Epílogo Flores en el patio
Tres años después, los muros de la prisión de Soto del Real ya no resultaban tan imponentes para Carmen.
El uniforme azul, las rutinas de recuento y el olor a desinfectante industrial se habían convertido en su día a día.
Sin embargo, su rostro no reflejaba la amargura del encierro.
Al contrario; la sombra que había arrastrado durante años se había disipado el mismo día en que el "catafalco" dejó de respirar.
Carmen caminaba con los hombros rectos, con la paz de quien sabe que su deuda con el mundo estaba saldada.
Al cruzar la puerta de la sala de visados, el cristal de seguridad que la separaba del exterior pareció desaparecer al ver las sonrisas que la esperaban al otro lado. Allí estaban Angustias, impecable y con su eterno monedero de cuentas, y justo a su lado, cogidos de la mano, Carlos y Christian.
Christian llevaba el pelo un poco más largo y una luz en los ojos que nada tenía que ver con el chico asustado que un día pisó Plaza de Castilla. Carlos, que ya ejercía como abogado en prácticas, la miraba con un orgullo infinito.
Carmen cogió el teléfono de la cabina y sonrió, pegando la otra mano al cristal.
—Pero bueno, ¿qué hacen aquí mis chicos favoritos? —dijo Carmen, con una voz suave que resonó al otro lado de la línea—. Menuda sorpresa. ¿Qué tal va todo por el barrio?
—Ay, Carmen, hija, en Lavapiés se te echa de menos cada día —respondió Angustias, cogiendo el auricular primero—. Pero aquí estos dos te traen un chisme de los gordos. Yo me callo, que hablen ellos.
Carlos tomó el testigo, apretando la mano de Christian contra el cristal.
—¿Cómo estás, Carmen? ¿Te tratan bien aquí dentro? —preguntó Carlos, mirándola con cariño.
—Estoy tranquila, mi niño. Muy tranquila. Aquí el tiempo pasa despacio, pero tengo la mente en paz. Venga, no me hagáis sufrir más, ¿qué es esa buena noticia?
Christian se acercó al micrófono, con las mejillas ligeramente encendidas de emoción y una sonrisa de oreja a oreja.
—Carmen... nos casamos. Carlos y yo nos vamos a casar —soltó el joven colombiano, y por el auricular se coló una risita nerviosa y cargada de felicidad—. Ya tenemos los papeles, la fecha y todo listo en el ayuntamiento.
A Carmen se le llenaron los ojos de lágrimas, pero esta vez eran lágrimas de pura alegría.
Miró las manos entrelazadas de los chicos al otro lado del cristal y sintió que todo el sacrificio, el juicio y el dolor habían valido la pena.
Javi, desde donde estuviera, tenía que estar celebrándolo con ellos.
—¡Qué maravilla, mis niños! No sabéis la alegría tan grande que me dais —dijo Carmen, limpiándose una lágrima con el reverso de la mano—. Os merecéis toda la felicidad del mundo.
—Pero no creas que te vas a librar de nosotros ese día —intervino Carlos con tono cómplice—.
Mi padre se está moviendo con el director del centro y el juez de vigilancia penitenciaria.
Como soy el hijo de un compañero y el abogado de la familia, nos han dicho que, si lo solicitamos con tiempo, te van a conceder un permiso extraordinario de un día para que puedas salir y estar con nosotros en la boda.
Así que ya estás hablando con tu educadora para pedir el día. No aceptamos un no por respuesta.
Carmen soltó una carcajada limpia, la primera en muchísimos años.
Miró a su alrededor, a las paredes de la prisión, y por primera vez no sintió rejas.
Vio futuro. Vio la libertad que le habían devuelto a esos chicos y la promesa de un día feliz, rodeada de la gente de su barrio, celebrando el amor que el odio no pudo destruir.
— Id rellenando esos papeles —dijo Carmen, con una sonrisa indestructible—. Que a esa boda no me la pierdo yo ni aunque tenga que tirar abajo los muros de Soto del Real.
Fuera, el sol de Madrid rompía con fuerza sobre los tejados del gris invierno madrileño, colándose sin permiso por cada rendija, cada ventana abierta y cada rincón que una vez estuvo condenado a la sombra.
Porque las paredes más oscuras y los armarios más profundos terminan cediendo cuando el amor decide ocupar su lugar.
Allí, donde la luz no entraba, en aquella cárcel fue donde se dio verdadera cuenta de la realidad.
Si la verdad sobre su marido hubiera salido a la luz, todo su mundo se habría derrumbado Su marido había matado a su hijo porque este lo reconoció, y aquel odio que sentía hacia los demás no era más que una quimera fascista. Por fin se había hecho de día.
FIN