Capítulo 5 — Mateo
Octubre llegó cargado de una acumulación de responsabilidades que empezó a pasarme factura de maneras que no había anticipado.
Entre los proyectos cada vez más exigentes de la ETSAM, los turnos en el café que Sole había tenido que ampliar tras la marcha de otro compañero, las tutorías de los fines de semana, y el tiempo que intentaba reservar para Valentina, mis horas de sueño se redujeron a un promedio que mi propio cuerpo empezó a protestar de maneras cada vez más evidentes.
—Tienes ojeras hasta la barbilla, tío —me dijo Bruno, un sábado por la mañana, mientras me ayudaba a cargar materiales en el taller—. ¿Cuánto hace que duermes bien de verdad?
—No me acuerdo, la verdad.
—Eso no es una buena señal.
No lo era, y lo sabía, pero no encontraba manera de reducir ninguna de mis obligaciones sin que algo importante se viera comprometido: dejar turnos en el café significaba menos dinero para casa, reducir tutorías significaba lo mismo, y bajar el ritmo en la universidad significaba arriesgar la beca que sostenía todo el edificio de mi futuro.
La situación se complicó todavía más cuando el padre de Bruno, Ramón —coincidencia de nombre con el chófer de Valentina que siempre nos hacía gracia mencionar—, sufrió un episodio de salud serio relacionado con el corazón, que lo obligó a pasar varios días ingresado y semanas enteras de reposo posterior, dejando el taller familiar sin su principal sustento de trabajo.
Bruno, agobiado por la situación, empezó a pedirme ayuda con encargos del taller en mis pocas horas libres, algo que acepté sin dudarlo, aunque suponía añadir una carga más a un horario que ya estaba al límite de lo sostenible.
—No sé cómo agradecerte esto, tío —me dijo Bruno, una noche, mientras cerrábamos juntos el taller después de terminar un encargo urgente—. Sé que no tienes tiempo de sobra para regalar.
—Para eso están los amigos, Bruno. Tú siempre has estado ahí para mí.
—Aun así. Prométeme que no vas a dejar que esto te hunda a ti también. Ya tenemos suficiente con un Rueda al borde del colapso en esta familia.
No le dije que, en realidad, llevaba semanas sintiendo síntomas preocupantes de agotamiento acumulado: dolores de cabeza frecuentes, dificultad creciente para concentrarme en clase, una irritabilidad que empezaba a notar incluso en mi trato con Valentina durante nuestras conversaciones nocturnas, cada vez más breves y cansadas.
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La primera señal seria de que algo estaba fallando de verdad llegó a mediados de octubre, cuando recibí las notas del primer parcial de Estructuras, una asignatura en la que históricamente había destacado y en la que, esta vez, había sacado una calificación mediocre, muy por debajo de lo necesario para mantener el promedio exigido por mi beca.
—Esto no puede volver a pasar —me dijo la profesora Iris Moreno, cuando me llamó a su despacho tras ver las notas—. Mateo, llevo dos años viéndote trabajar con una dedicación admirable. ¿Qué está pasando?
Le expliqué, con una sinceridad que me costó reunir, toda la acumulación de responsabilidades que estaba sosteniendo: el trabajo, las tutorías, la ayuda al taller de Bruno, la relación con Valentina y todo lo que implicaba mantenerla viva en medio de la oposición familiar.
—Entiendo la presión que sientes —dijo ella, con una comprensión genuina que agradecí—, pero tienes que priorizar.
Si pierdes la beca por agotamiento, todo lo demás se derrumba con ella.
Busca ayuda, delega lo que puedas delegar, y no tengas miedo de pedir apoyo cuando lo necesites.
Nadie espera que lo sostengas todo tú solo.
Aquellas palabras se me quedaron grabadas durante días, obligándome a hacer un examen honesto de mi situación que había estado evitando por pura necesidad de seguir avanzando sin pararme a pensar demasiado en el coste real de todo lo que estaba sosteniendo.
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Se lo conté a Valentina esa misma noche, con una vulnerabilidad que rara vez me permitía mostrar delante de ella, más acostumbrado a ser yo quien ofrecía apoyo que quien lo pedía.
—Mateo, esto es serio —me dijo, con una preocupación evidente en la voz—. No puedes seguir así. ¿Por qué no me habías contado nada de esto?
—No quería añadirte más preocupaciones de las que ya tienes con tu propia familia.
—Eso es exactamente lo contrario de lo que se supone que debe pasar entre nosotros. Se supone que compartimos las cargas, no que cada uno sostiene las suyas en secreto para no molestar al otro.
Tenía razón, por supuesto, y aquella conversación se convirtió en un punto de inflexión importante en la manera en que ambos entendíamos la relación: la necesidad de ser más honestos, incluso cuando la honestidad implicaba mostrar vulnerabilidad y pedir ayuda, en lugar de intentar sostenerlo todo de manera individual por miedo a resultar una carga para el otro.
Entre los dos, con la ayuda adicional de Bruno y de mi propia madre, organizamos una redistribución de mis responsabilidades: reduje ligeramente mis turnos en el café, compensando la pérdida de ingresos con dos tutorías adicionales que Valentina me ayudó a conseguir entre conocidos de su entorno, y acordamos con Bruno que su ayuda en el taller quedaría limitada a los momentos de verdadera urgencia, no como apoyo constante.
—No puedes salvar a todo el mundo tú solo, Mateo —me dijo mi madre, una noche, mientras me veía repasar el nuevo horario reorganizado—. Ni a Bruno, ni a Valentina, ni siquiera a nosotros. A veces, cuidarte a ti mismo es la manera más importante de poder seguir ayudando a los demás después.
Aquel consejo, sencillo pero profundamente cierto, se convirtió en una especie de mantra que repetiría mentalmente en las semanas siguientes, cada vez que la tentación de sobrecargarme de nuevo amenazara con hacerme caer en los mismos patrones agotadores que casi habían costado mi beca aquel primer parcial de octubre.
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El episodio de salud del padre de Bruno, aunque finalmente resuelto sin complicaciones mayores gracias a un tratamiento adecuado y a un cambio necesario en sus hábitos de vida, dejó una huella importante en toda la dinámica familiar de mi mejor amigo, obligándolo a asumir responsabilidades en el taller que antes recaían exclusivamente en su padre.
—No sé cómo vamos a sacar esto adelante los próximos meses —me confesó Bruno, una tarde, mientras revisábamos juntos las cuentas pendientes del taller, con una preocupación que rara vez le veía mostrar tan abiertamente—.
Mi padre necesita reducir su carga de trabajo durante una buena temporada, y yo solo no puedo con todos los encargos que tenemos comprometidos.
—Ya sabes que cuentas conmigo para lo que necesites, dentro de mis horarios disponibles.
—Lo sé, y te lo agradezco muchísimo, pero no puedo seguir pidiéndote más de lo que ya me has dado. Tienes tu propia vida que sostener, Mateo, con la beca, con Valentina, con todo lo demás.
Aquella conversación con Bruno, en la que ambos reconocimos abiertamente los límites de lo que cada uno podía ofrecer al otro sin comprometer sus propias responsabilidades, se convirtió en un ejercicio útil de establecer fronteras sanas dentro de nuestra amistad, algo que, en retrospectiva, terminó fortaleciendo la relación en lugar de debilitarla, al eliminar la presión implícita de sentirnos obligados a resolverlo todo el uno para el otro sin límites razonables.
Finalmente, entre ahorros familiares y un pequeño préstamo que el propio padre de Bruno consiguió negociar con el banco donde llevaba décadas siendo cliente, la familia de Bruno logró contratar a un ayudante a tiempo parcial para el taller, aliviando la presión sobre mi amigo y permitiéndome, a mí también, recuperar parte del tiempo que había estado dedicando a ayudarles durante aquellas semanas más críticas.
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En medio de aquella acumulación de responsabilidades, Valentina insistió en que dedicáramos, al menos, una tarde a la semana exclusivamente a descansar juntos, sin hablar de proyectos, ni de familias, ni de ningún tema relacionado con las presiones que ambos sosteníamos por separado.
—Necesitamos esto, Mateo —me dijo, la primera vez que propuso la idea, mientras preparaba una manta y una selección de películas en su portátil—. Un espacio que sea solo nuestro, sin ninguna otra preocupación de por medio.
Aquellas tardes semanales, dedicadas a ver películas, a cocinar juntos platos sencillos, o simplemente a pasear sin ningún destino concreto, se convirtieron en un ancla emocional fundamental durante las semanas más duras de aquel otoño, un recordatorio constante de que, más allá de todas las dificultades externas que enfrentábamos, la conexión genuina entre nosotros seguía siendo tan fuerte y tan reconfortante como el primer día.
—Deberíamos haber empezado con esto desde el principio del curso —le comenté, una de esas tardes, mientras cocinábamos juntos una receta sencilla de pasta que Valentina había aprendido, con cierto orgullo, después de meses de práctica desde nuestra primera tortilla quemada del año anterior.
—Mejor tarde que nunca. Además, creo que necesitábamos pasar por esa etapa de agotamiento para entender realmente lo importante que es reservar tiempo para nosotros, sin dejar que todo lo demás lo devore por completo.
Aquella lección, aprendida a base de agotamiento acumulado y de una necesaria reorganización de prioridades, se convirtió en una de las bases más importantes sobre las que ambos empezamos a construir una manera más sostenible de sostener, simultáneamente, nuestras respectivas responsabilidades académicas, laborales y familiares, sin sacrificar por el camino la calidad del tiempo que compartíamos juntos.
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