Dosis de Miedo (Las Involuntarias Aventuras de Harlow y Foxx 2) 6 ¿Demasiado cómodo?
11%

6 ¿Demasiado cómodo?

Harlow apartó la mirada de Foxx, ignorando la pelea que vio gestarse en los ojos verde aguamarina del hombre, y fijó la vista en la carretera.

Algo había fallado… por dentro. Su primer impulso lo había dejado helado. Harlow estuvo a punto de soltar un «lo que sea». Como si no fuera un asunto enorme invitar al vampiro a un espacio en el que jamás había permitido que nadie más pusiera un pie.

¿Qué mierda… le pasaba? Frunció el ceño. ¿Se estaba sintiendo demasiado cómodo con Foxx? ¿Y qué significaba siquiera estar cómodo para él?

Tony era… cómodo, supuso. Harlow sabía qué hacía funcionar al hombre.

Sentía cierto apego por el otro humano. ¿Apego?

¿Era esa la palabra correcta? Le «agradaba» lo suficiente como para pensar que, si algo le ocurría, sentiría algo al respecto.

No estaba seguro de qué sería ese algo… Gavin entraba en la misma categoría que Tony.

Charity… en cierta medida… también… eh… Ese caso seguía siendo debatible.

Harlow había comprado la cabaña unos años después de empezar a cazar. Hasta el momento, nunca había dejado que ninguno de ellos se acercara o entrara en ella. Siempre había sido su espacio privado, prohibido para los demás. Incluso más que su casa.

Entonces, ¿cómo era que Foxx, alguien a quien conocía desde hacía apenas unos meses, había entrado en la categoría de personas a las que se les permitía entrar en su cabaña?

Harlow volvió a mirar a Foxx. El vampiro tenía cara de «no estarás hablando en serio» pintada en el rostro.

Carraspeó la garganta.

—Está bien… podemos ir a la cabaña después.

La expresión agria de Foxx se transformó en una sonrisa torcida y luminosa, dejando ver sus hoyuelos y un colmillo.

—¡Perfecto! Entonces, el plan: entramos a la fuerza, los matamos a todos, quemamos el lugar ¡y luego nos vamos a dormir!

—¿A dónde se supone que vamos a entrar? Sé más o menos dónde es, pero no la ubicación exacta. Ponla en el GPS. —Cuando vio a Foxx empezar a trastear con el teléfono, añadió de inmediato—: En el tablero. Mi auto tiene GPS integrado. No hay ninguna razón para que uses tu teléfono.

Foxx frunció los labios.

—Sí, pero fastidiarte me habría hecho sentir mejor.

Harlow puso los ojos en blanco.

—Mocoso.

El vampiro comenzó a manipular el GPS y, poco después, las nuevas coordenadas aparecieron en la pantalla. El lugar estaba a lo sumo a tres kilómetros de su cabaña.

Lo observó cuando el vampiro se limitó a mirar por la ventana, fulminando con los ojos al sol en vez de leer el expediente del caso.

—¿Piensas contarme algo más sobre el caso o vas a seguir con tu pelea silenciosa contra el sol?

—La pelea nunca es silenciosa —arrastró las palabras Foxx, apartando poco a poco la mirada del disco ardiente.

Bajó la vista hacia su teléfono—. Hay cinco órdenes de ejecución.

Ya expliqué un poco, pero, en resumen: mataron a varias personas.

Infectaron ilegalmente a otras y luego las soltaron entre la población general.

Esos lobos fueron abatidos por la policía porque andaban por ahí asesinando gente sin distinción a plena luz del día; ya sabes que los recién convertidos no pueden controlarse ni por asomo.

En fin, hay una nota de Charity que dice que quieren a los cinco muertos lo antes posible, antes de que infecten a más personas.

—Foxx ladeó la cabeza—. ¿Sabes? Que hayan añadido fotos de los lobos transformados…

no es tan útil como creen. En realidad, es bastante inútil.

Los hombres lobo transformados, salvo quizá por el color del pelaje, no se ven tan distintos entre sí.

Sí, él tampoco había encontrado nunca demasiado útiles esas fotos.

Pero uno de los requisitos para los cambiaformas al registrarse en el P.E.A.R.

era proporcionar imágenes de todas sus formas.

Por lo general, Harlow asumía que, si un cambiaformas estaba en el mismo lugar que el resto de la manada y, además, intentaba matarlo, lo más probable era que fuera culpable.

—¿Solo cinco? —preguntó Harlow, alzando una ceja.

No es que los hombres lobo no fueran un dolor de cabeza, pero dos cazadores para cinco hombres lobo era excesivo. Le parecía un desperdicio de dinero. ¿Pero qué sabía él? Solo era un «idiota» cazador. La gente en Washington sabía más que él, pensó con sarcasmo.

—Sip, todos en sus veintes. Así que supongo que podemos entrar y salir rápido.

—Cambiaste las balas por las de plata antes de irnos, ¿verdad?

—¡Sip!

Miró al vampiro con evidente desagrado. Su traje solar, por supuesto, tenía orejas de oso y era rosa bebé. La única diferencia con los habituales era que estaba hecho de material para la nieve.

—Supongo que no piensas pelear con esa cosa puesta.

Foxx parpadeó con lentitud.

—El sol está en lo alto. ¿De verdad esperas que mi pobre piel sufra por tu vergüenza?

—Literalmente llevas mil capas debajo. ¿Qué parte de tu piel estaría siquiera expuesta? Solo añade una bufanda y unas gafas de sol enormes y listo… no más quemaduras. Además, no es como si fueras a estallar en llamas en cuanto el sol te toque. Ooh, no… una quemadura por el sol… qué miedo.

El vampiro sonrió con suficiencia.

—No puedes obligarme a quitármelo y lo sabes.

Harlow gruñó.

—Podría.

—No puedes. ¡El sol está en lo alto! ¡Ni todo tu resoplar y bufar me sacará de este traje! —Foxx le sacó la lengua.

¿Este… este era el tipo al que estaba dispuesto a dejar entrar en su cabaña? ¿En su espacio privado…? ¿Qué mierda le pasaba?

—Está bien —gruñó—. Usa el maldito traje de oso. No me culpes si los hombres lobo se burlan de ti.

—Pronto estarán muertos. ¿Qué más da?

—Cambiando de tema. ¿Necesito explicarte algo sobre los hombres lobo? Supongo que ya te has topado con ellos antes, en tus… —Entrecerró los ojos—. ¿Cuatrocientos años?

—Tengo ciento veinticinco —dijo Foxx con una sonrisa falsa de total inocencia.

Frunció el ceño. ¿Ciento veinticinco?

—Mira tú, has cumplido un año más. Feliz cumpleaños, supongo.

Si no recordaba mal, la identificación del P.E.A.R.

del vampiro marcaba el 31 de octubre como su cumpleaños.

Pensándolo bien, le sorprendía que no lo hubiera anunciado para asegurarse un regalo o algo por el estilo.

Aunque, claro, Harlow aún se estaba recuperando de las heridas del último caso en esa fecha, así que…

quizá el vampiro sintió lástima y decidió no molestarlo con eso.

—Llegas tarde.

Se encogió de hombros.

—Intentaré recordarlo el próximo año.

—Hazlo. —Foxx puso los ojos en blanco—. En fin, sí, me he topado con hombres lobo una o dos veces. Rápidos y fuertes, con garras capaces de desgarrar metal. Muerden mucho… y tienen una debilidad enorme por la plata.

Sí, a los hombres lobo les gustaba usar a sus víctimas como juguetes para masticar.

También eran criaturas de manada. Era raro encontrarse con individuos aislados en el trabajo.

Por lo general, si había un problema, era un grupo el que lo causaba.

Los hombres lobo creían que estar solos equivalía a la muerte, mientras que permanecer juntos era fuerza o alguna mierda por el estilo.

—Básicamente. Además de quemar el lugar, tendremos que esparcir polvo de plata.

Foxx frunció el ceño.

—¿Por qué? Lo mencionaban en la guía de cazadores que me dieron, pero no explicaban la razón.

—Por la misma razón por la que quemamos las casas y todos los cuerpos paranormales. Para evitar que algún humano imbécil se meta en las secuelas de una cacería conocida e intente infectarse a sí mismo.

—¿Por eso lo hacemos? —Foxx soltó una carcajada—. Sabes que la sangre muerta no hace nada, ¿verdad? Bueno, puede provocar una infección enorme, pero no del tipo que desearían.

—Yo lo sé, el Gremio lo sabe y hasta los idiotas de Washington lo saben.

Pero los imbéciles que conforman la población humana general prefieren seguir en la ignorancia.

Y después de unas cuantas muertes por infecciones, se estableció el protocolo para evitar que los idiotas se mataran por accidente.

Si me preguntas, debieron dejarlo como estaba y permitir que la selección natural siguiera su curso.

Ya había suficientes idiotas en el mundo… unos cuantos menos no harían daño, ¿no? O tal vez eso lo decía su lado psicópata. No… desear la muerte de otros era normal, ¿verdad? Tony era normal, y él le deseaba la muerte todo el tiempo. ¿O acaso Tony no era el mejor ejemplo?

—¡Ah! ¡Mañana por la tarde habrá una feria artesanal de invierno, cerca de donde nos hospedamos! ¡Deberíamos ir! —Foxx hablaba con demasiado entusiasmo; su acento británico se marcó un poco más. Incluso su voz sonó menos irritable que desde que lo habían despertado.

—Mmm, déjame pensarlo. —Hizo una breve pausa, con el rostro inexpresivo, antes de responder—: No. —Y sonrió.

—¡No lo pensaste en absoluto!

—Vaya, ¿qué te hace pensar eso? —preguntó con voz plana.

—Vamos a ir a la feria artesanal.

—No voy a ir a una feria artesanal —dijo Harlow con firmeza.

—Sí.

—No.

—Vamos, viejo, ¡tienes que vivir un poco! Y salir y hacer cosas. Leer el periódico, ejercitarte, ir de vez en cuando a pescar y simplemente estar por ahí sentado, apenas existiendo fuera del trabajo, son hobbies aburridos.

—También leo libros.

—¡Para nada! ¡Nunca te he visto ni una sola vez leer un libro!

Harlow sonrió lentamente de lado.

—Justo ayer leí un libro llamado «Cómo saber si tu gato está planeando matarte».

—¡NO SOY UN GATO!

—¿Por qué? ¿Estás planeando matarme? —su sonrisa se expandió ante la mirada amenazante que le llegó.

—¡No, pero estaré más que encantado de hacer realidad tus sangrientos delirios!

Harlow rio por lo bajo.

—Vamos a ir a la feria artesanal —dijo Foxx con un rugido.

—No, no lo creo.

—¡Vamos a ir!

—¡Nop! —Se echó a reír.

Foxx guardó silencio. Eso era preocupante. Lo miró y encontró una sonrisa serena en su rostro, con un hoyuelo asomando. Todas las alarmas de Harlow empezaron a sonar.

—Vamos a la feria artesanal o me compro ese traje solar de oso arcoíris superlindo y lleno de brillos que he estado mirando.

¿Sabes? ¡En la oficina nadie ha visto mis adorables trajes solares!

¡Apuesto a que Charity y todos allí estarían encantados de verme con él!

—Foxx sonrió de oreja a oreja—. La decisión es tuya, viejo.

Un escalofrío de horror lo recorrió. Harlow aún recordaba las caras de los policías y los bomberos cuando Foxx lo cargó frente a ellos. Había sido pura suerte que nadie tomara una foto. Aunque… quizá estaban demasiado atónitos.

Mierda… Fulminó al vampiro con la mirada. Ni siquiera era una elección.

—¡Está bien, joder! ¡Iremos, mocoso!