10. AVERY
AVERY
—¿Y ese quién es? —le pregunté a Harper mientras inspeccionábamos al grupo que llenaba la casa club.
La unidad de bomberos forestales de Legacy había cubierto el cupo exigido y la asamblea había aprobado a regañadientes la dotación, después de que apareciera Spencer, el único superviviente de la brigada de élite original, y accediera a liderar el equipo.
—Ese es Ryker, mi hermano —contestó Harper.
—Vale —dije, procurando acordarme de todos los nombres—. Y el que está al lado de River es Bash.
—Sí, Sebastian Vargas, pero desde que era pequeño todo el mundo lo llama Bash. Y la de pelo castaño que está a su lado es Emerson, mi mejor amiga.
—Demasiados nombres —mascullé.
Harper rio y le dio un sorbo a su cerveza.
—Tranquila, ya te los aprenderás. Somos como una familia gigantesca. Pasamos mucho tiempo juntos, ya lo verás.
«Si es que me quedo aquí».
Cuanto más tiempo llevaba en Legacy, más me apetecía..., más lo necesitaba, en realidad.
Me encantaba aquel pueblo: la gente, los bomberos... y River. Lo único que tenía que hacer era convencer a mi padre de que viniera, de que a lo mejor el cambio le sentaba bien.
Había sido un detallazo que River se ofreciera a alojar a mi padre con nosotros, pero igual llegaba un momento en que él podía valerse por sí mismo... y yo podría tener vida propia.
Addy me decía en sus mensajes que estaba todo bajo control, así que a lo mejor era posible.
Sí. Iba a conseguirlo... quizá.
—¿Qué pasa, Avery? —me preguntó Bishop, acercándose.
—¿Podemos dar un paseo? —le pedí, porque necesitaba un confidente que no fuera River.
Arrugó la frente, extrañado.
—Claro.
Me ayudó a levantarme y salimos por la puerta lateral de la casa club.
Tomé una bocanada de aire y agradecí la quietud del exterior. Me ardían los pulmones, pero me iba acostumbrando a la altitud, más o menos.
—¿Qué vas a hacer? —me preguntó; Bishop no era muy de andarse por las ramas.
—No lo sé —contesté.
—¿Qué quieres hacer? No me refiero a lo que quiere River ni a lo que quiere tu padre... ¿Qué quieres tú?
Pensé en los dos últimos días, en la paz, la libertad, la felicidad absoluta que me producía la posibilidad de empezar de cero con River.
—Quiero estar aquí.
—Pues ya tienes la respuesta.
Resoplé.
—Lo que quiero y lo que puedo hacer casi nunca coinciden.
—Avery, si estás dispuesta a dejarlo todo, a irte de Alaska y empezar de cero, ya has salvado el mayor de los obstáculos. Bueno, eso y jugarte la vida con las comidas de River.
Esbocé una sonrisa.
—Sí, eso también. ¿Tú crees que podré convencer a mi padre de que venga? Adeline está más que dispuesta, pero no puedo tomar la decisión yo sola. No puedo abandonarlos, como tampoco tú podrías abandonar a River.
Arrugó el gesto.
—A ver, River ya es mayorcito. Si no hubiera querido venir, se habría quedado en Alaska.
Sus decisiones las toma él. Me alegro de que esté aquí conmigo, por supuesto; si va a seguir siendo bombero, prefiero que esté en mi unidad, pero no pienses ni por un segundo que yo no habría venido sin él.
Merece tener una vida propia, igual que tú.
—¿Y si me mudo aquí y lo nuestro no sale bien? —le pregunté, verbalizando el mayor de mis temores—. ¿Y si lo dejo todo para venir aquí, terminamos fatal y lo pierdo de todas formas?
Me agarró de los hombros y se inclinó para mirarme a los ojos.
—Ese es un riesgo que vas a tener que asumir.
En esta vida no hay nada garantizado, y en el amor menos aún.
Solo puedo decirte que te quiere desde que te conoció.
Daría y haría cualquier cosa por que esto funcionase.
Un amor de esa clase, de los que nacen de una amistad tan profunda como la vuestra, no es fácil de encontrar.
Hay que pelearlo. Te digo lo mismo que le he dicho a él: lo vuestro merece la pena.
—Gracias —contesté en voz baja.
—No me des las gracias. Aún te queda mucho por hacer. Ojalá pudiera estar ahí para echarte una mano.
—¿No vas a volver a Alaska? —Me dio un vuelco el corazón.
—¿Para qué? Hice las maletas y recogí todas mis cosas antes de marcharme. River se encargará de mandar el camión con lo mío y lo suyo. Bash me necesita en Legacy. Hay que reubicarse, y allí ya no me retiene nada.
—Supongo que, cuando dijisteis que teníais hasta la primavera, pensé que...
No terminé la frase, porque los dos sabíamos cómo acababa.
Cuando Bash había conseguido que se aprobara la activación de la brigada para primavera, yo había entendido que se ampliaba el plazo, que disponíamos de unos meses más para arreglarlo todo, para convencer a mi padre. Que había tiempo para coordinarnos.
—Igual River sí lo aprovecha —repuso él—. Es lo que te decía: cada uno toma sus decisiones. Si él prefiere pasar el invierno en Alaska, cuenta con mi apoyo. No tiene por qué volver hasta abril.
—Es que yo necesito tiempo.
—Ya, él también, solo que igual ahora mismo no nos sobra, precisamente...
Se abrió la puerta que teníamos a la espalda y salió River.
—Eh, ¿me estás levantando a la chica o qué?
Bishop me apretó los hombros por última vez.
—No, toda tuya. —Se acercó a la puerta, pero se giró antes de entrar—. Recuerda lo que te he dicho, Avery: sus comidas van a acabar contigo.
Luego sonrió a su hermano, entró y nos dejó a solas.
—Capullo —dijo River por lo bajo.
—¿Vas a aprovechar el plazo extra? —le pregunté—. ¿Piensas quedarte en Alaska hasta primavera o te mudas ya mismo?
Él me miró extrañado.
—O sea, que estabais hablando de eso...
—Contesta, por favor, porque estoy empezando a agobiarme.
Vino hacia mí y me abrazó, estrechándome contra su cuerpo. Apoyé la cabeza en su pecho y dejé que me envolvieran su aroma y los latidos de su corazón, que tan bien conocía ya.
—Lo que a ti te venga mejor —me contestó, con la barbilla apoyada en mi cabeza—. Si quieres que nos mudemos ya, cogemos a Addy y a tu padre y nos venimos. Si prefieres esperar a la primavera, tendré que ir y venir unas cuantas veces, pero podemos hacerlo.
—¿Esperarías a que yo lo organizara todo?
—Si me aseguras que te vendrás aquí, a construir una vida conmigo, te espero lo que haga falta —repuso estrujándome.
Inspiré con dificultad, consciente de que lo que estaba a punto de decir iba a cambiarlo todo. Luego miré aquellos ojos oscuros, iluminados por la luz intensa de la luna.
—Quiero mudarme. Quiero vivir aquí contigo. A ver, no aquí, justo aquí, sino en nuestra casa de aquí. Quiero que esto, lo nuestro, funcione. Voy a dar el paso.
Decir aquellas palabras me liberó como nada me había liberado antes.
Todas las posibilidades de mi futuro estaban clarísimas y sus colores eran tan intensos que casi podía saborearlos.
Después, lo único que pude saborear fue a River mientras me besaba.
Esa era la vida que quería: los besos de River, sus abrazos, su amor..., todo.
El beso fue apasionado, exigente, y de pronto me vi con la espalda pegada al edificio, atrapada entre la pared y él.
Daba igual las veces que lo hubiera besado en la última semana, porque cada beso me parecía nuevo y, al mismo tiempo, era como volver a casa.
—Esto es para ti —dijo rozándome la oreja con los labios a la vez que me ponía algo frío y metálico en la mano.
—¿Una llave? —pregunté, examinándola a la escasa luz de la luna.
Con aquella sonrisa podría haber iluminado el mundo.
—Acabo de firmar el contrato de la casa. Esta llave es para ti. Sin presiones. No es más que una llave.
Era bastante más que una llave.
—Me encanta —dije, apretando tanto el puño que me la clavé un poco en la palma.
—A mí me encantas tú —contestó él.
Sentí que iba a estallarme el corazón.
Fue como si, al decir lo que quería, por fin hubiera roto las cadenas con las que me había atado a mí misma.
—River —susurré, apartándolo para mirarlo a los ojos—. Te... —Me sonó el móvil con el tono de Addy. Ella no llamaba nunca, era más de mensajes, así que debía de ser urgente—. Uf... —suspiré, y saqué el móvil del bolsillo—. Un segundo. —Contesté la llamada—. ¿Addy? ¿Qué ocurre?
—¿Avery? —sollozó mi hermana.
Me dio un vuelco el corazón y mi mundo se redujo a la vocecilla del otro lado.
—¿Qué ha pasado? —pregunté.
—Es papá. Se... —Oí otro sollozo y me obligué a respirar—. La tía Dawn no le escondió las pastillas y las ha encontrado.
—Ay, Dios. —Me habría desplomado si River no llega a cogerme y enderezarme—. Addy, ¿está...?
—Lo han ingresado por sobredosis. Lo tienen intubado y no saben... —Empezó a hipar—. ¿Puedes venir?
Miré a River a los ojos y, cuando lo vi asentir con la cabeza, supe que había oído lo que me había dicho mi hermana.
Se me volvió el mundo del revés: la realidad de la que había estado tan segura hacía unos minutos se esfumó y una nueva ocupó su lugar.
—Voy para allá.