Dos mundos: Lo que escondemos (Dos mundos 2) Capítulo 7 — Mateo
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Capítulo 7 — Mateo

Las semanas posteriores al ultimátum de Ricardo Cross trajeron una tensión nueva a la relación, distinta de todas las dificultades anteriores que habíamos enfrentado juntos: por primera vez, sentía el peso real de ser, potencialmente, el obstáculo entre Valentina y el futuro que llevaba años planeando, una carga que empezó a manifestarse en una distancia emocional que ninguno de los dos reconocía abiertamente pero que ambos sentíamos crecer día a día.

Empecé a rechazar, de manera casi automática, cualquier plan que implicara gastos compartidos, incómodo con la idea de que Valentina asumiera costes en un momento en que su propio futuro económico estaba en juego por mi culpa.

Ella, por su parte, empezó a mostrar signos de un estrés que se manifestaba en una irritabilidad poco habitual en ella, fruto de sostener, en paralelo, la presión familiar y la incertidumbre sobre cómo financiar un máster que, apenas unas semanas atrás, había dado por completamente asegurado.

—Estás distinto últimamente —me dijo Bruno, un sábado por la tarde, mientras tomábamos algo en el bar de siempre—. Más callado. Más metido para dentro.

—Estoy pensando mucho en si de verdad estoy haciendo lo correcto quedándome en la vida de Valentina, con todo lo que le está costando.

—¿Le has preguntado a ella qué piensa?

—Me ha dejado clarísimo que no piensa dejarme ir. Pero eso no significa que sea justo para ella tener que sostener esta batalla conmigo.

Bruno se quedó pensativo un momento, dándole vueltas a mis palabras con la seriedad que reservaba para los temas realmente importantes.

—Mira, tío, no soy quién para decirte qué hacer con tu relación.

Pero sí te voy a decir una cosa: si te apartas ahora, "por su bien", sin que ella lo decida realmente, no la estás protegiendo.

La estás decidiendo por ella, igual que su padre está intentando decidir por ella con el tema del dinero.

Y eso, viniendo de ti, sería bastante hipócrita, ¿no crees?

Aquellas palabras se me quedaron grabadas con una fuerza incómoda, porque ponían en evidencia una contradicción que llevaba semanas sin querer reconocer: mi impulso de "protegerla" apartándome era, en el fondo, otra forma de decisión unilateral, tan problemática, a su manera, como el chantaje económico de su padre.

· · ·

Sole, en el café, también notó el cambio en mi estado de ánimo, y una tarde tranquila, entre clientes, se sentó a mi lado en la barra con dos cafés que no había pedido.

—Llevas semanas con cara de funeral, Mateo. ¿Qué te pasa?

Le conté, con la confianza que había construido con ella durante años de trabajo compartido, toda la situación con el ultimátum de Ricardo Cross y con mis propias dudas sobre si debía apartarme de la vida de Valentina para no comprometer su futuro.

—¿Sabes lo que hizo mi marido cuando nos conocimos?

—me dijo Sole, después de escucharme con atención—.

Su familia tenía un pequeño negocio de hostelería y quería que él se hiciera cargo, mientras yo venía de una familia bastante más humilde, sin nada que ofrecer más allá de mis ganas de trabajar.

Su madre se opuso durante años, amenazando con desheredarlo si seguía conmigo.

—¿Y qué pasó?

—Que él eligió quedarse conmigo, renunciando a parte de la herencia familiar.

No te voy a mentir, los primeros años fueron durísimos económicamente.

Pero llevamos treinta años juntos, con este café que hemos construido con nuestras propias manos, y no cambiaría ni un solo día de dificultad por la alternativa de haber renunciado el uno al otro por miedo o por presión familiar.

—¿Y si Valentina pierde su máster por mi culpa?

—Entonces encontraréis otra manera de que consiga su máster, o encontrará otro camino profesional igual de válido. Pero la decisión de con quién compartir su vida le corresponde a ella, no a su padre, y desde luego tampoco a ti decidiéndolo por ella con la excusa de protegerla.

Aquella conversación con Sole, sumada a las palabras de Bruno unos días antes, terminó de convencerme de que mi impulso de apartarme, por bienintencionado que fuera, no era la solución correcta, sino una manera más de quitarle a Valentina el derecho a decidir sobre su propia vida.

· · ·

Se lo confesé todo a Valentina esa misma noche, con una vulnerabilidad que me costó reunir, admitiendo abiertamente las dudas que llevaba semanas sosteniendo en silencio.

—He estado pensando en apartarme de tu vida, para que puedas centrarte en conseguir tu máster sin esta presión añadida —le confesé, observando cómo su expresión pasaba de la sorpresa al dolor y, finalmente, a una determinación fría que ya empezaba a reconocer como parte fundamental de su carácter.

—Mateo Rueda, si vuelves a plantearte apartarte de mi vida "por mi bien" sin contar conmigo, te juro que me voy a enfadar de una manera que no has visto todavía.

—Solo intento protegerte.

—No necesito que me protejas decidiendo cosas por mí.

Necesito que confíes en que soy lo bastante capaz de tomar mis propias decisiones sobre mi vida y mi futuro, incluso cuando esas decisiones son difíciles.

Ya tengo a mi padre intentando decidir por mí.

No necesito que tú hagas lo mismo, aunque sea con mejores intenciones.

Tenía toda la razón, y aquella conversación, dura pero necesaria, terminó de sellar un acuerdo tácito entre los dos: fuera lo que fuera lo que decidiéramos hacer respecto al futuro, lo decidiríamos juntos, como equipo, sin que ninguno de los dos tomara decisiones unilaterales basadas en supuestos sacrificios heroicos que, en realidad, no hacían más que replicar el mismo patrón de control que tanto rechazábamos en la actitud de su padre.

· · ·

Aquellas semanas de mayor distancia emocional coincidieron, además, con la entrega final del proyecto del concurso de arquitectura social en el que Valentina y yo llevábamos meses trabajando juntos, una circunstancia que, lejos de complicar todavía más la situación, terminó ofreciéndonos la oportunidad perfecta de reconectar a través de un objetivo común que ambos valorábamos profundamente.

—Creo que deberíamos centrar la memoria final en el testimonio directo de los jóvenes extutelados que hemos entrevistado —le propuse, una noche, mientras revisábamos juntos los últimos detalles del proyecto—.

Los números y los planos son importantes, pero creo que el jurado necesita conectar emocionalmente con las historias reales detrás de las cifras.

Valentina, que llevaba semanas mostrando signos de la tensión acumulada por la situación con su padre, pareció recuperar parte de su energía habitual al sumergirse de nuevo en el trabajo conjunto que tanto la había apasionado el año anterior.

—Tienes razón. Vamos a incluir al menos tres testimonios directos, con el permiso correspondiente de cada uno, claro. Creo que eso puede marcar la diferencia respecto al resto de proyectos presentados.

Trabajar codo con codo en aquel proyecto, durante las últimas semanas antes de la fecha límite de entrega, nos recordó a ambos, de una manera casi terapéutica, por qué habíamos empezado a enamorarnos el uno del otro el año anterior: la capacidad de complementarnos profesionalmente, la pasión compartida por causas que iban más allá de nuestros propios intereses individuales, y la satisfacción genuina de construir algo importante juntos, más allá de cualquier presión externa relacionada con nuestras familias respectivas.

Entregamos el proyecto final una fría noche de diciembre, agotados pero satisfechos, celebrando el hito con un chocolate caliente en una cafetería cercana a la ETSAM que se convertiría, con el tiempo, en uno de nuestros rincones favoritos de la ciudad.

—Pase lo que pase con el resultado del concurso —me dijo Valentina, mientras brindábamos con nuestras tazas humeantes—, este proyecto ha sido, para mí, una de las cosas más importantes que hemos hecho juntos este año. Nos ha recordado quiénes somos, más allá de toda la presión externa.

Coincidía plenamente con ella, y aquella noche, compartiendo un chocolate caliente después de meses de tensión acumulada, sentí que habíamos recuperado, al menos parcialmente, la complicidad y la conexión genuina que las dificultades de las últimas semanas habían puesto seriamente a prueba.

· · ·

Antes de conseguir la reconciliación completa a través del proyecto compartido, hubo un momento de fricción real entre Valentina y yo que estuvo a punto de convertirse en la primera discusión seria de toda nuestra relación: una tarde en que, agotado por la acumulación de responsabilidades, respondí con una brusquedad poco habitual en mí a un comentario suyo aparentemente inocente sobre organizar una cena con algunos de sus amigos del entorno universitario.

—No tengo tiempo ni energía para socializar con gente que probablemente me va a estar evaluando toda la noche, Valentina —le dije, con un tono más cortante del que pretendía, fruto del cansancio acumulado de semanas enteras de sobrecarga—.

Bastante tengo ya con aguantar las miradas de tu familia como para encima tener que fingir que disfruto de una cena con tus amigos.

Valentina se quedó momentáneamente en silencio, visiblemente dolida por mi tono, antes de contestar con una firmeza que reflejaba su propia acumulación de tensión durante aquellas semanas.

—No es justo que lo pagues conmigo, Mateo. Yo no tengo la culpa de que estés agotado, y desde luego no merezco que me hables así solo porque te sugiero una cena con mis amigos.

Tenía toda la razón, y en cuanto las palabras salieron de mi boca, sentí una vergüenza inmediata por haber descargado sobre ella una frustración que, en realidad, tenía que ver con la acumulación general de presiones que estaba sosteniendo, no con ella específicamente.

—Tienes razón, lo siento muchísimo —me disculpé, de inmediato, arrepentido genuinamente por mi reacción desproporcionada—. Estoy agotado, y eso no justifica que te hable de esa manera. Perdóname.