, te lo juro por mi vida. Empezaremos de nuevo en otro lado.
Regina me miró desde arriba. En su rostro no había la emoción de la esperanza; lo que había era una incredulidad dolorosa, un desprecio tan profundo que me encogió los testículos de miedo.
—¿Es que no me estás escuchando, Marco? —preguntó, con la voz temblando por la indignación.
—Claro que te escucho, Regi, mi vida, por eso te digo esto —me puse de pie a medias, quedando encorvado, asustado de su reacción, siguiéndola mientras ella se daba la vuelta y caminaba hacia la cocina—.
Te digo que si tú lo olvidas, yo lo olvido.
Nos iremos lejos, compraremos cosas nuevas y haremos como que nunca pasó.
Borraremos el fin de semana de nuestra memoria.
Te lo repito, si tú lo olvidas, yo lo olvido también.
Regina se detuvo en seco justo en la entrada de la cocina. Se apoyó contra el desayunador de granito, dándome la espalda. Sus hombros subían y bajaban con una respiración agitada.
—El problema, Marco... —susurró, y su voz sonó tan hueca, tan lejana, que me pareció el eco de una tumba—. El problema es que yo no lo olvido.
Me quedé parado a un metro de ella, en el umbral de la cocina. El olor a jabón de trastes me pareció de pronto un aroma hostil.
—¿Por qué no, mi amor? —rogué, acercándome con pasos cortos, temblando—. Si los dos queremos, podemos hacerlo. Es cuestión de fuerza de voluntad. Ponemos de nuestra parte, nos enfocamos en pagar las deudas, en nosotros...