Epílogo. Avery
Epílogo
Avery
Dos años después
—Os quiero aquí a medianoche, ¿entendido? —dijo River en voz baja y amenazadora.
—S-sí, señor —contestó el chaval, plantado en la entrada de nuestra casa.
—Me da igual que sea la fiesta de bienvenida o que pienses que esta va a ser tu noche, porque, como le pongas una mano encima sin que ella te lo pida expresamente, no van a encontrar tu cadáver.
El pobre palideció y yo tuve que hacer un esfuerzo para no soltar una carcajada mientras observaba a mi marido desde las escaleras.
—Sí, señor —contestó con un poco más de rotundidad esa vez.
—¿Llevas condones?
—¿C-cómo? —inquirió el chaval.
—¿Llevas? —bramó River.
—¿No, señor? —repuso el crío aterrado, mirando a todas partes como si alguien fuera a salvarlo.
—¿Porque no estás a favor del sexo seguro o porque tienes claro que esta noche no te vas a acercar a ella? —espetó River.
—Eeeh..., eeeh..., sí, estoy a favor del sexo seguro, solo que aún no he comprado ninguno —respondió el chico con vocecilla de pito.
—¿Aún? —contraatacó River.
—¡No pensaba estrenarme esta noche, señor!
—Buena respuesta. A la doce os quiero en casa o salgo a buscaros. Me crie aquí y conozco todos los rincones, y sé perfectamente dónde viven tus padres. ¿Entendido?
—Sí, señor.
El chico consiguió mantenerse erguido, algo que yo sabía que le otorgaba un poco más de respeto a ojos de River.
—Vale. Mientras quede claro, Devin...
—Queda claro, señor.
—¿Ha terminado ya de asustarlo? —me preguntó Addy, que bajaba las escaleras con un vestido de fiesta plateado, por la rodilla, que hacía parecer un ángel a mi hermanita.
—Eso creo. Igual deberías echarle un cable —propuse.
—¿Has hecho fotos suficientes?
Pensé en la treintena o así que tenía en la galería del móvil.
—Creo que sí. Ya le he mandado un par de ellas a papá y me ha dicho que estás preciosa. ¿Has encontrado el bolso?
—Sí, gracias.
Adeline me dio un abrazo.
—Te quiero. Ten cuidado. Llámame si necesitas algo, ¿vale?
—Sí —contestó.
Luego se acercó a su acompañante, dándole primero un beso en la mejilla a River.
—Estoy de vuelta a medianoche, te lo prometo.
—Ajá —masculló él—. Te creo más capaz de saltarte la hora que a él.
—Sí, sí. Te quiero —le dijo, y ambos se fueron al baile.
Me acerqué a River por la espalda mientras él los espiaba por la ventana del salón.
—Le ha abierto la puerta del copiloto —dijo con aprobación.
En cuanto salieron a la carretera, me estrechó en sus brazos.
—Esa niña me va a matar, te lo juro.
—Se te da bien esto de ser padre —le dije, saboreando el contacto con su cuerpo.
Un año de matrimonio y aún no me había cansado de aquello.
Era la luna de miel más larga de la historia.
—¿Tú crees?
—Sí, y me alegra.
—¿Ah, sí? —preguntó.
—Sí, teniendo en cuenta que te va a tocar hacerlo desde el principio dentro de siete meses —respondí, y me mordí el labio inferior mientras observaba su reacción.
Me miró sorprendido.
—¿En serio? —susurró.
—Confirmado con el médico esta mañana —respondí con los ojos de pronto empañados.
Me miró maravillado.
—Un bebé.
—Nuestro bebé.
Me besó apasionadamente, con una mano protectora sobre mi vientre.
—Flipante. Sencillamente... perfecto.
Suspiré y cedí a su beso.
Aquella era la clase de felicidad que jamás había soñado alcanzar y, sin embargo, allí estaba, en abundancia, llenando todos los recovecos de mi corazón hasta casi hacerlo estallar.
River miró un segundo por la ventana y luego de nuevo a mí.
—Ay, Dios, ¿y si es niña?
Reí.
—¿Tan malo sería?
—Os conozco bien a las Claire. Voy a necesitar otra pistola.
—Sí, bueno, a ver la guerra que da una Maldonado.
Palideció.
—Igual necesito dos.
Volvió a besarme y yo me entregué a sus brazos, me perdí en su amor y en lo que nos prometía aquella eternidad juntos.
Mudarme allí y elegir una vida con River no solo me había liberado.
Me había llevado a casa.