Donde termina la Tierra CAPÍTULO 7 #2
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CAPÍTULO 7 #2

—Te lo juro por Dios que estoy arrepentido, Regi. Te juro que si tú vuelves a la casa... si me das una oportunidad, renuncio a mi trabajo mañana mismo. Nos vamos de la ciudad. Empezamos de cero. Hago lo que tú me pidas, me arrastro si quieres. Pero no me dejes. Te amo. Eres mi vida entera.

David intervino suavemente, apoyando un brazo sobre el respaldo del sofá, peligrosamente cerca de los hombros de Regina.

—Es una oferta tentadora, ¿verdad, Regina?

—dijo David, con una calma que me ponía los pelos de punta—.

Lástima que el mercado laboral no perdona, y las deudas tampoco.

Marco, el amor es una cosa, pero la estabilidad es otra.

De hecho he estado hablando con Regina. He visto su potencial real.

En ese despacho contable donde trabaja, la tienen hundida.

Leonela y ese grupito de envidiosas la tienen bloqueada, no la dejan crecer.

Ella es brillante, tiene una capacidad analítica que desperdicia allí sentada, perdiendo el tiempo con gente que no sabe ni usar un Excel.

Me quedé boquiabierto, mirando a David.

—¿De qué hablas? —exclamé, sintiendo que el sudor frío me bajaba por la nuca—. ¿A qué viene esto?

—Le he ofrecido un puesto en mi corporativo —continuó David, ignorándome y mirando fijamente a Regina—.

Un puesto de dirección financiera. Sueldo triple, coche, oficina propia, y un equipo de gente que de verdad entienda su valía.

No más "gordis" ni burlas de oficina. Solo resultados y reconocimiento.

Regina se quedó en silencio, procesando la oferta. Vi cómo sus ojos se desviaban hacia David, buscando en él una validación que yo jamás le supe dar. Y lo que más me dolía, era saber que Regina ya había tenido la confianza para contarle a mi jefe lo de Leonela y sus víboras amigas.

—¿Por qué me ofreces esto, David? —preguntó ella, con una voz que empezaba a flaquear en su frialdad—. ¿Qué quieres a cambio?

David se acercó más a ella, bajando el tono de voz hasta convertirse en un susurro grave, íntimo.

—Quiero que brilles, Regina. Nada más. Quiero ver hasta dónde puedes llegar cuando nadie te pone el pie encima. Aquí, en este reservado, no te estoy ofreciendo un trabajo. Te estoy ofreciendo una vida que tú sí te mereces. ¿Crees que un simple sueldo de administrativo es todo a lo que aspiras?

—¡No estoy de acuerdo, Regina! —intervine yo, desesperado, sintiendo que el terreno se desmoronaba bajo mis pies—. ¡David solo te quiere cerca para tener el control total! ¡Va a usar tu talento para sus propios negocios y luego te va a desechar! ¡No puedes aceptar eso!

Regina me miró. Esta vez, su mirada no era de odio, era de una lástima infinita. Una lástima que me dolía más que cualquier insulto.

—¿Trampa? —preguntó ella con frialdad—. Marco, tú no tienes ni idea de lo que es una trampa. Una trampa es lo que tú hiciste conmigo. David me está ofreciendo una puerta abierta. Si él quiere mi talento, yo lo voy a dar. Y si eso implica trabajar con él, lo haré mejor que nadie.

—¿No te das cuenta? —supliqué, con la voz rota—. ¡David no te quiere por tu talento, te quiere porque es un sádico que necesita tener el control total sobre nosotros! ¡Está jugando con nosotros como si fuéramos piezas de ajedrez! ¿Te dijo David que él fue el de la idea de la apuesta?

—¡Basta, Marco! —Regina golpeó la mesa con la palma de la mano, haciendo que las copas de vino vibraran—. David me ha dicho todo… sí, es un cabrón por haberte hecho tal propuesta, ¿pero no te parece que la peor parte te la llevas tú, que aun si eres mi marido, te convertiste en mi proxeneta?

—¡Regina, no me cambies el tema!

—El tema lo estás cambiando tú, me crees estúpida para no poder elegir lo que me conviene.

David ni siquiera me está obligando a nada.

Él está reconociendo mi valor profesional.

Tú, en cambio, solo me has visto como una herramienta para pagar tus hipotecas y alimentar tus desviaciones mentales.

Si David me ofrece un futuro, ¿quién eres tú para negármelo?

—Yo soy tu marido...

—¿Y te acordaste de eso cuando me apostaste como se apuesta una zorra, Marco? No, ¿verdad que no? Se te olvidó que eras mi marido cuando me traicionaste de la forma en que lo hiciste.

Se hizo un silencio espeso. David le acarició suavemente el hombro a Regina. Su mano, grande y firme, parecía una marca de propiedad sobre la seda verde de su vestido.

—¡Regina, ¿es que ni siquiera me escuchas?

—¡No quiero escucharte, cabrón, me tienes harta!

David levantó una mano con calma, interviniendo. Su voz era suave, casi protectora.

—No seas tan cortante, preciosa —le dijo a Regina, acariciándole suavemente el hombro con los dedos—. Dale chance de hablar. El pobre está destrozado.

Regina lo miró de reojo, tranquilizándose, pero no se apartó de su toque.

—Y tú, Marco, si vas a decirle algo, hazlo, pero que no sea tan repetitivo, supongo que por eso dice sentirse harta.

David continuó, dirigiéndose a mí con esa falsa benevolencia que me humillaba más que cualquier insulto.

—Es que es lo único que mi “marido” sabe decir —dijo Regina.

—Te digo que te tranquilices, mami, sólo escúchalo. Marco cometió un error gravísimo, eso es cierto. Pero también es cierto que te ama. Está aquí, humillado, pidiendo otra oportunidad. Eso vale algo, ¿no?

Sentí que me clavaban un puñal en el estómago. El hombre que se había cogido a mi esposa anoche, el que la había hecho gemir y correrse, ahora estaba “abogando” por mí. La humillación era absoluta.

Regina suspiró, cruzando los brazos.

—No sé si quiero seguir escucharlo, David —dijo con voz helada, sin mirarme—. Cada vez que lo veo o habla solo recuerdo que me vendió. Que mientras yo estaba en tu cama, él estaba cobrando el dinero de la apuesta.

David le apretó suavemente el hombro, consolándola.

—Shhh, tranquila, preciosa. Yo sé que duele. Pero míralo. Está hecho mierda. Solo escúchalo un momento. Por mí.

¿Por él? ¿David estaba diciendo que hablara conmigo “por él”? ¡Qué mierda!

Regina lo miró un segundo. Hubo algo en esa mirada… una complicidad, una confianza que me retorció las tripas. Finalmente, sin mirarme todavía, habló con voz cortante:

—Es que no sé qué más podría decirme, David, que me haga cambiar de opinión. Marco hizo lo que hizo, y tal.

—¡¿Ves, David?! —dije yo, sintiéndome minimizado, humillándome incluso ante él, como si estuviera quejándome ante el amante, por la actitud de mi esposa hacia conmigo—. ¡Ella no entiende de razones! ¿Cómo le hago, entonces?

—Mira, Marco, creo que debemos hablar como hombres —dijo David, mirándome a los ojos con una calma inquietante—.

Regina y yo hemos llegado a un punto de inflexión.

Tal vez lo que ella quiere decirte es que necesita espacio.

Necesita entender qué es lo que quiere de su vida, lejos de todo… y del ambiente tóxico de tu hogar.

—¿Ahora mi ahogar es tóxico? No inventes. ¿A dónde vas con esto, David? —pregunté, sintiendo un pánico irracional.

—Lo que digo es que esta noche no puede terminar aquí. La reconciliación es un proceso, Marco, no una cena con pasta barata. Necesitamos hablar con calma. Vamos a mi casa. Vamos al penthouse. Ahí tendremos la tranquilidad necesaria para que Regina tome una decisión definitiva.

Me quedé helado. Mi mente enferma empezó a proyectar escenas horribles. El penthouse. David, Regina, la reconciliación y yo, el cornudo esperando afuera mientras me confirmaban que mi mujer ya no era mía.

—¿Quieres que yo también vaya? —pregunté, con un hilo de voz.

David sonrió, una sonrisa triunfal que ni siquiera se molestó en ocultar.

—Por supuesto. Si de verdad quieres arreglar tu matrimonio, debes ser testigo del proceso. Debes ver cómo Regina elige su propio camino. Ven con nosotros. Vamos a aclarar las cosas. Sin presiones, sin gritos.

—No... no creo que sea buena idea —dijo Regina, mirando hacia la ventana, con una frialdad que me desconcertó—. Marco ya me causó suficiente estrés hoy.

—Insisto, Regina —dijo David, con un tono paternal que no admitía réplica—.

Marco necesita estar presente. Necesita ver que esto no es una "mala fe", como él piensa.

Que vea que soy un hombre de palabra y que solo busco que tú estés bien.

Y es la verdad. Yo no busco que su matrimonio se rompa, por eso quiero ayudar.

Regina me miró. Dudó un segundo. Vi cómo sus ojos grises, antes tan duros, se nublaban por una chispa de sumisión ante la autoridad de David.

—Está bien —susurró ella, bajando la mirada hacia sus manos—. Vamos.

Me puse de pie con las piernas de trapo.

No tenía opción. Estaba atrapado en el juego de David, siendo el títere que él movía a su antojo.

Regina se levantó, su vestido verde esmeralda resbalando por su cuerpo, ajustándose a la perfección.

La gargantilla negra en su cuello brilló bajo las luces azules del bar.

Era una hembra deslumbrante. Una hembra que ya no me pertenecía.

David pagó la cuenta, de lo que ni siquiera nos comimos.

Y luego caminamos hacia la salida. David iba al lado de Regina, guiándola por la cintura. Yo caminaba un par de pasos detrás, sintiéndome como un espectador patético de mi propio entierro marital.

Salimos del bar hacia el estacionamiento. David se dirigió hacia su Audi deportivo plateado, una máquina agresiva que brillaba bajo las farolas. Abrió la puerta del copiloto para Regina. Ella entró con una elegancia natural, sentándose en el asiento de piel.

David se giró hacia mí, con una expresión seria, casi profesional.

—Sígueme en tu carro, Marco. Ya te sabes el camino. Vamos directo al edificio.

Asentí, nervioso, sintiéndome un perfecto pusilánime. Mi esposa en el carro caro de su amante, y yo en el mío, solo. Me subí a mi modesto sedán y arranqué el motor.

Seguí al Audi plateado por la avenida principal.

Mis manos sudaban a mares sobre el volante.

Mantuve una distancia prudente. Mi cerebro era una lavadora triturando cristales.

¿Qué carajos iba a pasar en ese penthouse?

¿Realmente iban a intentar una "reconciliación"?

¿O era simplemente el último capítulo de mi humillación pública?