Donde termina la Tierra CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

—Regi, por favor, baja la voz, los vecinos... —intenté calmarla, mirando con pánico hacia la ventana que daba al patio interior.

—¡Me valen madres los vecinos! —escupió ella, dando un paso hacia mí, acorralándome contra el marco de la puerta—.

Me hiciste ir a su oficina. Me hiciste soportar que ese hombre me mirara como a una cualquiera.

Me amarró a su cama, Marco. Me vendó los ojos.

¿Tienes idea del terror que sentí cuando escuché su voz en la oscuridad diciéndome las asquerosidades que tú le habías contado sobre mí?

¡Saber que mi propio esposo le había dado permiso de hacerme lo que quisiera!

—¡Yo no quería que te hiciera daño, te lo juro por Dios! —grité yo también, las lágrimas nublándome la vista por completo—. ¡Estaba asustado! Pensé que podría correrme, no sabía qué hacer con la deuda de la casa...

—¡Mentira! —me interrumpió Regina, azotando la mano sobre la barra de granito con un golpe que me hizo dar un respingo—.

No lo hiciste por la casa. Lo hiciste por tu morbo.

David me enseñó los chats, Marco. Leí cómo le suplicabas por mensajes que te diera los detalles de lo que me hacía.

Leí cómo te masturbabas en esta misma casa sabiendo que él me estaba tocando...

¡Me usaste como tu maldito conejillo de indias!

¡Fui tu experimento de tus bajos instintos!

—¡Sí, lo acepto! —grité, sintiendo que la rabia y la desesperación me nublaban el juicio.

En mi pánico, busqué repartir la carga de esta culpa aplastante, atacando su propia moral—.

¡Fui un enfermo! Reconozco que yo tuve la culpa de todo al principio, Regina…

¿pero y tú? ¿Me vas a decir que eres una víctima sin opciones en todo esto?

Ella apretó los labios, fulminándome con esos ojos grises que parecían dagas de hielo.

—¿Qué te atreves a insinuar? —siseó.

—¡Que tú también cediste! —le reclamé, alzando los brazos en un gesto de frustración patética, con la voz quebrándoseme por el llanto—.

¿Tú no pudiste ser más fuerte y no entregarte a ese hijo de puta?

¡Eres una mujer de carácter, Regina, a ti nadie te pisotea!

¡Pudiste negarte! ¡Pudiste darle una bofetada, gritar!

¡Amenazarlo! Eres dueña de tu cuerpo, maldita sea.

¡Pudiste negarte y no lo hiciste! ¡Te dejaste amarrar, te dejaste tocar, te abriste de piernas para él porque en el fondo también querías que lo hiciera!

Regina se quedó paralizada por un segundo. La bofetada de mis palabras la hizo respirar con pesadez, inflando su pecho bajo la blusa oscura. Pero lejos de encogerse de vergüenza o de bajar la mirada, su expresión se transformó en una máscara de desprecio monumental.

Avanzó hacia mí con pasos lentos, acorralándome contra la puerta de madera de la despensa.

—¡¿Fuerte?! —soltó una risa seca, amarga, que hizo eco en los azulejos blancos de la cocina—.

¿Me pides que yo sea fuerte cuando el cobarde de mi esposo me empujó al precipicio?

Fui a reclamarle, Marco. Fui a exigirle que me dejara en paz.

Estaba dispuesta a hacer un escándalo. Pero entonces… me mostró tu verdadera cara.

Regina me golpeó el centro del pecho con su dedo índice, un impacto rígido que me dolió hasta el alma.

—Me sentí la basura más insignificante de la tierra al leer cómo suplicabas que me tratara como su puta.

Me destruiste la voluntad en ese mismo segundo.

Me quitaste el suelo que pisaba y me dejaste completamente sola.

Y David... David tomó el control que tú tiraste a la basura por tus estúpidas fantasías enfermas, eso querías, ¿no?

, que me cogiera, que me follara mientras tú… ¡Dios santo!

Tragué saliva, sintiendo que el oxígeno me abandonaba, pero ella no había terminado. Su rostro estaba tan cerca del mío que podía oler el jabón de su cabello húmedo.

—¡Pero tú cediste, Regina! ¿Por qué cediste si tan humillada te sentías?

—¡Te lo dije la otra vez, lo hice para castigarte!

Además, de alguna manera él me demostró lo que es la autoridad, Marco.

Me envolvió. Me hizo sentir deseada, me hizo sentir como una hembra a la que un macho domina por la fuerza.

No me entregué a él por amor, me entregué porque tú me rompiste por dentro, y él supo exactamente cómo recoger los pedazos para armar a la ramera que tú tanto deseabas ver.

Y la verdad... —Regina bajó el tono de voz a un susurro letal, clavando sus ojos en los míos— la verdad es que no me arrepiento.

Porque él me dio un nivel de placer que tú jamás, en tu triste existencia, vas a poder darme.

Me quedé mudo. No había defensa posible. Las mentiras se habían agotado y la cruda realidad de mi perversión estaba expuesta en la mesa de la cocina como un cadáver putrefacto.

La sangre se me agolpó en la cabeza. Escucharla hablar así, con ese descaro brutal, defendiendo abiertamente al hombre que la había usado como a una perra para satisfacer su lujuria, me encendió una furia ciega.

Fue un último instinto de supervivencia machista que se negaba a morir arrastrado en el suelo de la cocina.

—¡Me estás faltando al respeto, Regina! —grité, dando un manotazo al aire, con el rostro ardiendo en cólera, aferrándome a la única carta que creía tener como su esposo legal.

Regina no se inmutó. Inclinó la cabeza ligeramente hacia la izquierda, observándome como si yo fuera un chiste mal contado.

—¿Respeto? —repitió la palabra despacio, paladeando la ironía con los labios entreabiertos—.

¿Y tú no me lo faltaste a mí? ¿Dónde estaba mi respeto cuando te masturbabas en esta misma casa imaginando cómo me la metía?

¿Dónde estaba el respeto a tu esposa cuando negociabas mis calzones sucios en la oficina con tu jefe?

—¡Eran fantasías! ¡Pendejadas de mi cabeza!

—le reclamé, señalándola con el dedo tembloroso, intentando desesperadamente herirla de vuelta—.

¡Pero tú lo hiciste real! ¡Fuiste tú la que se revolcó con David todo el puto fin de semana!

¡Te fuiste a ese penthouse, te empinaste, abriste las piernas y te tragaste su leche porque en el fondo eres una golfa que solo estaba buscando un pretexto para soltarse!

El insulto hizo eco en los azulejos de la cocina, rebotando entre los gabinetes blancos. Esperé que se encogiera. Esperé que llorara. Quería que sintiera la vergüenza aplastante de la palabra "golfa" cayendo sobre su impecable reputación de contadora intachable.

Pero Regina solo apretó los puños apoyados en el granito del desayunador. Su mirada se volvió de acero.

—¿Y la culpa es mía, Marco? —soltó una risa seca, desprovista de cualquier gracia, acercándose otro paso más hasta casi rozarme el pecho—.

¿Yo busqué el pretexto, o tú me construiste la puta jaula y metiste a la fiera adentro con nosotros?

Yo vivía mi vida, pagaba la mitad de las cuentas y te era fiel a pesar de que no sirves para satisfacer ni a la mitad de una mujer.

¡Tú le enseñaste mis fotos! ¡Tú me entregaste como un proxeneta entrega a una puta!

Así que no te atrevas a llamarme golfa cuando tú fuiste el proxeneta que me entregó a él.

Me revolqué con él, sí. Me dejé hacer de todo, claro que sí.

Pero lo hice porque estaba enojada, porque me sentía traicionada, y él llegó a rellenar el hueco que tú mismo escarbas.

Sus palabras me dolían de verdad. Cada frase me despojaba de mi falsa autoridad, arrancándome el disfraz de marido ofendido para dejarme expuesto, temblando, como el verdadero arquitecto de esta pesadilla ineludible.

—Soy un enfermo... —lloriqueé, tapándome la cara, sintiendo un asco infinito por mí mismo—.

Tengo un problema en la cabeza, una perversión asquerosa, lo acepto.

Estaba asustado, me dejé llevar por el morbo de las páginas que leía...

pero te amo, Regina. Te amo con todo mi ser.

No me dejes solo, por lo que más quieras en este mundo.

Regina me miró, y por primera vez vi cómo la tormenta de su llanto se iba calmando, dejando paso a una frialdad gigantesca, una dureza de piedra que se le empezó a notar en la mirada. Se limpió las mejillas con el dorso de la mano izquierda, con un ademán firme.

—Yo también te amo, te lo juro… pero esto que pasó… ¿cómo lo vamos a solucionar?

—¡Tan simple como romper de tajo con David!

—grité, sintiendo un chispazo de esperanza absurda, aferrándome a esa única tabla de salvación—.

Lo bloqueamos ahorita mismo. Mañana a primera hora presento mi renuncia en recursos humanos.

Vendemos esta casa si hace falta, pagamos las deudas y nos largamos.

Cortamos el contacto de raíz y todo esto se acaba hoy, Regi. Te lo juro.

Regina me miró. Su expresión no cambió a la de una esposa aliviada. Soltó un suspiro largo, pesado, y bajó la mirada hacia la barra de granito.

—Lo siento, Marco... de verdad lo siento muchísimo —murmuró, y por un instante su voz sonó genuina, cargada de una culpa espesa—.

Pero tenemos que lidiar con lo que sigue de manera responsable.

En primera, no se puede vender una casa hipotecada, lo sabes.

En segundo, por Dios, Marco, no podemos salir huyendo como niños asustados.

Las cosas no funcionan así en el mundo real.

—¡Claro que funcionan así! —di un paso hacia ella, extendiendo las manos—. ¡Es tu decisión! ¡Tú tienes el control! Si tú lo cortas, él no puede obligarte a nada. Se termina el juego, mi amor. Nos recuperamos a nosotros mismos.

Regina apretó los labios. Llevó su mano derecha hacia su propio cuello, frotando suavemente una pequeña marca rojiza, un rastro tenue de los dientes de mi jefe que yo había intentado ignorar toda la maldita noche.

—Lo intentaré... —dijo ella, esquivando mis ojos, clavando la vista en la ventana de la cocina—. Te prometo que voy a intentarlo. Pero aún quedan cosas pendientes con él.

El estómago se me encogió. Un nudo de celos y pánico me cerró la garganta.

—¿Qué cosas pendientes? —exigí saber, sintiendo que la sangre me hervía—. ¡Él ya ganó! ¡Ya te tuvo en su cama todo el fin de semana! ¿Qué putas cosas tienes que aclarar tú con ese cabrón?

Regina tensó la mandíbula. Su postura se volvió rígida, defensiva, adoptando esa barrera de hielo que usaba para alejarme.

—Son asuntos nuestros, Marco. Detalles que tengo que cerrar con él en persona —respondió con una frialdad tajante—. No te incumbe.

—¡Claro que me incumbe, eres mi esposa! —grité, golpeando la barra con la palma de la mano—. ¡Dímelo! ¿Qué le debes? ¿Te está chantajeando con algo más?