Donde el mar nos desnuda Prólogo
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Donde el mar nos desnuda

Donde el mar nos desnuda

Por Julio Ruiz

© inepub.com

Prólogo

El sonido de las olas rompiendo contra la orilla entraba por la ventana abierta de la habitación del hotel, mezclado con los gemidos roncos y entrecortados de Daniel.

La brisa cálida de Zipolite acariciaba sus cuerpos sudorosos, llevando consigo el olor salado del mar y el aroma almizclado del sexo.

Daniel estaba a cuatro patas sobre la cama, con las rodillas hundidas en las sábanas revueltas.

Su cuerpo atlético, trabajado durante años en el gimnasio y en las barras de gimnasia, brillaba bajo la luz tenue de la lámpara.

Los músculos de su espalda se tensaban con cada embestida profunda, sus glúteos firmes y redondos se abrían para recibir el pene grueso y venoso de Armando, que entraba y salía de su ano con un ritmo lento pero implacable.

—Más… ah… así… —suplicó Daniel con la voz quebrada, apretando las sábanas entre los puños. Sus ojos verdes estaban entrecerrados, vidriosos de placer.

Armando, con la piel moreno claro perlada de sudor, sujetaba con fuerza las caderas estrechas de Daniel.

Sus manos grandes se hundían en la carne dura de aquellos glúteos que siempre habían atraído todas las miradas.

Empujaba con control, sintiendo cómo el ano caliente y apretado de Daniel se contraía alrededor de su pene, ordeñándolo con cada movimiento.

—Te sientes tan bien… —murmuró Armando cerca de su oído, mordiendo suavemente el lóbulo de su oreja—. Siempre te has sentido como en casa.

Una estocada más profunda hizo que la próstata de Daniel fuera golpeada con precisión.

Un gemido largo y ahogado escapó de su garganta.

Su propio pene, duro como piedra y ligeramente curvado hacia arriba, golpeaba contra su abdomen con cada embestida, dejando hilos transparentes de precum sobre las sábanas.

Sus testículos pesados se mecían al ritmo del sexo.

Armando deslizó una mano por debajo del cuerpo de Daniel y envolvió su pene con los dedos, masturbándolo con movimientos firmes y sincronizados con sus penetraciones.

La habitación se llenaba del sonido húmedo y obsceno de la carne chocando: el slap slap slap de las caderas de Armando contra los glúteos de Daniel, los gemidos cada vez más desesperados, la respiración agitada.

—Armando… joder… voy a correrme —advirtió Daniel, con la voz temblorosa.

—Hazlo. Quiero sentir cómo te corres mientras estoy dentro de ti —respondió Armando, acelerando el ritmo. Sus embestidas se volvieron más fuertes, más profundas, golpeando sin piedad la próstata sensible que hacía que las piernas de Daniel temblaran.

El orgasmo llegó como una ola gigante. Daniel gritó, su ano se contrajo violentamente alrededor del pene de Armando mientras gruesos chorros de semen blanco salían disparados de su pene, manchando las sábanas y su propio pecho.

Su cuerpo entero se convulsionó, los músculos de su espalda y glúteos apretándose con fuerza.

Armando no aguantó mucho más. Con un gruñido ronco hundió su pene hasta la base dentro del ano palpitante de Daniel y se corrió con fuerza, llenándolo con su semen caliente. Pulsos largos y abundantes que Daniel sintió perfectamente en su interior.

Durante varios segundos solo se escucharon sus respiraciones agitadas y el rumor constante del mar afuera.

Armando se retiró lentamente, observando cómo su semen comenzaba a escurrir del ano ligeramente abierto y enrojecido de Daniel.

Se dejó caer a su lado y lo atrajo hacia su pecho, abrazándolo con ternura.

Besó su frente sudorosa, sus ojos oscuros llenos de un cariño profundo que nunca había cambiado desde aquel primer día.

—Cada vez que volvemos aquí —susurró Armando, acariciando con los dedos la curva firme de uno de los glúteos de Daniel—, recuerdo lo asustado que estabas. Cómo creías que nadie podría quererte más allá de este cuerpo que tanto te ha costado construir.

Daniel levantó la mirada, sus ojos verdes aún nublados por el placer reciente.

—Y tú me demostraste que sí —respondió en voz baja—. Que podías verme desnudo de verdad… no solo sin ropa.

Armando sonrió con esa sonrisa suave que siempre desarmaba a Daniel.

—Hace tres años llegaste aquí solo, buscando algo que ni siquiera sabías nombrar. Y yo… solo quería caminar contigo por la arena sin que el deseo lo ensuciara todo desde el principio. Ahora míranos. Cada año regresamos al mismo lugar donde el mar nos desnudó por completo.

Daniel se acurrucó más contra su pecho, escuchando los latidos fuertes y calmados de Armando. Afuera, las olas seguían rompiendo incansables contra la playa de Zipolite, como lo habían hecho aquella primera vez.

—¿Nunca te arrepentiste de dejar todo y seguirme a Monterrey? —preguntó Daniel, aunque ya conocía la respuesta.

Armando negó con la cabeza y besó sus labios con lentitud.

—Nunca. Porque donde el mar nos desnuda… ahí también nos encontramos.

El silencio cómodo se instaló entre ellos mientras la brisa marina enfriaba sus cuerpos sudorosos.

Daniel cerró los ojos, dejando que el sonido del océano lo llevara de vuelta en el tiempo.

A aquellas dos semanas que lo cambiaron todo.

A los encuentros fugaces que le quemaron la piel.

A las lágrimas, a los celos, a las noches en las que creyó que nunca podría ser amado de verdad.

Y sobre todo, al momento exacto en que Armando lo miró por primera vez… no como un cuerpo deseable, sino como un hombre que merecía ser querido.

La marea seguía subiendo afuera.

Y la historia de cómo llegaron hasta esa cama, tres años después, apenas comenzaba.