11. RIVER #2
Avery me acarició con el pulgar el labio inferior.
—Que te quedes no va a solucionar nada. Perderías la posibilidad de formar parte de la nueva brigada de élite de Legacy, y la perderías por mi culpa.
—Me da igual. Sin ti, todo me da igual —repliqué.
Ella me quitó las manos de la cara y entonces entendí que estaba equivocado: no me estaba agarrando a un clavo ardiendo, me aferraba desesperadamente a ella.
Se me escapaba entre los dedos como el agua, imposible de retener y aún más difícil de eliminar por completo, porque ya me había empapado el alma.
—No puedo estar contigo, River. Ni ahora ni nunca.
Yo no puedo irme y tú no puedes quedarte.
Nuestro sueño ha sido precioso, los días más felices de mi vida, pero ya es hora de despertar.
No soy una cría. No puedo ir por la vida haciendo lo que se me antoje, y no a todo el mundo le toca el cuento de hadas.
—Tú eres mi cuento de hadas —protesté—. Eres la única mujer a la que he querido, la única a la que querré, y no pienso rendirme tan fácilmente.
—¡No te estoy dando elección! —me gritó, alejándose de mí.
Aquella falta de contacto físico era como si me cortaran un brazo o una pierna. Mis nervios pedían a gritos que la recuperara.
—Dios, ¿es que no lo ves? —prosiguió—. Aún soy la chica de la rueda pinchada y las tuercas oxidadas. No voy a ceder. No voy a abandonarlo. ¡La gente decente no hace eso!
Me pasé las manos por la cara, desesperado.
—¿Y qué se supone que me toca a mí?, ¿dejarte porque eres una persona decente?, ¿porque te has ofrecido a hacer lo que no ha querido hacer nadie más? ¿Esperas que me vaya y traicione mis principios?
Avery negó con la cabeza y le rodaron por las mejillas dos lágrimas cristalinas.
—No, lo que espero es que hagas por tu familia lo que debes hacer. Vete a Colorado. Conviértete en quien estabas destinado a ser. Vive en esa casa y sé feliz, River. ¡Sé feliz!
—¡No puedo ser feliz sin ti! ¿En serio piensas eso de mí?
, ¿que puedo mudarme, empezar de cero y olvidarme de que existes?
Te llevo en cada respiración, en cada pensamiento.
No pienso dejarte aquí para que cargues tú sola con esto, para que críes a Addy, cuides de tu padre, te mates a trabajar. No soy así.
—No depende de ti —respondió, limpiándose furiosa las lágrimas—.
Tanto si te vas como si no, hemos terminado.
No pienso quedarme sentada esperando a que me lo reproches, viéndote besar esa foto cada vez que vuelves de un incendio.
Eso me mataría mucho más que saber que eres feliz en otra parte, con otra persona.
Una rabia pura e intensa me ahogaba, y tuve que tragar saliva un par de veces para controlarme.
—Si piensas que puedo reemplazarte tan fácilmente es que no me conoces.
—Solo hemos tenido unos días —dijo en un susurro.
—Hemos tenido siete putos años.
—Y ya está. Hemos terminado.
—Avery...
—¿Cómo piensas arreglar esto, River? ¿Has pensado en qué pasaría si te quedaras aquí y Bishop muriera en un incendio?
No lo superarías nunca. El remordimiento acabaría contigo.
¿Y si me fuera contigo y mi padre muriera porque yo no estaba aquí, cuidándolo?
Soy su hija. Sangre de su sangre. Se lo debo a mi madre.
Se lo prometí, y por mucho que... —Se me paró el corazón al verla inspirar hondo y cerrar los ojos un instante—.
Por mucho que me importes, terminaría odiándote por haberme hecho abandonar a mi familia para estar contigo.
«Odiándote».
La palabra fue como una puñalada en el pecho, e igual que con una herida física, me sangró el corazón en aquel suelo de madera maciza.
—Estás rompiendo conmigo de verdad...
—No tengo alternativa.
Negué con la cabeza.
—No es verdad, tienes muchas, solo que te niegas a aceptarlas. No he dicho que sean fáciles, pero las tienes. Yo, en cambio, me quedo aquí plantado dejando que me hagas pedazos porque no te apetece jugártela, ¡joder!
—¡No hay nada que jugarse! La situación es la que es.
—No sabes qué puede pasar durante el invierno.
No tienes ni idea. Te estás dejando mangonear por él, como siempre.
Como amigo, he soportado que pusieras a todo el mundo por delante de ti una y otra vez, pero, como el hombre que te quiere, abiertamente y en voz bien alta, no soporto ver lo que te estás haciendo.
—Pues no mires. Vete a Colorado.
—Me alucina que pienses que puedes decidir eso por mí.
—Eres como un idiota al volante que acelera hacia un precipicio sabiendo lo que va a pasar, pero que se niega a dar un volantazo o a frenar.
—Y a ti te da tanto miedo el precipicio que no eres capaz de buscar otra salida —repliqué.
—¿Sabes lo que pasa si saltas al vacío? Que la palmas, te haces papilla.
—O igual sales volando. Joder, Avery, ¿por qué me lo pones tan difícil? ¿Por qué no me dejas quererte y ya está?
Puso la misma cara que si le hubiera dado un bofetón, con los ojos muy abiertos y llenos de lágrimas, mientras nos mirábamos con un solo ruido de fondo: el del palpitar de mi corazón, el de mis latidos retumbándome en los oídos.
—Yo no quería que esto terminara así —susurró.
—Sí, bueno, yo no quería que terminara.
—Lo siento mucho —dijo con un hilo de voz.
—Ya somos dos.
Avery asintió con la cabeza, se dirigió a la puerta y se detuvo un momento antes de abrirla.
—Adiós, River.
Resistí todos y cada uno de los impulsos que me pedían que fuera tras ella y la besara hasta que recobrase la cordura, que la obligara a entender que podíamos conseguirlo, porque, por imperfectas que fueran las circunstancias, nosotros éramos perfectos el uno para el otro.
Pero estaba harto de obligarla a ver las opciones.
La decisión era suya.
Se me tensaron todos los músculos del cuerpo mientras pronunciaba las palabras que ella quería oír.
—Adiós, Avery.
El ruido de la puerta al cerrarse resonó por todos los poros de mi ser. Solo entonces dije lo que necesitaba decir.
—Te quiero.
El futuro que había planeado, soñado, anhelado se desintegró delante de mí.
Mi corazón se hizo añicos como el cristal del vaso que estampé contra la pared, por la que chorreó el agua hasta estropear la pintura.