Capítulo 22 El último adiós bajo los eucaliptos
Había pasado una semana exacta. El parque de los eucaliptos ya había recuperado su ritmo habitual; la rutina urbana se había tragado el eco de las sirenas, y nadie en la ciudad se acordaba ya de aquel cuerpo hallado sin vida junto al tronco.
La policía ya sabía perfectamente quién era —Lucas— y los peritos habían firmado el expediente, pero el caso había quedado archivado sin culpables, una muerte más en los casilleros del olvido de una metrópolis plagada de contrastes, de asombros, de risas, de miseria y de homicidios que se diluyen entre la muchedumbre.
La primavera avanzaba con su despliegue de verde intenso y el aire tibio de la mañana solo era interrumpido por el trino constante de los pájaros y el murmullo lejano del tráfico.
De repente, una figura solitaria emergió a lo lejos, cortando la neblina ligera que aún flotaba sobre el pasto.
Se acercaba caminando con paso lento pero firme, directa hacia el árbol.
Venía vestida con un riguroso y elegante traje negro de luto, un abrigo de corte impecable, un chalequito sutil que estilizaba su figura y un sombrero de ala ancha que ensombrecía levemente su rostro.
Y coronando esa indumentaria con una gracia única, luciendo esos zapatitos azules que tan bien le quedaban y que contrastaban con delicadeza, aportando un toque de finura perfecta que hacía que todo su conjunto resaltara al máximo.
Traía consigo un ramo de flores frescas.
Llegó hasta el tronco donde Lucas había exhalado su último suspiro. Se agachó con delicadeza, depositó las flores sobre la tierra húmeda y se quedó ahí, inmóvil, con la mirada perdida en la corteza rugosa durante un minuto eterno.
Después se puso de pie, dio un par de pasos hacia un lado, volvió la vista hacia atrás, y otra vez miró el árbol. Era la estampa viva de alguien que intentaba marcharse, pero a quien el alma entera le pesaba demasiado como para dar el paso definitivo. Regresó sobre sus pasos, indecisa.
En ese forcejeo íntimo con el dolor, al abrir la cartera para buscar un pañuelo, un monedero de cuero se deslizó y cayó al suelo.
Al abrirse levemente contra el pasto, dejó al descubierto lo que llevaba dentro: una pequeña foto familiar protegida por un acetato transparente.
Allí estaban todos. Lucas con su sonrisa franca, ella —Jennifer— impecable como siempre, y sus dos hijos abrazados junto a ellos, en un tiempo que el destino acababa de fracturar para siempre.
Jennifer se secó las lágrimas con el pañuelo, se agachó para recoger sus pertenencias, metió el monedero en la cartera y volvió a erguirse, dispuesta a cumplir con la despedida. Dio dos pasos. Tres pasos. Se frenó en seco.
Dio un paso más al frente, pero el cuerpo no le respondió. Algo la empujó a girarse de nuevo. Regresó al pie del árbol, sacó con pulso tembloroso la pequeña foto familiar del monedero y la dejó apoyada con cuidado justo al lado del ramo de flores.
Ahora sí, el peso de la despedida parecía completo.
Se alejó. Dio dos pasos, cuatro pasos, y volvió a frenarse.
Miró una última vez hacia el tronco, hacia el rincón donde el secreto de la corporación y el fin de Lucas se habían fundido con la tierra.
Exhaló un suspiro hondo, el último aliento de un dolor que no tendría consuelo, y decidió perderse de manera definitiva entre la
espesura de los árboles y la luz de la mañana. Dejó las flores, dejó el rostro de los suyos sobre la hierba, despidiéndose de lo que ya no iba a volver jamás.