Double Puck (The Morrison Brother’s 2) 14. Capítulo 13
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14. Capítulo 13

Beck

— ¿En tu casa o en la mía?

Le cojo la mano a Darcy y echamos a correr por el muelle a toda pastilla, apenas capaz de concentrarme en otra cosa que no sea la forma en que los dedos de Darcy se aferran a los míos, como si estuviera tan desesperada por encontrar la cama más cercana como yo.

De hecho, hace una pausa para pensar . —No sé. Tu mansión tiene… ¿más espacio?

—¿Estás pensando en hacer acrobacias aéreas o…?

—Bueno, ¿no está desordenada tu habitación? Pareces el tipo de chico que tiene… cosas por todas partes.

—Se llama caos organizado , muchas gracias. Todo está exactamente donde lo dejé… En el suelo. ¿Y tu casa? Un dormitorio, pinta de maniática de la limpieza, ninguna posibilidad de que Declan Morrison entre en un momento extremadamente inoportuno.

Darcy entrecierra los ojos. —Ahí has estado hábil.

—Pues claro. ¿Crees que me las apaño solo con mi cara? Espera, no. No respondas a eso. —Me detengo en seco cuando llegamos al paseo marítimo—. ¿A qué distancia está tu apartamento?

—A cinco minutos en coche.

Gimo de alivio y la arrastro hacia el Bronco. —Vale, eso está más cerca que la mansión. Vamos antes de que decida que el propio muelle tiene suficiente potencial romántico como para hacerlo aquí mismo, ahora mismo.

Darcy se ríe, ligeramente sin aliento, mientras se sube al asiento del copiloto.

O lo intenta.

Es una escena poco elegante que involucra esos peligrosos tacones y una falda ajustada.

Intervengo de inmediato, la levanto por la cintura y la deposito en el asiento como si fuera un paquete muy sexi.

Me lanza una mirada asesina, pero antes de que pueda decir una palabra, me inclino y le abrocho el cinturón de seguridad, encajándolo en su sitio con una floritura dramática.

—De nada —digo, cerrando su puerta y luego deslizándome por el capó del Bronco porque soy un hombre con una puta misión.

—Beck…, ¿qué coño ha sido eso? —Se está riendo desde dentro.

—Eficiencia —le digo mientras me pongo al volante. Me inclino sobre la consola, le engancho la mano en la nuca y la beso hasta que jadea contra mi boca.

Mientras arranco el motor, la miro y sonrío. —Por cierto, ¿sabes conducir coches de marchas?

Darcy frunce el ceño ante la palanca de cambios que hay entre nosotros. —Eh, sí. Espera, ¿por qué…?

Pero antes de que termine la frase, le cojo la mano y la presiono firmemente sobre mi, literalmente, palpitante palanca de cambios . Se queda boquiabierta mientras yo sonrío con demasiada suficiencia para ser un hombre a segundos de la casi indecencia pública.

Roto las caderas en el asiento del conductor, dejando que el calor de su palma se asiente sobre mi polla. Ella responde apretando con firmeza, sonriéndome tímidamente desde el otro lado del habitáculo.

—Te dije que no podía esperar. Venga, vámonos.

Su mano se aprieta a mi alrededor y, para cuando salgo derrapando del aparcamiento, ya me está ayudando .

El trayecto de cinco minutos dura aproximadamente tres años, pero, por suerte para mí, el entusiasmo de Darcy por mi palanca de cambios no hace más que aumentar con cada manzana que pasamos.

—Oh… Joder, Darce. —Siento que la cabeza se me va hacia atrás mientras ella sigue frotándome la polla a través de los vaqueros.

—¡Beck! ¡Mira a la carretera!

—¡Mierda! —Corrijo la dirección y me enderezo—. Perdón.

Se ríe y se inclina más, sin soltarme, solo cambiando de mano. Cristo . Qué bien sienta ya. No sé si acelerar o parar en el arcén.

Para cuando llegamos a su edificio, estoy agarrando el volante como si me estuviera conteniendo de una autocombustión en toda regla.

El bordillo de su apartamento aparece a la vista y, en mi concentración, o falta de ella, le doy de lado a un cubo de basura.

Resuena con fuerza mientras meto la marcha de aparcar en el Bronco en un ángulo tan agresivo que estoy bastante seguro de que Declan acaba de incorporarse en la cama susurrando: Beck, no .

—No pasa nada —mascullo, sacando las llaves de un tirón y saltando para abrirle la puerta.

Darcy mira a través del parabrisas. —Estás ocupando dos plazas.

—Lo sé. No me lo fastidies.

Ni siquiera llegamos a la puerta de su casa sin que me robe otro beso, con sus manos vagando por debajo de mi camisa.

Finalmente llegamos a su puerta, y Darcy me suelta y rebusca en su bolso, sacando las llaves mientras yo ya estoy detrás de ella, besándole el lado del cuello.

—Beck.

—¿Mmm?

—Tengo que abrir la puerta.

—Adelante.

—Me lo estás poniendo extremadamente difícil.

Intenta meter la llave en la cerradura, pero estoy detrás de ella, con las manos recorriéndole el cuerpo, con mi evidentísima erección totalmente presionada contra su culo.

Sonrío contra su cuello. —¿Problemas para encontrar el agujero, Hoja de Cálculo?

Se queda helada, y luego mira lentamente por encima del hombro. —¿En serio acabas de decir eso?

—Lo siento. No podía dejarlo pasar.

—Eres idiota.

—Y, sin embargo… —Le doy otro beso debajo de la oreja—. Sigues sin poder meterla.

—Ay, Dios mío. —Ahora se está riendo, intentando apartarme con el codo mientras simultáneamente empuja su culo contra mí, lo que realmente socava el mensaje—. Deja de tocarme cinco segundos.

Su codo me empuja hacia atrás lo suficiente para que la llave por fin haga clic.

En el segundo en que la puerta se abre, me mete dentro, sin que ninguno de los dos se moleste en encender las luces o en formalidades.

Nuestras bocas chocan, dientes y labios y todo lo que he estado conteniendo desde la gala. Su espalda golpea el interior de la puerta, pero ya le estoy quitando la chaqueta de los hombros y tirando de su top.

Lanza su americana a alguna parte, arrastrando las uñas por mi pecho mientras yo me ocupo de la cremallera de su falda, y tropezamos hacia atrás, nuestros cuerpos magnetizados.

Lo que sea que tiremos en este caos no puede importar, no cuando mi camisa está medio quitada y ella está tratando de llevarme directamente a su dormitorio solo con el sujetador puesto.

—Esta cita ha pasado de cero a cien —bromeo, pegándola de nuevo a mí—. Me gusta.

Su dormitorio está limpio, con paredes blancas, sábanas beis y una sola lámpara en la mesilla de noche. También huele muy bien, pero estoy demasiado ocupado besándola como para que me importe una mierda.

Darcy está de pie a los pies de la cama, una obra maestra de encaje negro y medias transparentes. Sus bragas de encaje oscuro son visibles a través de las medias, y su sujetador apenas contiene la curva de sus pechos.

Gimo ante la preciosa visión que tengo delante mientras ella estira la mano hacia mi camisa.

—Beck…

Jadea cuando la beso de nuevo, más profundamente esta vez, y en algún punto entre sus manos deslizándose bajo mi camisa y las mías deslizando su falda por el contorno de sus caderas, todo cambia.

El forcejeo frenético se ralentiza lo suficiente como para que pueda sentir de verdad lo que estoy tocando, y cuando la ropa de Darcy finalmente se une a la mía en algún lugar del suelo, la guío hasta el colchón y me coloco sobre su cuerpo desnudo.

Dejo de moverme mientras mis ojos asimilan la visión que tengo debajo.

Joder, qué pasada.

Me lo he imaginado.

Santo Cristo, claro que me lo he imaginado.

He imaginado a Darcy desnuda debajo de mí en la ducha, en la cama, en el vestuario una vez durante una revisión de vídeo particularmente aburrida que casi resultó en una conversación extremadamente incómoda con Travis Campbell.

Pero nada de eso se acerca a la visión que estoy contemplando ahora mismo.

Su pelo oscuro se extiende sobre la almohada blanca, sus mejillas sonrojadas del tono rosa perfecto que baja por su cuello hasta la parte superior de sus pechos, que suben y bajan con cada respiración superficial.

Y sus tetas.

Santo Cristo, sus tetas son una obra maestra por derecho propio. Son suaves y llenas, reclamando mi atención como si estuvieran hechas para mis manos, mi boca, mi adoración. Sus pezones ya están duros, firmes y oscuros, pidiendo a gritos ser chupados, lamidos y jodidamente mordidos .

Maldita sea.

Pero es su vientre lo que me destroza por completo. Es la curva más seductora, con una sutil suavidad que me hace apretar los puños para no devorarla entera.

Joder, es putamente perfecto.

Liso y tan malditamente apetecible, el ligero hundimiento de su ombligo llamando a mi lengua como un maldito faro de tentación. No parece una modelo; parece una puta mujer . Con suaves hoyuelos y curvas, su cuerpo irradia calor y sensualidad de una manera que nunca he visto antes.

Cada centímetro de ella es una invitación al pecado y, joder, estoy a punto de confirmar mi asistencia.

Pero justo cuando bajo la cabeza para saborear sus dulces pechos, sus manos empiezan a moverse y veo que está empezando a taparse.

—Nones. —Le cojo la muñeca con suavidad y le bajo la mano de nuevo al colchón—. Ni se te ocurra.

—No puedo evitarlo. —Darcy se queda helada, una mirada de timidez parpadeando en su rostro—. Me estás mirando fijamente.

—Sí. —Ni siquiera intento negarlo—. Llevo semanas imaginando esto. Pero, cielo, tu cuerpo, tu piel, toda tú… Por favor, solo dame un puto minuto para admirarte.

Su boca se contrae, pero deja las manos donde están.

En su lugar, me acerco a su cara, le beso la comisura de la boca, siguiendo lentamente la cálida línea de su garganta mientras sus dedos se relajan y se deslizan lentamente por mi pelo. Voy bajando, besándole la garganta, la curva de sus pechos, hasta que finalmente me llevo un pezón a la boca.

Chupo con fuerza y ella gime debajo de mí.

—Oh, Beck .

Paso la lengua por la punta endurecida, alcanzo la otra y la pellizco entre el pulgar y el índice.

Esto ya no es la piscina.

No hay una mansión llena de gente que podría salir. No hay una puerta de oficina a la que alguien pueda llamar, ni un partido mañana, ni una puta amenaza de traspaso interponiéndose entre nosotros.

Y no está esa mirada que me echó en el muelle cuando le pregunté si sabía algo que yo no.

Porque lo sabe.