Donde termina la Tierra CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

—¿Cómo que cómo? Pues así. Me agarró por el cabello, fuerte, tirándome la cabeza hacia atrás —relató ella, e inconscientemente vi que estaba lamiéndose los labios rojizos—.

Me la fue metiendo poco a poco a la boca.

Yo me ahogaba. Tenía arcadas. Mis ojos lloraban.

Pero él no me dejaba parar. Y pues me la metió toda.

Me bombeaba la garganta. Me decía: "Trágatela toda, perra. Limpia mi verga con tu boca".

Y yo... yo lo obedecía. Me gustaba obedecerlo.

Sentir esa carne caliente llenándome la boca me hizo sentir la mujer más sucia del mundo...

y de alguna manera, pues… eso me gustó, quiero decir, en ese momento me gustó, no quiero decir que me guste ahora.

—¡Mierda, Regina, es que no me lo creo.

—Yo tampoco, si te soy sincera —suspiró nerviosa.

—¿Y... y qué pasó después? —indagué, acercándome un poco más sobre el colchón—. ¿Te dolió cuando te la metió por primera vez… en la vagina?

Las facciones de Regina se tensaron. Revivir el momento le provocaba una evidente incomodidad, mezclada con una vergüenza que a duras penas lograba ocultar en la oscuridad del cuarto.

—No preguntes tonterías, Marco.

—No es una tontería, Regina. ¿Te dolió?

—Pues obvio, me dolió muchísimo —confesó ella, bajando el tono de voz a un murmullo doloroso—. Sabes que no estoy acostumbrada a… eso tan grande.

Su respuesta de alguna manera me hizo sentir un pusilánime. Implícitamente me recordó que el tamaño de mi pene no era ni la mitad que la de su amante.

—Además me tenía amarrada a la cabecera.

Yo le rogaba que me la metiera despacio, le pedía que tuviera cuidado porque sentía que me iba a lastimar, pero a él le valió madres.

Agarró vuelo y se me dejó ir con toda su fuerza.

Sentí que me rompía por dentro. Lloré, Marco.

Lloré del dolor y de la humillación en ese primer empujón.

Esa confesión me dejó paralizado. Mi corazón estaba latiendo muy fuerte.

—Pero cediste... —murmuré, sintiendo un nudo en la garganta—. Dijiste que te envolvió con su fuerza. Dime la verdad, Regi. Te gustó, ¿verdad?

Ella levantó el rostro de golpe. Su ceño se frunció, recuperando esa actitud a la defensiva.

—¿El qué?

—Pues eso. Te gustó David, y sobre todo, te gustó que te la metiera.

—A ver, a ver, Marco. También me gustan las pizzas.

Disfruto comerlas, y eso no significa nada —respondió ella, soltando una ironía fría, cortante—.

Quiero decir que eso de si me gusta cómo me la metió, o si me gusta físicamente David, pues no entiendo lo que quieres que te responda. Es un cerdo igual a ti.

—¿Un cerdo? No creo que te importara tanto, si te la pasaste cogiendo con él todos estos días.

—Tampoco es tan así, Marco, no inventes.

—¿Entonces cómo es?

—¡Me usó! —replicó ella, alzando la voz a un siseo violento—. Me trató como a un pedazo de carne. Me dio nalgadas, me jaló del pelo, me insultó al oído mientras me penetraba. Me decía de cosas... guarras. Hizo conmigo exactamente lo que le dio la gana. Me hizo sentir como una puta barata.

—Pero te gustó —le rebatí, sintiendo que la sangre me hervía en las venas—. De lo contrario… te habrías regresado a casa luego luego.

—¡No se trata de si me gustó o no, Marco, sino de darte un escarmiento!

—Ah, ya entiendo —me burlé, atrapándola en su propia excusa—. Mi esposa, que apenas se enteró ayer en la tarde de los mensajes por culpa de David, tuvo que padecer el sufrimiento de ser fornicada días antes para darme un escarmiento retroactivo. No pues cuánto sufriste, ¿eh?

—Si vas a empezar de castroso, Marco, mejor aquí la dejamos, y nos vamos a dormir, que yo me estoy durmiendo del sueño que traigo.

—Me imagino —insistí, dándole otro chicotazo—. Si se la pasaron cogiendo como conejos, pues haz de estar bien desvelada, ¿verdad, mi amor?

—Vete a la mierda, Marco —contestó enfadada, iba a voltearse, para dormirse, cuando mi siguiente pregunta la sorprendió.

—¿Te sacó muchos orgasmos?

El silencio cayó sobre la habitación. Solo se escuchaba nuestra respiración pesada. Regina me miró con una intensidad que me hizo tragar saliva. La vergüenza y el morbo bailaban en sus pupilas grises.

—Eso es cosa que a ti no te importa.

—¿Por qué no me importa, según tú?

—¡Porque no te importa, Marco!

—¡Quiero saberlo! ¿Te hizo tener orgasmos?

Regina torció un gesto. Estaba enfadada. Y yo sólo podía ver sus hermosas tetas, balanceándose a medida que ella respiraba.

—Sólo contéstame con la verdad, Regina, no pasa nada, ¿te hizo tener orgasmos?

—Pues sí, Marco, obvio que me hizo venir, ¿contento?

Sentí un hormigueo muy intenso en mi entrepierna.

—¿Cuántos? —le eché sal a la herida.

—¿Cuántos qué?

—¡Cuántos orgasmos te provocó!

Regina volvió a torcer el gesto, como si mi pregunta fuera demasiado estúpida.

—¡Sólo dime cuantos, Regina!

—Pues perdí la cuenta —dijo ella finalmente, en un susurro apenas audible, pero letal—.

Me hizo venirme muchas veces. Su ritmo era bestial, Marco.

Yo lloraba, le pedía que parara porque me dolía muchísimo la fricción, pero mi cuerpo reaccionaba solo.

Me mojé mucho. Demasiado. Acabé empapando sus sábanas. ¿Ya, contento?

"Me mojé mucho".

La frase hizo eco en mi cabeza como un eco interminable. Mi respiración se volvió un jadeo errático. La erección dentro de mi pijama de algodón ya era dolorosa. El bulto tensaba la tela, apuntando hacia ella de forma innegable.

Regina notó mi movimiento. Sus ojos bajaron desde mi rostro hasta mi entrepierna.

La expresión de mi esposa cambió drásticamente. El rastro de vulnerabilidad desapareció, barrido por una oleada de repulsión total, mezclada con una especie de superioridad oscura y castrante.

—Eres un puto enfermo —soltó ella, con una voz cargada de asco—. Se te paró escuchando cómo otro hombre me la metía. ¡No puedo creer que seas tan cerdo!

Se movió sobre sus rodillas, acercándose a mí en la cama. Su desnudez abundante y pesada imponía un dominio abrumador.

—Yo… Regi… lo siento.

—¿Se te para al saber que tu jefe me puso la cogida de mi vida?

—Ufff… sí —le confesé, con los ojos llorosos—, ¿de verdad te puso la cogida de tu vida?

—Y no sólo una, sino muchas, y cada vez que me la metió, no sabes cuánto lo disfruté, ¿contento?

Entonces ella se paró frente a mí, a escasos centímetros.

Levantó su mano derecha. Lenta y deliberadamente, acercó sus dedos hacia mi pantalón de pijama.

Agarró el bulto endurecido de mi erección por encima de la tela a cuadros.

Apretó con firmeza, dándome un jalón brusco que me hizo soltar un quejido ahogado.

—¿Quieres que te masturbe, maridito pervertido? —me ofreció Regina, para mi sorpresa, con un tono lleno de saña y burla—. ¿Te imaginas que mi mano es la de él? ¿O prefieres imaginarte que sigues escondido en el rincón de un cuarto mientras él me sigue partiendo la panocha en la cama?

—¿Qué?

El contacto de su mano, la rudeza de su agarre y la crueldad de sus palabras me llevaron al borde del abismo. Estaba humillándome, destrozando mi ego masculino, pero yo no quería que parara. Quería saber más. Tenía que exprimir cada detalle antes de que la noche terminara.

Agarré su muñeca, deteniendo su mano sobre mi entrepierna, pero sin apartarla. Mis dedos temblaban al tocar su piel tibia.

—No me dejes a medias, Regi —le supliqué, respirando por la boca—. Por ejemplo, los vi. Ayer en la mañana. Yo estaba asomado en el ventanal de la oficina. Los vi bajar de su carro.

Regina se quedó congelada. La sorpresa le abrió los ojos de par en par. La seguridad sádica que tenía hace un segundo se resquebrajó.

—¿Nos... nos viste? —balbuceó, aflojando el agarre sobre mi pantalón.

—Vi cómo te besó en plena avenida. Frente a todo el mundo —di un movimiento hacia adelante, acorralándola levemente con mi propio cuerpo—. Dime por qué fuiste vestida así. Ese traje sastre gris perla... tú no te vistes así de elegante y provocativa para ir a trabajar.

Regina intentó retirar la mano, pero yo se la sostuve firme contra mi erección. Bajó la mirada, visiblemente avergonzada de haber sido descubierta en público, pero la presión de mis preguntas la obligaba a confesar.

—Me... me lo ordenó él —admitió, con la voz temblorosa, mirando mi pecho—.

Cuando salimos de su departamento… Me dijo que me había comprado ropa nueva y que me la iba a poner para ir a tu oficina.

Me pidió que me presentara como su nueva adquisición, para que todos vieran lo elegante que podía verse su perra.

—¿Y tú simplemente le hiciste caso? ¡Alguien podría haberte reconocido!

—Nadie en tu oficina sabe que soy tu esposa, ¿no me lo dijiste tú mismo?

—Sí, pero es que. Por dios, Regina. Me asusta que estés perdiendo el miedo… a que… alguien nos descubra.

—Miedo tuve al ver la ropa que me ofreció, Marco. La ropa era carísima. Cuando me la probé en su departamento... me sentí diferente. Me sentí poderosa.

—¿Poderosa? —solté una risa nerviosa, amarga—. Te besó en la calle, Regina. Te agarró de la cintura y te besó como si fueras de su propiedad. Imagínate si los hubieran visto.

—Pero nadie nos vio, no te ataques, Marco.

—Los vi yo… y se estaban besando… me pregunto si fue un beso apasionado o…

Regina apretó los labios. Cerró los ojos un instante y, de manera completamente inconsciente, su mano izquierda libre subió por su propio cuerpo desnudo.

Sus dedos rozaron su clavícula, descendiendo lentamente hasta descansar sobre la parte superior de su pecho derecho. Acariciaba su propia piel, enrojecida por el estrés de la discusión, y yo vi claramente cómo sus pezones se endurecían aún más con el recuerdo.

—Pues… el beso… —susurró ella, abriendo los ojos, que ahora brillaban con una humedad diferente, una neblina de lujuria que le estaba ganando la batalla a la culpa—. Fue de lengua.

—¿De lengua? —le pregunté, sintiendo cómo el estómago se me revolvía de celos, pero mi miembro palpitaba de excitación al verla tocarse.

—Me agarró por la nuca, tú lo viste, supongo —continuó ella, su voz perdiendo la dureza, volviéndose un murmullo arrastrado—.

Yo intenté empujarlo, Marco. Te juro que al principio quise apartarlo porque estábamos en la calle, a plena luz del día, frente a tu trabajo.

Pero él es demasiado fuerte. Me pegó a su cuerpo.