Dos mundos: La cena de los Cross (Dos mundos 3) Capítulo 9 — Mateo #3
90%

Capítulo 9 — Mateo #3

—Mateo, ¿alguna vez le has preguntado a Valentina cómo sería su vida si tuviera que rechazar completamente el mundo en el que ha crecido, solo para estar contigo?

—me preguntó, durante una de nuestras sesiones semanales, mientras hacíamos una pausa en el repaso de matemáticas—.

Porque a veces pienso que, cuando estamos inseguros, solo vemos lo difícil que es para nosotros adaptarnos al mundo del otro, sin pensar en lo difícil que también puede ser para ellos renunciar a parte de su propio mundo por nosotros.

Aquella reflexión de Kevin, sorprendentemente madura para su edad, me hizo pensar en todo lo que Valentina había sacrificado o transformado a lo largo de nuestra relación: la tensión con sus padres, el ultimátum sobre su máster, la insistencia incómoda de Guillermo Valdivia que había tenido que gestionar sola durante semanas antes de contármelo, y ahora la crisis actual que amenazaba con poner en riesgo todo lo que habíamos construido juntos.

Aquella perspectiva, complementando las reflexiones de Bruno, de mi hermana, de doña Pilar, de Iris Moreno y de Sole, terminó de consolidar mi determinación de afrontar la conversación de reconciliación no solo desde mis propias inseguridades y frustraciones, sino también desde una genuina curiosidad y empatía hacia todo lo que Valentina misma había tenido que sobrellevar, silenciosamente en muchas ocasiones, a lo largo de nuestra relación compartida.

· · ·

Nayara, mi otra alumna de tutorías, que ya cursaba su último año de bachillerato con vistas a estudiar Medicina en la universidad, se enteró también, a través de comentarios generales durante nuestras sesiones semanales, sobre la crisis que atravesaba con Valentina, y ofreció una perspectiva final que se sumó a todas las demás reflexiones que había ido recopilando durante aquellos días tan difíciles.

—Mateo, cuando yo tenía miedo de no ser lo suficientemente buena para conseguir entrar en Medicina, tú siempre me decías que el miedo a fallar no debería impedirme intentarlo con todo mi esfuerzo —me recordó, con una perspicacia que reflejaba lo mucho que habíamos construido a lo largo de años de tutoría compartida—.

Creo que deberías aplicarte tu propio consejo ahora mismo con Valentina.

Aquella reflexión de Nayara, recordándome mis propias palabras de ánimo dirigidas hacia ella en momentos de duda académica, me ayudó a entender con mayor claridad la ironía de mi propia situación: llevaba años animando a mis alumnos a superar sus miedos e inseguridades para perseguir sus objetivos con determinación, pero había permitido que mis propias inseguridades sobre el mundo de Valentina me paralizaran durante semanas enteras, en lugar de aplicar el mismo consejo valiente que ofrecía tan generosamente a otros.

Aquella noche, antes del encuentro decisivo en el Retiro, repasé mentalmente todas las conversaciones que había mantenido durante aquellos días tan intensos: con Bruno, con mi hermana, con doña Pilar, con Iris Moreno, con Sole, y ahora con Nayara, cada una aportando una pieza distinta del rompecabezas emocional que necesitaba resolver antes de afrontar, con la honestidad y la valentía necesarias, la conversación más importante de toda mi relación con Valentina hasta la fecha.

· · ·

Aquella noche, antes de dormir, le escribí un mensaje breve a Bruno, agradeciéndole todo el apoyo constante que me había ofrecido durante aquellas semanas tan difíciles, y su respuesta, breve pero cargada del cariño incondicional de toda una vida de amistad, resumió bien el sentimiento compartido entre los dos: "Para eso estamos, tío.

Mañana vas a hacerlo genial. Confía en lo vuestro. "

· · ·

Mi madre, aquella misma mañana antes de salir de casa, me sorprendió con un gesto poco habitual en ella: me tendió una pequeña estampa religiosa que había pertenecido a mi abuelo, pidiéndome que la llevara conmigo al encuentro con Valentina, "por si acaso necesitas algo de fuerza extra ahí fuera", según sus propias palabras, un gesto sencillo pero cargado de todo el cariño familiar que me acompañaba en aquel momento tan decisivo.

· · ·

Nayara, tras su propia reflexión sobre aplicarme mi propio consejo de superar miedos, terminaría entrando finalmente en la facultad de Medicina que tanto había deseado, un logro que celebraríamos juntos meses después con la misma alegría genuina con la que había celebrado siempre cada pequeño avance de mis alumnos a lo largo de aquellos años de tutoría compartida, confirmando que el impacto de nuestro trabajo mutuo trascendía ampliamente cualquier crisis personal que pudiera atravesar en mi propia relación con Valentina.

· · ·

Aquella estampa religiosa de mi abuelo, que llevé conmigo el día del encuentro decisivo en el Retiro, se convertiría, a partir de entonces, en un pequeño talismán que guardaría siempre en mi cartera, un recordatorio silencioso de todo el amor familiar y comunitario que me había sostenido durante los momentos más difíciles de aquella crisis, y que seguiría acompañándome durante los años siguientes de mi trayectoria compartida junto a Valentina.