15. Capítulo 14
Darcy
E ntro derrapando en el aparcamiento del Bear Cave como si mi carrera dependiera de ello.
Lo cual, seamos claros, así es.
Mi descapotable negro frena con un chirrido en una plaza que, definitivamente, no es para mí, pero hoy las reglas no se aplican.
No cuando llego treinta y cuatro minutos tarde a una reunión que Colin insistió que era «innegociable» y que «sin falta, debía empezar puntualmente».
Lo cual, sinceramente, fue muy maleducado por su parte.
Salgo del coche tambaleándome y… oh .
—Mierda —mascullo, sujetándome el bajo vientre mientras intento enderezarme.
Las piernas me tiemblan en señal de protesta y ahí está de nuevo. Esa nueva oleada de sensaciones que me ha estado recorriendo durante toda la mañana.
Me recuerda por qué llego tan tarde.
—Beck. Jodido. Morrison —murmuro por lo bajo, agarrándome al marco de la puerta del coche para sostenerme—. ¿Qué demonios me hiciste anoche?
La respuesta, por desgracia, es de todo.
Me duelen los muslos. Me duele el abdomen. Hay músculos en mi culo que, por lo visto, no he utilizado adecuadamente en mis treinta años de existencia. Hasta caminar me parece una proeza esta mañana, cuando a mi vagina le faltan unos tres pasos para caerse al suelo.
Y, sin embargo, a pesar de que estoy bastante segura de que nunca más volveré a sentarme cómodamente, no me arrepiento ni de un solo minuto.
Porque lo de anoche…
Dios mío.
Me masturbé delante de Beck Morrison.
Jesucristo.
De verdad que lo hice.
Me tumbé desnuda en mi cama, abrí las piernas y me toqué mientras Beck me observaba con esa expresión lasciva y hambrienta, con una mano rodeándose el miembro mientras me decía exactamente lo que quería ver.
Y, de algún modo, eso ni siquiera está entre las cinco cosas más escandalosas que hice con Beck Morrison anoche.
Follamos cuatro veces.
Cuatro.
Cuatro veces muy distintas y cada vez más depravadas.
La primera, al parecer, aniquiló lo que quedaba de mis límites profesionales, porque para el tercer asalto, era yo la que lo arrastraba de vuelta a la cama.
En algún momento después de eso, acabé a cuatro patas con su mano enredada en mi pelo, su cuerpo presionado con fuerza contra el mío y esa voz grave y áspera en mi oído diciéndome: «Déjame oírte, nena. Déjame oírte gritar» .
Creo que lo mordí.
No sé cuándo. No sé dónde. Pero Beck se fue de mi apartamento esta mañana con marcas de dientes en alguna parte de su cuerpo, y el hecho de que ni siquiera pueda concretar el incidente responsable es probablemente algo que debería analizar con la doctora Sinclair.
Y… ahí está.
El rubor empieza en mi pecho y me sube directo a las orejas mientras me apresuro hacia la entrada del estadio, con las gafas de sol bien puestas a pesar de estar ya dentro.
Excepto que lo más horrible es que no estoy avergonzada.
En realidad, no.
Solo estoy recordando.
Porque eso no fue ni lo peor.
En algún momento después de la primera vez, cuando todavía estaba tumbada intentando recuperar el aliento, Beck al parecer decidió que veinte minutos era un período de recuperación adecuado.
Volvió a separarme los muslos y hundió la cara entre ellos, lamiendo lentamente la evidencia de lo que acabábamos de hacer.
Como si ese cabrón lascivo no pudiera soportar la idea de desperdiciar una sola gota.
Incluidas las suyas.
Jesucristo.
Recuerdo mirar hacia abajo y ver sus anchos hombros entre mis muslos, su boca húmeda y sus ojos clavados en los míos mientras nos saboreaba a ambos directamente de mi cuerpo, sin la menor puta vergüenza.
¿Quién hace eso?
Beck Morrison, por lo visto.
Y por lo visto yo le dejé.
Me subo las gafas de sol por la nariz y cojeo por el vestíbulo con toda la dignidad que una mujer puede reunir razonablemente cuando acaba de descubrir que su vida sexual, hasta ahora respetable, era al parecer el equivalente físico a comer pollo sin sazonar.
—Contrólate, Darcy. Tienes una reunión. Una reunión profesional. Sobre hockey.
Puedo hacerlo. Sin duda.
Para cuando llego al despacho de Colin Holden, he conseguido arreglarme la blusa, alisarme el pelo y recomponer mi expresión en algo que se asemeja vagamente a la mujer adulta, funcional y capaz que mis padres pasaron treinta años creando meticulosamente.
Perfecta. Profesional.
Definitivamente, no pensando en la lengua de Beck Morrison.
Llamo dos veces y la puerta se abre, pero al instante me estoy tapando los ojos como si acabara de mirar directamente al sol.
—¡Dios mío! ¡Colin! ¡Ponte unos pantalones!
Colin está agachado, luchando por ponerse un bañador de flores absurdamente llamativo que a todas luces le queda una talla pequeño. Su culo pálido y plano está a la vista de todos, brillando ligeramente con lo que solo puedo esperar que sea crema solar.
—¡Colin! —chillo, tapándome los ojos con la mano—. ¿Qué narices…? ¿Son piñas ?
—¡Son festivas! —Su voz sale ahogada mientras salta a la pata coja, casi dándose de bruces—. ¡Es el día temático en Goldie's!
—Dios, voy a denunciaros por trauma laboral —gimo.
Consiguiendo por fin subirse el bañador, se pone una camiseta descolorida de «Surf’s Up!», como si eso ayudara, antes de enderezarse y mirarme.
—Perdona, Darcy. Estaba a punto de tomarme un descanso —mira por la ventana de su despacho. Hoy está nublado, y creo que el locutor de la radio ha dicho algo de una tormenta esta tarde—. Eh… ¿Y bien? ¿Por qué estás aquí?
—Porque tú me dijiste que estuviera aquí, Colin.
Me mira parpadeando como si le estuviera hablando en mandarín y luego echa un vistazo a su móvil.
—Cierto. Cierto, sí. La reunión —coge una toalla de la silla de su escritorio y la mete en una bolsa de deporte—. Oye, ¿podemos dejar esto para más tarde? El parte de olas parece increíble antes de que llegue la tormenta, y si no salgo antes del mediodía, me perderé todo el….
— Colin .
Se detiene a media cremallera.
—Dame solo cinco minutos —le digo, dejándome caer en la silla frente a su escritorio, con una ligera mueca cuando mi culo entra en contacto con el asiento—. Tengo planes esta noche, y preferiría no pasarme el resto de la tarde persiguiéndote por la costa en tacones.
Algo en la forma en que digo planes debe de llamarle la atención, porque Colin me mira con los ojos entrecerrados durante un segundo de más. Cruzo las piernas y le devuelvo la mirada con el tipo de compostura que requiere veintiocho años de crianza Madden para perfeccionarse.
De mala gana, se sienta. La bolsa de deporte se queda en su regazo como una manta de seguridad.
—Vale. Te daré la versión rápida —revuelve una pila de papeles que parece no haberse organizado desde que se lanzó la franquicia—. Las Vegas. Los Bears juegan allí la semana que viene. Y te necesito en ese viaje.
—¿Me necesitas en Las Vegas?
—Sí, viajarás con el equipo. Observando a Beck —hace un gesto vago con la mano, y lo único que puedo pensar es… Ya observé a Beck suficiente anoche—. La urgencia es esencial.
Ladeo la cabeza. —¿Qué significa eso exactamente?
—Bueno, el traspaso de Morrison está cogiendo impulso —encuentra el papel que busca y lo alisa contra su escritorio con ambas palmas—.
La urgencia se está convirtiendo en un problema.
Necesito que estés cerca del equipo, observándolo todo.
El entrenamiento. El día del partido. El viaje.
Cómo se comporta después de la derrota. Si lo de anoche fue un error aislado o Beck siendo Beck.
Necesitamos respuestas. Estás consiguiendo respuestas, ¿verdad?
Mi cerebro me ofrece una imagen extremadamente poco profesional de anoche que hace que mis muslos se contraigan bajo la mesa.
Beck tumbado en mi cama, con esos brillantes ojos azules clavados en los míos, su cuerpo esbelto y musculoso a la vista de todos, la profunda V de sus caderas apuntando hacia donde su mano envolvía su polla.
Dios. Su polla .
—Oh, claro que estoy consiguiendo respuestas.
Colin asiente, satisfecho, sin captar en absoluto las capas de catástrofe sexual contenidas en esa frase.
—Bien, bien —se reclina. La silla de oficina cruje en protesta—. Y si no te importa que pregunte… ¿Hacia qué lado nos inclinamos? Ya sabes, ¿sigues aconsejando que mantengamos las negociaciones?
Mi estómago se revuelve incómodamente.
Porque eso es lo que dije, ¿no?
Traspasar a Beck Morrison.
—¿Cómo de avanzadas están las negociaciones?
Colin se encoge de hombros, con total naturalidad. Como si estuviéramos discutiendo las opciones para almorzar en el paseo marítimo y no la carrera entera de un ser humano.
—Lo suficiente.
Trago saliva y asiento, mirando por la ventana.
Lo suficiente significa que se han discutido ofertas. Se han planteado términos de contrato y acuerdos. En algún lugar, un director general de otra ciudad está mirando el nombre de Beck Morrison en una pizarra y decidiendo lo que vale.
Y soy yo quien lo ha puesto ahí.
Lo puse ahí antes de saber cómo sonaba su risa cuando nadie miraba.
Antes de que me diera una galleta en el paseo marítimo y se gastara ochenta y siete dólares en una máquina de gancho porque el oso de peluche le recordaba a sí mismo.
Antes de que me sostuviera contra su pecho después de follar y susurrara en mi pelo que era la mujer más guapa que había visto nunca.
Mi mente regresa de inmediato a la noche anterior en el muelle.
¿De verdad estarías bien en otro sitio?
—¿Darcy?
—Su toma de decisiones todavía necesita mejorar, y no voy a fingir que el error de anoche no ocurrió. Ocurrió. Y va a ir en el informe.
—Bien.
—Pero también todo lo demás. Su integración con el equipo es enorme. La marca de los hermanos Morrison es una gran parte del éxito de público. Su valor comercial es tan masivo como la respuesta de la comunidad en torno a sus hermanos. Y estadísticamente, hay áreas que van en la dirección correcta.
Colin me observa con atención.
Por primera vez desde que llegué, parece haberse olvidado por completo del surf.
Respiro hondo. —No creo que necesitemos precipitarnos, señor. Dijo que teníamos tres semanas, así que opino que sigamos trabajando con ese calendario.