Donde Mueren las Madres (Erebos Nyght 2) Capítulo Cuarenta y Siete #2
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Capítulo Cuarenta y Siete #2

—Todo este tiempo estuve vivo y cerca, relativamente, y lejos de ti a propósito, con el corazón roto cada uno de esos catorce años.

—Rafael le levantó la barbilla con dos dedos, como Nya recordaría después, sin poder evitarlo, que hacía Harper—.

No fue abandono, mi niña. Fue lo único parecido a protegerte que un hombre sin recursos y sin ayuda de nadie supo hacer.

Y no sé si fue suficiente. No sé si hice bien. Pero era lo único que tenía.

Harper, que había escuchado todo en silencio, se inclinó ligeramente hacia delante.

—¿Antonio sigue teniendo ese poder? —preguntó, con la voz templada del instructor que no puede evitar seguir siéndolo incluso en un momento así.

—No lo sé —dijo Rafael, mirándolo por primera vez—.

Lleva desaparecido más de un año, según me han contado por ahí, aunque yo mismo no tenía manera de saberlo hasta que su amiga —señaló a Carmen con un gesto de gratitud silenciosa— me encontró.

Si Antonio ya no tiene el poder de hacer lo que amenazó, es la primera vez en catorce años que puedo decir esto sin miedo: he guardado algo para ti, Nya. Esperando este día.

Se levantó, despacio, con la misma lentitud con que se había levantado del piano, y de un cajón cerrado con llave en la mesita de su propia habitación —a la que los acompañó, con pasos cortos, apoyándose en el brazo de Nya sin ninguna vergüenza por necesitarlo— sacó una llave pequeña, de metal deslustrado, con un número grabado y el nombre de una entidad bancaria de Jerez.

—Es de una caja de seguridad —dijo, poniéndosela en la palma de la mano con las dos suyas, como quien entrega algo mucho más pesado de lo que su tamaño sugiere—.

La abrí hace catorce años, antes del accidente, con todo lo que había reunido hasta entonces sobre ti.

No he vuelto a tocarla desde entonces, ni he pagado religiosamente la cuota más que por transferencia automática, rezando para que el banco no cerrara la cuenta antes de que este día llegara.

No sé qué vas a encontrar dentro, Nya. No te prometo respuestas completas.

Pero es más de lo que tenías esta misma mañana, y es todo lo que puedo darte.

Nya cerró los dedos alrededor de la llave, todavía caliente de las manos de Rafael, y ya se disponía a levantarse cuando él le retuvo la muñeca, con una firmeza que no había mostrado hasta entonces en toda la visita.

—Espera. Una cosa más, antes de que te vayas con esto.

—Su voz había cambiado, había perdido la ternura de hacía un momento para volverse más grave, más antigua, la voz de un hombre que ha decidido, en el último segundo, decir algo que llevaba catorce años callándose—.

Si vas a seguir tirando de este hilo, y sé que lo vas a hacer, porque eres de las que no saben dejar las cosas a medias, necesito que estés preparada para algo.

Lo que hay detrás de tu historia no es solo un bebé robado, Nya.

No es solo Antonio y su vanidad de patriarca sin heredero.

Es mucho más grande que eso. Más grande de lo que tú imaginas, y más grande de lo que yo mismo, con todos los años que llevo investigando, he llegado nunca a ver del todo.

—¿Qué quieres decir?

Rafael dudó, y en esa duda, en el segundo exacto en que sus ojos buscaron un punto neutro de la habitación antes de volver a los de Nya, Harper —que llevaba toda la conversación en silencio, observando con la misma atención con la que observaba un testigo en su despacho— tuvo la certeza fría de que aquel hombre sabía bastante más de lo que estaba dispuesto a poner en palabras aquella tarde.

—Quiero decir que hay nombres, en lo que reuní hace catorce años, que no eran solo el de Antonio.

—Rafael escogió las palabras con el cuidado de quien camina por un puente que no sabe si va a aguantar su peso—.

Nombres de gente con mucho más dinero y mucho más poder que un patriarca de pueblo con ganas de un hijo varón.

No los vas a encontrar todos en esa caja, Nya.

Los que encontré yo, con los medios de un hombre sin nada, son solo la punta de algo que se hunde mucho más hondo de lo que puedo enseñarte hoy.

Y no te lo digo para asustarte. Te lo digo porque te quiero, y porque catorce años escondido me han enseñado que hay clases de peligro que no se anuncian con gritos ni con amenazas claras como la que me hizo Antonio.

Hay peligros que simplemente esperan, pacientes, a que alguien tire del hilo equivocado.

Se quedó un momento en silencio, mirándola con una intensidad que a Nya se le quedó grabada mucho después de salir de aquella sala.

—Ten cuidado, mi niña —dijo, al fin, apretándole la mano una última vez—. Con quién hablas de esto. Con a quién se lo cuentas. Y sobre todo, con lo rápido que quieres saberlo todo. Algunas verdades, cuando salen a la luz demasiado deprisa, se llevan por delante a quien las descubre.

-*.*-

13:40 h.

Aparcamiento de la residencia. Arcos de la Frontera.

Salieron despacio, los tres, con Rafael despidiéndose desde la puerta con una mano en alto que no bajó hasta que el coche desapareció de su vista por la carretera.

Nadie habló durante los primeros minutos del camino de vuelta, con Carmen al volante otra vez y Harper en el asiento de atrás, junto a Nya, que llevaba la llave apretada en el puño como si pudiera escapársele.

—La sucursal ya estará cerrada a estas horas —dijo Harper, al cabo de un rato, con la voz neutra de quien constata un hecho práctico sin cargarlo de ninguna presión—.

Los bancos en España cierran a las dos, y para cuando lleguemos a Jerez ya no habrá nadie que nos abra una caja de seguridad.

Tendría que ser otro día, cuando tú quieras.

Nya se quedó mirando la llave en su mano, dándole vueltas entre los dedos, y sintió que aquel obstáculo tan tonto, tan administrativo, le llegaba en realidad como un alivio disfrazado.

—Necesito tiempo, Aeris —dijo, al fin, en voz baja—. No solo por el banco. Necesito unos días antes de abrir eso. Hoy ya ha sido... —No terminó la frase. No hacía falta.

—El tiempo que necesites. —Harper lo dijo sin dudar ni un segundo, cogiéndole la mano libre por encima del asiento—.

Esa caja lleva catorce años esperando, Nya.

Puede esperar una semana más, o un mes, o lo que haga falta.

No hay ninguna prisa que valga más que tú llegando a abrirla cuando de verdad estés lista, y no porque el calendario o la lógica digan que toca.

Nya asintió, y por primera vez desde que había salido de la sala común del piano, se permitió apoyar la cabeza contra el hombro de Harper y cerrar los ojos, con la llave todavía cerrada en el puño, sin prisa ninguna por decidir cuándo iba a abrir, por fin, la puerta de lo que llevaba tanto tiempo esperando dentro.