CAPÍTULO 20
La llamada del contador, dos días después, no le había traído una solución definitiva a Renata, pero sí algo de tiempo. Un respiro que a ellos beneficiaba, pero que, a lo mejor para el Grupo Luna, iba a caer como un balde de agua fría.
—El banco frenó las medidas de presión inmediatas —le explicó él—. Van a reevaluar el calendario de pagos antes de tomar nuevas decisiones.
Renata dejó de escribir, con el bolígrafo suspendido sobre el papel.
—¿Perdón?
—No sé qué cambió internamente, pero esta mañana nos notificaron que algunos vencimientos pueden reestructurarse temporalmente mientras revisan el caso.
Eso hizo que el estómago se le tensara, porque los bancos no se despertaban un martes con vocación de misericordia.
—¿Ahora sí quieren negociar? —preguntó, incrédula.
—Eso parece.
Renata se recostó lentamente en la silla. La deuda seguía allí. Lumbre seguía necesitando dinero, pero la presión inmediata había disminuido lo suficiente para darles unas semanas de margen. Cuatro, quizá seis semanas, según el contador.
Demasiado cambio en muy poco tiempo.
—¿Tú hablaste con alguien? —preguntó ella, buscando una explicación lógica.
—No.
Al colgar, la respuesta no tardó en llegar.
Un mensaje en su pantalla, directo desde Nueva York, iluminó la oficina.
Era de Emilio: «Hablé con la gente de la sucursal central, Ren.
Conseguí un aval con el banco y congelaron la orden de ejecución de la hipoteca por ahora, mientras evoluciono el préstamo.
Sé que yo nos metí en este lío con ese préstamo, pero no voy a dejar que nos quiten Lumbre. Tenemos unas semanas de aire. Trabaja.»
Una exhalación de puro alivio le escapó del pecho. Emilio, el mismo que había firmado esa maldita hipoteca que ahora los Luna intentaban usar como soga, se había plantado como un muro desde la distancia.
**
Dos días después de su renuncia, el reencuentro entre Sebastián y Renata ocurrió fuera de los muros de Lumbre, en un sitio pequeño de comida coreana escondido a pocas calles de Lumbre; era uno de esos locales con un extractor ruidoso y una dueña que atendía personalmente cada mesa.
Sebastián ya la esperaba en la mesa del fondo.
Llevaba un suéter oscuro que disimulaba la rigidez de sus hombros, intentando dejar atrás las horas de tensión que acababa de pasar encerrado con Camila en el piso de vicepresidencia del Grupo Luna.
Cuando Renata cruzó la puerta, Sebastián analizó de inmediato su postura. La vulnerabilidad de la noche en el apartamento y la distancia fría que habían mantenido en su último turno de cocina se habían transformado en determinación, notó que caminaba diferente.
Se sentó frente a él y dejó el bolso en la silla contigua con una sonrisa enigmática.
—Tienes cara de traer buenas noticias —preguntó él, detectando el cambio de atmósfera en sus ojos.
—Las mejores —respondió Renata, guardando el teléfono boca abajo sobre la mesa.
Pidieron sin hablar demasiado. Sebastián no quiso presionarla.
—Mi hermano Emilio acaba de frenar la ejecución de una hipoteca sobre el restaurante desde Nueva York. El banco nos dio unas semanas de margen. Podré dormir más tranquila.
Sebastián sostuvo su mirada, manteniendo la máscara de tranquilidad que tanto le costaba forjar. Por dentro, en cambio, sintió un impacto seco en mitad del pecho.
—No lo sabe nadie de la cocina —añadió ella, bajando la voz—. Ni quiero que lo sepan todavía, pero necesitaba decírtelo.
Renata le estaba brindando su confianza. El pequeño gesto de entregarle una verdad privada sin saber que él pertenecía al lado de la mesa donde esa verdad había sido calculada como una debilidad.
El hermano de Renata, el mismo que debido a su deuda les había facilitado el terreno ideal para el embargo, acababa de meterle un cortocircuito brutal a toda la estrategia de Augusto y Alejandro. El banco que él mismo había ayudado a presionar semanas atrás ahora tenía las manos atadas.
—Me alegro mucho, chef —dijo Sebastián, forzando una sonrisa neutra y usando el viejo apelativo de la cocina para proteger su distancia, aunque en su mente los números de la junta directiva ya se estaban reorganizando a una velocidad destructiva—. Eso les da espacio para respirar.
—Mucho espacio —sentenció Renata, clavándole los ojos con una seguridad que lo desarmó por completo—.
Así que ya no tengo que preocuparme por cierres de emergencia ni por buscar inversionistas a la carrera.
Ahora que estás metido en una oficina organizando números y proveedores para tus nuevos jefes, sabes lo que significan seis semanas estables para la caja de un restaurante.
Lumbre no se va a mover de donde está, Sebastián.
Quienquiera que esté intentando asfixiarnos en la sombra se va a quedar con las ganas.
Sebastián asintió, tragándose el nudo de culpa que le cerraba la garganta.
—Es un buen blindaje —alcanzó a decir, midiendo cada palabra.
La dueña les dejó dos platos humeantes, agua, cerveza para él y una taza de té para Renata. Durante los primeros minutos solo comieron.
—Sebastián —lo llamaba por su nombre, no por el apellido en un tono diferente al utilizado en plena faena de cocina—.
Los cambios en el ticket y el aprovechamiento de los fondos...
funcionaron. Mauricio me dijo que no sabía que habíamos hecho esta semana, pero los números cuadran por primera vez en meses.
—Me alegra oírlo. —contestó con una calma exasperante—. Te dije que tenías un gran negocio, solo necesitaba un poco de orden.
Renata lo estudió un momento más. Luego tomó la cuchara y volvió a la sopa sin apresurarse.
—No suelo dar crédito a la gente que apenas voy conociendo, pero... gracias. Tenías razón. Julián dice que tengo que escuchar más.
Sebastián sonrió, una sonrisa que no era de triunfo, sino de complicidad, bajó la vista de nuevo al plato. Podía esquivarlo, mentir mejor, o hacer algo que se pareciera a la honestidad sin llegar todavía al borde del precipicio. Decidió volver al tema del restaurante.
—Aprendí hace tiempo —comenzó, buscando un tono más neutral— que un lugar serio se nota antes de que llegue el primer plato. En el ritmo, en el silencio, en la manera en que todos saben lo que está en juego sin necesidad de hablarlo.
Renata lo miró sin interrumpir.
—Pasé una temporada en una cocina —continuó Sebastián, rememorando el peso de esos años— donde el margen para equivocarse era mínimo. Ahí entendí que cocinar bien no tiene nada que ver con lucirse. Tiene que ver con sostener el servicio, aunque estés al borde del agotamiento. Lumbre me lo recuerda.
La dueña pasó junto a la mesa, dejó un plato extra en el centro sin consultar y dijo algo en voz baja sobre que la noche estaba demasiado larga para discutir con el estómago vacío.
Renata la miró alejarse.
—Creo que le damos pena —comentó, con el rastro de una sonrisa.
—No la culpo —admitió él.
Hubo un silencio mejor después de eso. Algo incómodo, pero más humano.
Sebastián la observó probar el banchan extra con la concentración de siempre. Le gustó verla fuera de Lumbre, sin el cuchillo verbal siempre en alto, aunque todavía lo mantuviera al alcance de la mano.
—¿Y tú? —preguntó Sebastián, rompiendo la calma—. ¿Siempre quisiste hacer esto?
Renata soltó una risa breve, casi nostálgica.
—No —respondió—. A los ocho años quería ser veterinaria, a los doce quise ser pianista y a los quince irme de mi casa sin explicarle nada a nadie. La cocina vino después.
—Y ganó.
Ella giró la taza entre los dedos, con la mirada fija en el fondo de la porcelana.
—La cocina no gana —sentenció en voz baja—. La cocina absorbe. Un día te das cuenta de que ya le diste más horas, más cuerpo y más carácter que a cualquier otra cosa, y entonces decides dejar de fingir que todavía estás escogiendo.
Sebastián la observó, asimilando el peso de sus palabras.
—Suena menos a oficio —observó él— y más a matrimonio infeliz.
—No todo matrimonio infeliz tiene buena comida —replicó ella, sin parpadear.
Él sonrió sin querer.
—Eso ha sido casi tierno.
Renata levantó la vista de inmediato, clavando sus ojos en los de él.
—No vuelvas a usar esa palabra conmigo —advirtió con una seriedad fingida— y quizá sobrevivas al resto de la noche.
Salieron veinte minutos después, la calle estaba casi vacía, el ruido reducido a motores lejanos y un perro ladrando detrás de una reja.
Caminaron en silencio hasta donde ella había aparcado. Cuando llegaron al auto, Renata se detuvo.
—Gracias por la comida. ¿Quieres que te lleve?
—No te preocupes. Estás cansada.
Sebastián apoyó una mano en el techo del vehículo. Renata metió las manos en los bolsillos de la chaqueta.
—No quiero que interpretes esto como otra cosa.
—¿Esto?
—La cena. Haber venido. —Se interrumpió, fastidiada consigo misma—. No estoy normalizando nada.
—Yo tampoco, pero era muy en serio lo que te dije de que quería seguirte viendo —dijo él.
Ella sostuvo su mirada.
—Bien.
Debió terminar ahí. Debió bastar, pero ninguno se movió.
Había una distancia breve entre ambos, apenas el espacio suficiente para que el recuerdo del cuerpo del otro volviera a instalarse sin permiso. Sebastián vio cómo Renata bajaba la vista a su boca y luego volvía a subirla. Un gesto mínimo. Deshonesto. Suficiente.
Dio medio paso hacia ella.
Renata no retrocedió. Se quedó mirándolo un segundo más y por primera vez desde el inicio de la cena, él vio algo menos blindado en su expresión, era una especie de cansancio por seguir tensando una cuerda que los dos sentían vibrar.
—Mañana cada uno tiene trabajo —dijo Renata.
—Yo tengo reuniones con proveedores a primera hora. —Otro segundo. Sebastián bajó el rostro, al cuello de ella donde aspiró su bendito olor a vainilla—. Extraño Lumbre, extraño tus ordenes chef. —concluyó con tono de voz ronco.
Renata alzó una mano y le acarició la mandíbula. El gesto fue pequeño, íntimo hasta la médula. Los dos lo sintieron. Ella retiró la mano enseguida.
—Descansa, lo necesitas.
Tras despedirse de ella con un beso que le supo a cuenta regresiva, Sebastián subió a su auto.
Apoyó las manos en el volante. El movimiento de Emilio Sandoval había dejado en jaque al Grupo Luna, pero el tiempo corría de una forma demencial.
Alejandro se volvería loco al llegar a la oficina al día siguiente y ver bloqueado el embargo; su primo no tardaría en rastrear el origen de los fondos de Nueva York y buscaría hacer algo para salvar los treinta y ocho millones del holding.
Sebastián encendió el motor, con la mandíbula apretada.
Tenía exactamente cuatro semanas para usar su verdadero poder como vicepresidente, necesitaba estirar los tiempos dentro del Grupo Luna, mientras cristalizaba la idea que había empezado a rondarle dos semanas atrás, mover los hilos corporativos en secreto y salvar el restaurante antes de que su padre descubriera cómo destruir ese nuevo muro que los Sandoval habían levantado.