Donde todo es posible (Serie Legacy 2) 12. AVERY #2
92%

12. AVERY #2

Le fastidiaba que la obligase a ahorrar la mitad del dinero que le daba la familia por su cumpleaños.

—Me los gasté ayer.

Antes de que pudiera reprocharle que iba a necesitarlos para la universidad, desdobló un papel que se sacó del bolsillo trasero del pantalón y me lo dio.

Procurando que no me temblaran las manos, lo cogí.

Y me quedé a cuadros.

—¿Quieres que yo sea tu tutora legal?

Asintió.

—Aquí ya no pintamos nada, Avery. Tú me haces más de madre que él de padre. Con esto, podríamos...

—Mudarnos a Colorado sin él —susurré.

—Ser libres.

La abracé y, por primera vez en mi vida, consideré la posibilidad de abandonar a mi padre.

—¿Seguro que no te importa llevarlo a esa cita? —le pregunté a la tía Dawn.

—Claro que no, Avery. Tú vete a trabajar y haz algo cuando salgas, ve al cine...

Hacía un mes que River se había marchado y yo no me había atrevido a salir más que al trabajo, a la compra o a llevar a Adeline a clase.

Del mismo modo que la casa de River se había convertido en un armazón vacío cuando él se había marchado, yo me estaba quedando hueca por dentro ahora que él ya no estaba.

Lo espiaba en Instagram como una demente, disfrutando de las fotos que hacía de Legacy, de las vistas que tenía cuando salía a correr o desde la terraza.

«En la que me dijo que me quería».

Pero, por más que me dolieran aquellas fotos, no era nada comparado con la pena que me había partido en dos el día que se vendió su casa.

Cuando fui a coger un tentempié antes de irme al trabajo, vi un folleto en la encimera de la cocina.

—LaVerna Lodge. ¿Qué es esto?

—Es un complejo de rehabilitación —contestó mi tía—. Quería que lo habláramos luego. Tal como estamos haciendo las cosas, tu padre no va a mejorar nada, y he pensado que igual necesitaba un poco más de rutina, de mano firme.

No había vuelto a tener otro arrebato, pero tampoco había recogido el vaso que había roto. Se había andado con cuidado con lo que decía, sobre todo cuando la tía Dawn estaba por allí.

A lo mejor Addy tenía razón y yo no era lo que papá necesitaba para recuperarse.

—¿Tú crees que es esto lo que necesita?

Mi tía me cogió las manos.

—Lo creo de veras. Y puedo pagarlo yo, no te preocupes. Pero me parece que ambos deberíais iros: él al centro de rehabilitación y tú con ese hombre al que quieres tantísimo.

Se me hizo un nudo en la garganta.

—Ese barco ha zarpado.

—Pues ve tras él —me dijo con ternura—. Tienes toda la vida por delante. Deja que tu padre se ponga bueno. Ahora mismo no te merece y necesitas reconocer que no es responsabilidad tuya, por mucho que te empeñes en defender lo contrario.

«No lo cuentes nunca, Avery. No digas nada». Mirando de reojo el folleto, recordé las palabras de mi madre.

—Se va a negar. Su adicción... es algo que jamás reconocería en público.

—Ese barco sí que ha zarpado, cariño. La ambulancia y la estancia en el hospital lo delataron descaradamente. La verdad, todavía no puedo entender por qué no acudiste a mí antes.

—Yo... Él... —farfullé—. Lo hice por mamá, porque tenía miedo de que, si me iba o llamaba la atención sobre lo que ocurría, el sistema me quitara a Addy. Ella era muy pequeña y yo aún iba al instituto.

—Pero ya no. Serías una tutora legal más que adecuada... si quisieras. Me tienes aquí. No voy a irme a ninguna parte, y si quieres marcharte, puedo ocuparme yo de tu hermana. En cualquier caso, a tu padre hay que meterlo en un centro especializado.

Asentí. Tenía razón en todo.

De pronto, el miedo que me había obligado a cubrirle las espaldas todos aquellos años me abandonó.

—Igual puedo hablarlo con él. —Eché un vistazo rápido al móvil y supe que, en cuestión de media hora, tendría que irme corriendo al trabajo—. Voy a arreglarme un poco primero.

Diez minutos después, iba para el salón cuando oí que mi tía estaba hablando con Adeline, y me detuve delante de la puerta para escuchar lo que decían.

—Tienen un programa de Derecho estupendo, y el campus es una preciosidad —dijo Addy.

—Seguro que sí, cielo. Estoy muy orgullosa de ti por ser tan previsora. ¿Has mirado algún sitio de por aquí? —le preguntó la tía Dawn.

Mi padre intentó incorporarse y la tía Dawn lo ayudó, encajándole un cojín detrás de la espalda. Addy se humedeció los labios, nerviosa, y miró un segundo a nuestro padre antes de contestar.

—La verdad es que no. Creo que mi sitio está allí. Colorado me llama.

Me hizo sonreír la ilusión con que lo decía, la forma en que su mundo parecía ensancharse y dar cabida a cualquier cosa. Además, tenía la determinación necesaria para conseguirlo. Cuando Adeline se proponía algo, era cosa hecha.

—¿Y Avery? —preguntó mi padre con unos ojos tiernos que solo le había visto cuando quería algo.

Me recorrió un escalofrío.

—¿Avery qué? —dijo Adeline con cautela—. A ella le encanta Colorado.

—Sí, pero no se irá de aquí. Este es su hogar, y el tuyo también, solo que entiendo que tú quieras echar a volar. Este pueblo no es para todos, ¿no?

—No —contestó ella, mirándose las manos.

—Supongo... —Mi padre negó con la cabeza y yo me acerqué un poco más a la puerta.

—¿Qué? —preguntó ella con un hilo de voz.

—Supongo que nunca me pareciste de esas chicas que abandonan a su familia.

«Venga, no me jodas».

—No es eso lo que va a... —terció tía Dawn, pero el daño ya estaba hecho.

Vi a Addy abatida.

—No me lo había planteado así.

—Fijo que Avery sí —dijo él cogiéndole la mano—. No sé qué hará ella sin ti.

Me vinieron de pronto a la cabeza todas las veces que me había dicho a mí esas mismas palabras, y el recuerdo trajo consigo una clase de rabia intensa que no había vuelto a sentir desde la muerte de mi madre.

No era la familia lo que le importaba. De haber sido así, se habría contentado con que yo me quedara allí para cuidarlo y habría dejado que Adeline se fuera. No, lo suyo era una cuestión de control.

Y yo se lo iba a arrebatar.

Fui a la consola de la entrada y saqué con calma el papel doblado de Adeline, agarré un boli y entré en el salón, donde la tía Dawn me siguió con la mirada, intrigada.

—¿Avery?

La ignoré y fui directa a mi padre.

—Quita, Addy —le dije a mi hermana.

Ella se apartó sobresaltada. Ni la miré, me centré completamente en el hombre que me había culpado de su desgracia desde que yo tenía quince años.

—Firma —le ordené, pasándole el papel y el boli.

—¿Qué? —resopló antes de desdoblarlo—. Ni de coña voy a firmar esto.

—Por supuesto que vas a firmarlo —dije—.

Me llevo a Adeline a Colorado. Mi hermana va a tener una vida.

Va a pasar allí su adolescencia y, cuando sea mayor, será lo que le apetezca ser.

No se quedará aquí bajo tu supervisión para que la obligues a encerrarse en esta casa haciéndola sentirse culpable. Me niego. Firma el puto papel.

—¿Te has vuelto loca, niña? —me espetó—. Es mi hija. ¿Quieres marcharte? Pues vete. Nadie te lo impide. Que te vaya bien. Pero ella se queda —sentenció señalándola con el boli.

Me senté en el sillón y me incliné para que solo me oyera él.

—O firmas el papel o le cuento por qué murió nuestra madre en realidad.

—Se tensó—. Conducías colocado. Dile a quien quieras que tu adicción es fruto del accidente, pero yo soy lo bastante mayor para acordarme.

Estábamos en casa de la abuela porque mamá necesitaba desintoxicarte antes de que tus compañeros polis se dieran cuenta de en qué te habías convertido.

Lo sé porque no era ninguna cría cuando pasó, papá.

La oí hablar por teléfono. Sabía cómo iba todo eso de las drogas.

—No te atreverás —me susurró aterrado.

—Me atreveré. Por Adeline. Repróchanos todo lo que quieras que hayamos nacido, pero tú ya eras un adicto mucho antes de aquel accidente.

Y sé que la única razón por la que no fuiste a la cárcel es que estabas en el cuerpo y tu compañero creyó que perder a mamá te cambiaría. No quiso que te apartaran de nosotras.

—Avery...

—Te odiaba, pero también agradecía que siguieras vivo.

—Por favor, no...

—Solo que ya no me siento así. No me cuesta nada escribir un reportaje completo para el periódico.

Igual no me cree nadie, pero me da que sí lo harán, incluida Adeline.

Firma el documento, papá. Libérala, ponte bueno y luego vente con nosotras, y ya veremos si podemos llegar a reparar lo que tú has estado destruyendo sistemáticamente. Pero, por ahora, ¡firma el puto papel!

Con un simple giro de su muñeca, Adeline quedó libre.

Y yo también.