Donde aterrizamos Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—No sé si esto cuenta como una emergencia.

Él no se acercó todavía.

—No te lo reprocharé si resulta que no lo es.

La frase me hizo levantar la vista. Sus ojos verdes estaban fijos en mí.

Había un rasguño fresco en el puente de su nariz y una sombra de barba que no se había afeitado por la mañana.

Por un segundo quise preguntarle por el entrenamiento, por sus costillas, por cualquier cosa que devolviera el mundo a una conversación que supiera sostener.

Otro cólico me dejó sin aire suficiente para hablar. No fue teatral. Solo tuve que doblar un poco el cuerpo y apoyar una mano en el borde de la camioneta.

Cole se movió entonces. Puso la palma entre mis omóplatos, sin presionar.

—Vamos —dijo.

El interior de la camioneta olía a cedro húmedo, cinta deportiva y el café que él había bebido demasiado temprano. Abrochó mi cinturón cuando lo sostuve mal la primera vez; me preguntó antes de tocar la hebilla y esperó mi gesto. Después rodeó el vehículo y se sentó al volante.

No puso música. No encendió el motor hasta que yo cerré los ojos.

—Priya va a enviar el archivo —dije, porque algo tenía que llenar el espacio.

—Bien.

—Diane cree que debo cerrar el correo.

—También bien.

—No me digas que está bien todo lo que diga.

Cole miró hacia la salida del estacionamiento.

—No está bien que no te permitas estar asustada. Pero sí que Priya y Diane hagan su trabajo mientras tú vas a una cita médica.

Me arrepentí de haber hablado. Él no me obligó a defenderme.

Seattle avanzó detrás del parabrisas en franjas grises: un autobús verde que nos pasó junto a la avenida, un camión de reparto detenido frente a una panadería, la aguja de una grúa sobre edificios de ladrillo.

Cole condujo con una mano arriba del volante y la otra cerca de la palanca de cambios.

Cuando el semáforo nos detuvo en una cuesta, la llevó a su rodilla, no hacia mí.

—¿Quieres que llame a alguien? —preguntó.

—Priya sabe.

—Lo sé. ¿A alguien más?

Pensé en mi madre. En la forma en que Linda podía decir estoy aquí y hacer que sonara como una invitación a contarle la versión completa, incluida la parte en que mi padre se había ido y ella había tenido que explicarlo tantos años.

Pensé en Danny, que respondería con demasiados signos de exclamación y una promesa de volar desde Portland sin preguntarme primero si cabía en mi dolor.

—No.

—De acuerdo.

No dijo por ahora. Agradecí que no dejara una puerta abierta que yo iba a sentir la obligación de cruzar.

En la bajada hacia First Hill, el cólico volvió. Esta vez cerré los dedos alrededor del borde del asiento. Cole vio el movimiento y disminuyó la velocidad aunque el tráfico ya era lento.

—Puedo parar.

—No. Sigue.

—¿Quieres que te hable?

Tenía los nervios disparados. Miré las gotas de lluvia que el limpiaparabrisas juntaba y barría.

—No.

El semáforo cambió. Cole siguió conduciendo.

La clínica nos recibió con el olor a desinfectante que intentaba parecer lavanda.

La pecera de la sala de espera seguía contra la pared, pero el castillo de plástico se había llenado de burbujas y uno de los peces naranjas nadaba pegado al vidrio.

Me acerqué al mostrador. Cole se quedó a un paso detrás de mí, lo bastante cerca para que notara el calor de su cuerpo.

La recepcionista nos pidió esperar. Dije mi nombre. Firmé el formulario con una letra que no se parecía a la mía. Cuando me senté, saqué el teléfono por reflejo. Tenía cuatro notificaciones del trabajo, una de Priya y dos mensajes de Cole que pertenecían a otro día.

Cole puso su teléfono boca abajo sobre la mesa baja entre las sillas.

Yo dejé el mío a un lado. La pantalla volvió a encenderse enseguida.

Priya: Estoy aquí. No tienes que responder. La presentación está cubierta.

Miré las palabras hasta que se borraron por el bloqueo automático.

—No quiero que me miren así —dije.

Cole giró la cabeza hacia mí.

—¿Así cómo?

Señalé con la barbilla la pecera, la recepción, el pasillo donde una mujer con un abrigo amarillo acomodaba la mano en la espalda de otra persona.

—Como si ya supieran lo que van a decirme.

Cole apoyó los antebrazos sobre los muslos. La piel de sus manos tenía pequeñas grietas blancas en los nudillos.

—Yo no lo sé.

La respuesta me lastimó más que una promesa habría podido hacerlo. Cerré la mano sobre el borde de mi bolso.

—Yo tampoco.

—Entonces no voy a hacer que parezca que lo sé.

La enfermera abrió la puerta del pasillo y dijo mi nombre. Cole se puso de pie al mismo tiempo que yo, pero esperó a que lo mirara.

—Ven —dije.

Él asintió una vez.

* * *

La bata de papel volvió a rasparme los muslos.

Esa vez no busqué el reloj; lo había dejado en el bolsillo del abrigo con las imágenes de la ecografía.

La sala tenía la misma pantalla en un brazo móvil y la misma lámina de abedules, aunque las ramas negras del dibujo parecían más gruesas que once días atrás.

Cole ocupó la silla junto a mi hombro. No tomó mi mano hasta que se la ofrecí. La cinta de su muñeca estaba áspera bajo mis dedos. Me aferré a ese borde mientras la ecografista explicaba lo que iba a hacer.

Conocía el procedimiento. La familiaridad no lo volvió menos invasivo.

El gel frío, el motor del ventilador, la incomodidad de no poder mirar hacia ningún sitio que no fuera el techo.

En la pantalla aparecieron los mismos grises, el saco, una forma mínima que mi mente reconoció antes de que nadie dijera una palabra.

La ecografista hizo dos mediciones. Cambió el ángulo. Volvió a cambiarlo.

—¿Puede mostrarme el latido? —pregunté.

No apartó los ojos del monitor.

—Voy a pedir que entre la doctora Mehta para revisar las imágenes con usted.

El cuarto perdió tamaño. Cole cerró los dedos sobre los míos, despacio, preguntando incluso en ese gesto. Le devolví la presión porque no tenía otra señal que darle.

La doctora Mehta entró unos minutos después. Llevaba una mascarilla azul colgada de una oreja y una tableta bajo el brazo. Saludó a la ecografista, revisó la pantalla y tomó el control para mover una línea de medición. Nadie habló mientras lo hacía.

—Kate —dijo por fin, y mi nombre en su voz ya no tuvo el tono administrativo de la mañana del ocho—. Las imágenes muestran que el embarazo dejó de desarrollarse. No veo actividad cardíaca.