CAPÍTULO 6 #4
Le levanté una pierna y la penetré profundamente mientras le besaba el cuello y le acariciaba el clítoris con los dedos.
¡Ni te imaginas, Marco! Tu mujer se corrió en mis dedos tres veces seguidas esa vez.
Me rogó que no se la sacara. Me dijo que quería sentirme adentro cuando se viniera.
Y cuando se corrió la última vez… convulsionó tan fuerte que creí que le iba a dar un infarto…
luego, cuando se tranquilizó, me besó el hombro y me dijo que hacía mucho que no se sentía así de mujer.
Me quedé en silencio, llorando en silencio.
David se inclinó hacia adelante.
—¿Sabes qué fue lo más bonito, Marco? Después de todo eso, se quedó dormida en mis brazos. Con la cabeza en mi pecho. Desnuda. Satisfecha. Sonriendo un poco. Y esta mañana, antes de irse, me dio un beso en la boca y me agradeció por haberla hecho sentir deseada otra vez.
—¡Cabrón, eres un puto cabrón, David! —sollocé.
—Qué malas formas las tuyas, Marquito, porque mientras tú me ofendes, como un puto malcriado, yo no puedo sino felicitarte, —remató David, con un tono de sincera admiración que me partió la madre definitiva—.
Tienes una mujer increíble. Después de la tercera vez, pensé que se iba a quedar dormida hasta el mediodía por puro agotamiento.
Pero me sorprendió. Qué responsable es tu mujer.
Tan pronto amaneció, se metió a bañar, se arregló preciosa y me pidió que le pidiera el Uber porque no quería llegar tarde a trabajar.
Se fue con una sonrisa que iluminaba todo el puto penthouse.
No supe qué decir. Estaba completamente destrozado. Mi corazón era cenizas, barridas por la superioridad romántica y sexual de mi jefe.
Pero al mismo tiempo, el calor en mi entrepierna era innegable, palpitando contra el cierre de mi pantalón con una fuerza brutal.
Saber que ella había hecho el amor, que había alcanzado ese nivel de intimidad, confianza y satisfacción plena con otro hombre en la bañera, me excitaba de una forma asquerosa, enfermiza y ruin.
Me quedé mirándolo, temblando, con la cara empapada en lágrimas y la verga latiéndome dolorosamente dentro del pantalón.
—Eres un hijo de puta enfermo —le solté con la voz rota—. Estás disfrutando esto. Estás disfrutando destruir mi matrimonio. Te encanta verme así, ¿verdad? Te excita verme humillado.
David levantó una ceja, fingiendo sorpresa.
—¿Disfrutar destruyendo tu matrimonio? —respondió con tono indignado—. No me hagas reír, Marco. Yo no estoy destruyendo nada. Tu matrimonio ya estaba hecho mierda mucho antes de que yo apareciera. Yo solo estoy recogiendo los pedazos que tú tiraste a la basura.
—¡Mentira! —grité en voz baja, apretando los puños—. Tú sabías perfectamente lo que hacías. Cada mensaje, cada foto, cada vez que te la cogiste… todo fue para rompernos. Admítelo.
David se inclinó hacia adelante, mirándome con seriedad.
—Te equivocas. Yo nunca forcé nada. Tu esposa es una mujer adulta. Ella decidió venir a mi casa anoche. Ella decidió quedarse. Ella decidió abrirse de piernas y pedirme que le hiciera el amor. Yo solo le di lo que tú no pudiste darle en años.
Sentí que me clavaban un cuchillo en el estómago.
—Entonces pruébamelo —le exigí, desesperado—. Pruébame que no quieres destruir mi matrimonio.
David soltó una risa corta, incrédulo.
—¿Y cómo quieres que te lo pruebe, Marquito?
—Convéncela de que hable conmigo —respondí rápidamente, casi suplicando—. Dile que necesito hablar con ella. Que estoy arrepentido. Que podemos arreglar las cosas. Y no solo dile… aboga por mí. Dile que soy un idiota, pero que la amo de verdad. Que me dé una oportunidad.
David se quedó mirándome en silencio varios segundos, evaluándome.
—¿Quieres que yo, el hombre que se la folló anoche, le diga a tu esposa que te dé otra oportunidad? —preguntó con tono burlón.
—Sí —respondí sin dudar, humillándome por completo—. Hazlo. Convéncela. Dile que hable conmigo. Por favor, David. Te lo estoy pidiendo de rodillas.
David se recargó en su sillón, cruzando los brazos.
—Interesante… muy interesante. ¿Y qué gano yo con eso?
—Nada —respondí con la voz temblorosa—. Solo… solo quiero recuperar a mi esposa. Por favor. Sé que puedes convencerla. Ella te escucha.
David sonrió lentamente, disfrutando cada segundo de mi degradación.
—Está bien, Marco. Voy a hablar con ella. Pero no te prometo nada. Si ella quiere hablar contigo, lo hará. Si no… bueno, eso ya no dependerá de mí.
—Está bien… pero solo hazlo, inténtalo.
—Ya te dije que sí —contestó David.
Me levanté de la silla tropezando, sin decir una sola palabra más. Salí de su oficina arrastrando mi dignidad rota, con una erección dolorosa marcándome el pantalón y el alma hecha pedazos, sabiendo que el perdón del amor de mi esposa quizá ahora dependía de mi jefe.
Toda la tarde me la pasé en calidad de bulto en mi silla. En mi cubículo. Ni siquiera fui a comer. La verdad confieso que no tenía una sola esperanza de que David cumpliera su palabra, por eso, cuando recibí ese mensaje, casi antes de terminar mi jornada laboral, sentí que mi corazón iba a reventar.
David (5:42 pm): La convencí. Acepta hablar contigo. Pero quiere que yo esté presente. Hoy a las 9:00pm en el Bar de Altamira.