Capítulo 7 — Mateo
Salimos de la cena de los Cross ya de madrugada, y durante el trayecto de vuelta hacia mi barrio, mantuve un silencio que Valentina notó de inmediato, aunque no dijo nada hasta que estuvimos ya en el coche, lejos de cualquier oído indiscreto de su entorno familiar.
—¿Estás bien, Mateo? Has estado muy callado desde que salimos.
—Estoy bien —contesté, aunque el tono de mi propia voz delataba lo contrario de manera evidente incluso para mí mismo.
—No pareces bien. Cuéntame qué te ha molestado de la cena.
Me quedé callado un momento más, intentando ordenar la marea de emociones contradictorias que llevaba acumulando durante toda la velada: la humillación silenciosa de sentirme invisible ante gente que ni siquiera se molestaba en fingir interés genuino por mi trabajo, la rabia hacia Guillermo Valdivia y su brindis calculadamente excluyente, y, sobre todo, una inseguridad profunda que llevaba meses acumulando sin querer reconocerla del todo, alimentada tanto por la rivalidad con Fernando Ochoa como por la presión constante de sentirme siempre insuficiente ante los estándares del mundo de Valentina.
—Toda la noche me han tratado como si fuera invisible, Valentina —dije, finalmente, dejando salir la frustración acumulada—.
Como si mi trabajo, mi esfuerzo, todo lo que he conseguido con sacrificio real, no valiera absolutamente nada comparado con los contactos y el dinero de gente como Guillermo Valdivia.
—Lo sé, Mateo. Y lo siento muchísimo. Debí haber anticipado mejor cómo iba a desarrollarse la velada, y debí haber intervenido antes para evitar que llegara a ese punto.
—No es solo la cena de esta noche, Valentina.
Es una sensación que llevo acumulando desde hace semanas, con lo de Fernando Ochoa compitiendo por la beca con sus contactos familiares, con Guillermo insistiendo constantemente contigo a pesar de que sabe perfectamente que estamos juntos, con la sensación general de que, por mucho que me esfuerce, por mucho mérito real que acumule, siempre va a haber alguien con más contactos, con más dinero, con más facilidades, dispuesto a pasar por encima de mi trabajo sin ningún esfuerzo real de por medio.
Valentina se quedó en silencio un momento, procesando la magnitud de la frustración acumulada que estaba compartiendo con ella por primera vez de manera tan directa y tan cruda.
—¿Y qué necesitas de mí, Mateo? ¿Cómo puedo ayudarte con esto?
—No lo sé, la verdad. Quizás simplemente necesito procesarlo yo solo durante un tiempo.
Aquella respuesta, más distante de lo que solía ser habitual en nuestras conversaciones más difíciles, marcó el inicio de una etapa de distanciamiento emocional que ninguno de los dos anticipaba del todo en aquel momento, pero que ambos sentíamos, con una certeza incómoda, que se avecinaba con una intensidad mayor que cualquier crisis anterior que hubiéramos enfrentado juntos hasta la fecha.
· · ·
Los días siguientes a la cena de los Cross trajeron consigo un distanciamiento gradual pero perceptible entre Valentina y yo, marcado por conversaciones más breves de lo habitual, por mensajes que tardaban más tiempo en llegar, y por una sensación general de desconexión que ninguno de los dos parecía saber cómo abordar directamente.
Bruno, al notar mi estado de ánimo durante nuestras cenas habituales, me preguntó directamente qué estaba pasando.
—Llevas días con cara de funeral, tío. ¿Ha pasado algo con Valentina?
Le conté, con la franqueza que solo compartía con él, toda la acumulación de frustración e inseguridad que llevaba semanas cargando, desde la rivalidad desigual con Fernando Ochoa hasta la humillación silenciosa de la cena de los Cross.
—Mira, Mateo, entiendo perfectamente por qué te sientes así. Pero cerrarte en banda y alejarte de Valentina no va a solucionar nada de esto. Ella no tiene la culpa de que su círculo social sea como es, igual que tú no tienes la culpa de no haber nacido con los contactos de Fernando Ochoa.
—Lo sé, Bruno. Pero a veces la rabia y la inseguridad no entienden de lógica ni de justicia.
—Pues intenta que no te consuman del todo. Habla con ella de verdad, no solo a medias como parece que has hecho hasta ahora. Si de verdad lo vuestro merece la pena, como llevas dos años demostrando, encontraréis la manera de superar también esto.
Las palabras de Bruno, sensatas como siempre, resonaron en mi cabeza durante los días siguientes, aunque la vulnerabilidad que suponía abrirme completamente sobre toda aquella inseguridad acumulada me resultaba, en aquel momento concreto, más difícil de afrontar de lo que había sido en cualquier crisis anterior de nuestra relación.
· · ·
Aquella noche, después de dejar a Valentina de vuelta en su casa tras la incómoda conversación en el coche, caminé durante casi una hora por las calles de mi barrio antes de volver a mi propia casa, necesitando procesar en soledad toda la marea de emociones contradictorias que llevaba acumulando desde el inicio de aquel curso tan exigente.
Pasé por delante del centro social donde todo había empezado, casi tres años atrás, y me detuve un momento frente a la fachada ya renovada, recordando con una nostalgia agridulce la versión de mí mismo que había sido entonces: más ingenuo quizás, pero también más seguro de que el mérito y el esfuerzo genuino serían suficientes para superar cualquier obstáculo que la vida decidiera interponer en mi camino.
Ahora, casi tres años después, con una beca prestigiosa en juego, con una relación que atravesaba su crisis más seria hasta la fecha, y con una acumulación de pequeñas humillaciones y desprecios sutiles que habían ido erosionando, gota a gota, mi confianza en que el mundo de Valentina algún día terminaría por aceptarme plenamente, sentía que aquella seguridad inicial se había ido resquebrajando de una manera que no había anticipado del todo.
Doña Pilar, que casualmente estaba asomada a la ventana de su piso cuando pasé por delante del edificio, me llamó para que subiera un momento, notando de inmediato mi estado de ánimo decaído.
—Cuéntame qué te pasa, hijo. Llevas la cara de alguien que carga con demasiado peso.
Le conté, con la confianza que había desarrollado con ella a lo largo de tantos años de visitas periódicas, toda la situación acumulada: la rivalidad con Fernando Ochoa, la insistencia de Guillermo Valdivia, la humillación de la cena de los Cross, y la crisis que se había desatado con Valentina como consecuencia de toda aquella acumulación de frustraciones.
—Hijo, déjame decirte algo que he aprendido en mis setenta y tantos años de vida —me dijo, sirviéndome el café de siempre—.
El mundo nunca ha sido justo con la gente como nosotros.
Nunca lo ha sido, y probablemente nunca lo será del todo.
Pero la dignidad no depende de que el mundo nos trate con justicia.
Depende de cómo nosotros mismos decidimos tratarnos, y de con quién decidimos rodearnos.
—¿Y si la persona con la que quiero estar viene de un mundo que constantemente me recuerda que no pertenezco del todo ahí?
—Entonces la pregunta no es si perteneces a su mundo, hijo.
La pregunta es si ella pertenece al tuyo, con la misma naturalidad y el mismo compromiso con el que tú intentas encajar en el suyo.
Y por lo que me has contado a lo largo de estos años, esa chica ha demostrado, una y otra vez, que está dispuesta a construir un puente genuino entre los dos mundos, no solo a pedirte que cruces tú solo hacia el suyo.
Aquellas palabras, sencillas pero profundamente sabias, se me quedaron grabadas durante los días siguientes de distanciamiento con Valentina, ayudándome a replantear, con una perspectiva más equilibrada, la verdadera naturaleza del conflicto que estábamos atravesando.
· · ·
Mi hermana Lucía, que a sus dieciséis años ya mostraba una perspicacia emocional que superaba ampliamente su edad, notó también mi estado de ánimo decaído durante aquellos días de distanciamiento con Valentina, y una noche, mientras estudiábamos juntos en la mesa de la cocina, decidió abordar el tema directamente.
—¿Sigues sin hablar con Valentina? —preguntó, sin levantar la vista de sus propios apuntes de biología.
—Han pasado ya varios días, sí.
—¿Y por qué no la llamas tú, en lugar de esperar a que ella dé el primer paso?
—No es tan sencillo, Lucía. Hay cosas que necesito procesar yo solo antes de estar preparado para hablar con ella de nuevo.
Mi hermana dejó el bolígrafo sobre la mesa, mirándome con una seriedad que contrastaba con su habitual ligereza adolescente.
—Mateo, llevo viéndote enamorado de esa chica desde hace casi tres años.
La he visto ayudarme con química cuando tú no tenías tiempo, la he visto defenderte delante de gente pija en su propia fiesta de cumpleaños, la he visto llorar de emoción cuando conseguiste la primera beca de colaboración.
No creo que el problema real sea que necesitas "procesar cosas tú solo".
Creo que tienes miedo de que, si hablas con ella de verdad sobre lo que sientes, ella confirme que efectivamente no encajas en su mundo, y prefieres quedarte con la duda antes que arriesgarte a esa confirmación.
Sus palabras, pronunciadas con una claridad que me dejó momentáneamente sin respuesta, tocaron una fibra que había estado evitando examinar conscientemente durante todo aquel período de distanciamiento: el miedo genuino, no tanto a que Valentina me rechazara explícitamente, sino a confirmar, a través de una conversación honesta, que las diferencias entre nuestros mundos eran, en el fondo, insalvables, por mucho amor genuino que sintiéramos el uno por el otro.
—Puede que tengas razón, Lucía.