Capítulo 3 — Mateo
La comida en casa de los Cross llegó con una semana entera de preparativos nerviosos por mi parte, que incluyeron desde pedirle consejo a mi madre sobre qué ropa ponerme —"algo que sea tú, hijo, no un disfraz de lo que crees que ellos esperan"— hasta un ensayo mental de posibles preguntas incómodas que Ricardo Cross pudiera lanzarme durante la comida.
Bruno, cuando le conté los detalles, no ayudó demasiado a calmar mis nervios.
—O sea, que vas a comer con el hombre que dijo que no iba a financiar "una rebeldía adolescente" —resumió, con esa capacidad suya para señalar exactamente lo que más me preocupaba—. Qué ganas de verte sudar la gota gorda, tío.
—Gracias por el apoyo moral.
—Para eso estoy. En serio, vas a estar bien. Solo sé tú mismo. Si no les gusta lo que ven, el problema es de ellos, no tuyo.
Llegué a la casa de los Cross —un edificio señorial del barrio de Salamanca que, por dentro, resultaba todavía más imponente de lo que había imaginado a partir de las descripciones de Valentina— con quince minutos de antelación, una puntualidad calculada para no parecer ni demasiado ansioso ni descuidado.
Valentina me abrió la puerta ella misma, visiblemente más nerviosa de lo que la había visto en mucho tiempo, con un vestido sencillo que reconocí como una elección deliberada para no marcar demasiado la distancia entre nuestros mundos.
—¿Listo? —me preguntó, en voz baja, mientras me guiaba hacia el salón.
—Todo lo listo que se puede estar para esto, supongo.
Ricardo Cross me recibió con un apretón de manos firme, evaluador, del tipo que había visto hacer a algunos clientes exigentes en el café cuando querían dejar clara su posición desde el primer segundo.
Su esposa, Marina, se mostró más cálida en apariencia, aunque con una cautela evidente en cada gesto, como quien observa un experimento cuyo resultado todavía no puede predecir.
—Así que tú eres el famoso Mateo —dijo Ricardo, invitándome a sentarme con un gesto que no admitía discusión—. Valentina nos ha hablado mucho de tu proyecto de vivienda social. Impresionante trabajo, por lo que cuenta.
—Gracias, señor Cross. Ha sido un proyecto muy importante para mí, en muchos sentidos.
—Estudias Arquitectura en la ETSAM, ¿verdad? Con beca completa.
Lo dijo sin ningún tono acusatorio evidente, pero la mención directa de la beca, tan pronto en la conversación, no me pasó desapercibida como una manera sutil de establecer, desde el principio, las coordenadas económicas de la situación.
—Así es. Entré con la mejor nota de mi promoción en el examen de acceso.
—Impresionante, de verdad —intervino Marina, con una sonrisa que parecía, esta vez, más genuina—. ¿Y tu familia, a qué se dedica?
—Mi padre trabaja en construcción, subcontratado por distintas empresas. Mi madre es auxiliar de enfermería en el 12 de Octubre.
Un breve silencio siguió a esa respuesta, un silencio que interpreté, correctamente según confirmaría Valentina más tarde, como el sonido de dos personas procesando una realidad que hasta entonces solo habían conocido de manera abstracta, a través de comentarios de terceros y de su propia imaginación prejuiciosa.
· · ·
La comida en sí transcurrió con una cordialidad tensa que ninguno de los presentes intentó disimular del todo.
Ricardo Cross me hizo preguntas técnicas sobre el proyecto de Sierra Gorda que, para mi sorpresa, denotaban un interés genuino más allá de la mera cortesía, mientras que Marina se centró en preguntas más personales sobre mis planes de futuro, sobre qué esperaba conseguir con mi carrera, sobre cómo veía el equilibrio entre la vocación social y la estabilidad económica.
—Entiendo que la arquitectura social es importante para ti —dijo Ricardo, en un momento de la comida en que la conversación había alcanzado un tono casi relajado—, pero también entenderás que, desde una perspectiva puramente práctica, ese tipo de trabajo raramente ofrece la estabilidad económica necesaria para mantener cierto nivel de vida.
Sentí la trampa implícita en la pregunta, la manera sutil en que Ricardo Cross intentaba, sin decirlo directamente, sugerir que yo jamás podría ofrecerle a su hija el nivel de vida al que estaba acostumbrada.
—Con todo respeto, señor Cross —contesté, con la calma que había ensayado mentalmente durante toda la semana—, no busco replicar el nivel de vida al que Valentina está acostumbrada.
Busco construir, junto a ella, una vida que tenga sentido para los dos, basada en lo que realmente valoramos, no en lo que la sociedad espera que valoremos.
—Palabras bonitas, joven. Pero las palabras no pagan facturas.
—El trabajo duro sí las paga, señor Cross. Llevo tres años demostrando que sé trabajar duro, y no pienso dejar de hacerlo ahora.
Valentina, a mi lado, me apretó la mano por debajo de la mesa, un gesto de apoyo silencioso que agradecí profundamente en aquel momento de tensión evidente.
Ricardo se quedó mirándome un momento más, con una expresión que no supe interpretar del todo, antes de cambiar de tema hacia algo relacionado con la actualidad política, dando por terminada, al menos por el momento, aquella línea de interrogatorio incómodo.
· · ·
Al final de la comida, mientras Valentina me acompañaba hasta la puerta, Ricardo Cross me pidió, para mi sorpresa, unos minutos a solas en su despacho, una petición que aceptó con una mirada de preocupación evidente por parte de Valentina.
El despacho de Ricardo Cross era exactamente como lo había imaginado: madera oscura, estanterías llenas de libros de arquitectura y de gestión empresarial, fotografías enmarcadas de proyectos de Grupo Cross a lo largo de las décadas, y, en un rincón discreto, una fotografía en blanco y negro que reconocí de inmediato por la descripción que Valentina me había hecho meses atrás: su bisabuelo, estrechando la mano a un obrero delante de un bloque de vivienda social recién terminado.
—Esa fotografía —dijo Ricardo, notando hacia dónde había dirigido mi mirada— es de mi abuelo. La primera promoción que construyó la empresa, en los años cincuenta.
—Valentina me habló de ella.
—¿Y qué te contó, exactamente?
—Que su bisabuelo estaría más orgulloso de ese bloque de vivienda social que de cualquier ático de lujo construido después.
Ricardo se quedó callado un momento, observando la fotografía con una expresión que no le había visto mostrar hasta entonces, una mezcla de nostalgia y de algo parecido al arrepentimiento contenido.
—Mi hija tiene razón, aunque me cueste admitirlo en voz alta —dijo, finalmente—.
Mira, Mateo, voy a ser honesto contigo. No confío en esto.
No porque dude de tus intenciones, sino porque he visto, en mi propia vida y en la de gente cercana a mí, cómo las diferencias de mundo terminan pasando factura, tarde o temprano, incluso cuando el amor inicial es genuino.
—Entiendo su preocupación, señor Cross. Pero con todo respeto, creo que subestima lo que Valentina y yo hemos construido juntos.
—Puede ser. Espero, sinceramente, equivocarme contigo. Pero te voy a pedir una cosa: si de verdad quieres a mi hija, demuéstralo con hechos, no con palabras bonitas. El tiempo dirá si tienes razón tú o la tengo yo.
No fue la bendición que Valentina y yo habríamos deseado, pero tampoco fue el rechazo categórico que había temido durante toda la semana previa a aquella comida.
Salí de aquel despacho con una sensación extraña, mezcla de alivio cauteloso y de determinación renovada, consciente de que Ricardo Cross me había lanzado, con aquellas palabras, un desafío que pensaba afrontar con toda la seriedad que merecía.
Cuando se lo conté a Valentina esa noche, por teléfono, ella se quedó en silencio un momento antes de contestar.
—Es más de lo que esperaba, la verdad —dijo, con un alivio evidente en la voz—. Mi padre no suele dar segundas oportunidades tan fácilmente.
—Pues vamos a demostrarle que se equivoca con nosotros, Valentina. Cueste lo que cueste.
—Cueste lo que cueste —repitió ella, y en aquella promesa compartida, renovada una vez más al inicio de aquel segundo año tan incierto, encontramos la fuerza necesaria para afrontar todo lo que, sin saberlo todavía, estaba por llegar.
· · ·
Antes de la comida oficial con los padres de Valentina, hubo un momento previo que no le había contado a nadie, ni siquiera a Bruno: una llamada telefónica breve pero significativa con mi propio padre, que quiso, a su manera reservada y poco habitual en él, ofrecerme algún consejo antes del encuentro.
—He estado pensando en esa comida que tienes el domingo —me dijo, mientras cenábamos la noche anterior—. Sé que estás nervioso, aunque no lo digas en voz alta.
—Un poco, sí.
—Mira, hijo, yo no sé mucho de mundos como el de esa familia.
Pero sé algo de hombres como el padre de esa chica, porque he trabajado para gente parecida toda mi vida, construyendo casas que ellos jamás van a vivir.
Esos hombres respetan una sola cosa por encima de todo: que no les tengas miedo, aunque tengan todo el dinero del mundo y tú no tengas nada.
En el momento en que perciben miedo, te aplastan.
En el momento en que perciben seguridad tranquila, aunque no te tengan simpatía, empiezan a respetarte.
Aquel consejo, sencillo pero certero, se me quedó grabado durante toda la comida del día siguiente, ayudándome a mantener la calma en los momentos de mayor tensión con Ricardo Cross, recordando constantemente que el miedo, más que cualquier otra cosa, era precisamente lo que él esperaba encontrar en mí, y que no pensaba dárselo.
· · ·
Días después de la comida, mientras le contaba a Bruno todos los detalles del encuentro con Ricardo Cross en su despacho, mi amigo, que llevaba semanas mostrando un escepticismo cauteloso sobre toda la situación, pareció suavizar ligeramente su postura.