Donde arde la traición CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Llevaba semana y media moviéndose entre sus dos versiones con una fluidez que, en otras circunstancias, habría encontrado inquietante.

Por las mañanas era el Sebastián Luna de las reuniones, los nuevos proyectos, las llamadas con Camila y las decisiones que movían los diferentes proyectos del Grupo Luna con la eficiencia de siempre.

Por las tardes era Torres en su uniforme gris, en el calor de una cocina que ya había aprendido a leer casi sin esfuerzo.

La transición entre los dos no era incómoda.

Era, si era honesto consigo mismo, demasiado natural.

Lumbre se había instalado en su rutina sin apenas darse cuenta y él había dejado de resistirse con la misma energía de los primeros días.

Esa mañana llevaba cuarenta minutos revisando proyecciones cuando Camila abrió la puerta.

—Tu padre está en recepción —dijo, con una neutralidad tan cuidadosa que sonaba a advertencia—. Pidió pasar a verte antes de su reunión con el directorio.

Sebastián terminó de leer el párrafo que tenía delante. Dejó el bolígrafo sobre el escritorio y entonces sí miró a Camila.

—¿Está solo?

—Sí, ya viene subiendo.

Camila cerró la puerta.

Augusto Luna entró antes de que la puerta terminara de abrirse.

Llevaba un abrigo largo color gris oscuro y un traje debajo, vestía con la impecabilidad de siempre. Recorrió la oficina con mirada breve, dejó los guantes sobre el escritorio con un gesto parco y no se sentó.

—Vine de camino a una reunión —dijo.

Sebastián no se movió. Siguió recostado en la silla, un tobillo sobre la rodilla contraria, las manos enlazadas sobre el pecho. En la oficina de su padre habría fingido cortesía. Allí no tenía por qué.

—Entonces no te entretengo. Siéntate.

Augusto lo miró un instante, midiendo algo. Terminó tomando asiento.

—Las reuniones sobre el proyecto avanzan bien —dijo Sebastián, sin darle tiempo al control—. Herrera está conforme. Tenemos una ruta definida.

—Lo sé. Alejandro me mantiene informado. —Augusto apoyó un codo sobre el brazo de la silla—, ya que tú decidiste callar. Él fue bastante específico: usaste información que nadie más tenía para dejarlo en ridículo frente a los clientes.

Sebastián esbozó una sonrisa breve, sin humor.

—Si mi primo no sabía lo de la hipoteca, es incompetencia suya. No estoy aquí para tutorizar a la competencia, aunque lleve mi apellido.

—No te equivoques. —La voz de Augusto bajó de tono—.

No me importa que aplastes a Alejandro. De hecho, me divierte ver cómo lo haces.

Lo que no tolero es que lo hagas a mis espaldas y frente a uno de los inversores.

El Grupo no puede mostrar fallas y menos en este proyecto que le dará una imagen diferente a esa zona de Bogotá.

Sebastián dejó caer el pie al suelo.

—¿Te molesta que no te avisara? Querías el resultado, no el permiso.

—Me molesta que intentes crear un feudo propio dentro de mi empresa.

—Augusto se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio con esa compostura que era más amenaza que cualquier grito—.

El día que dejas de compartir información conmigo, dejas de ser un activo y te conviertes en una amenaza.

No te puse a competir con tu primo para que fueras libre.

Te puse para observar cómo te movías bajo presión …

y cuánto eras capaz de entender sin que nadie tuviera que explicártelo.

Sebastián soltó una risa seca.

—Claro. Quieres que nos despedacemos por el puesto, pero con el mando a distancia en la mano. Quieres ver la sangre, pero solo si tú decides cuándo empieza el asalto.

—Exactamente —admitió Augusto, sin vergüenza—. El poder no se basa solo en resultados. Se basa en lealtad al sistema y el sistema soy yo. No estoy para aguantar tus rebeldías de adolescente. Hay demasiadas piezas delicadas moviéndose alrededor de Lumbre para que empieces a improvisar por ego.

Sebastián se puso de pie.

—No es rebeldía, padre. Es eficiencia. Pero entiendo el mensaje: prefieres que Alejandro entorpezca la operación con tal de no perder el hilo.

Augusto se enderezó y se ajustó la chaqueta con frialdad insultante.

—No es eso lo que quise decir y lo sabes. La próxima vez que te guardes una carta, asegúrate de que yo ya la haya visto primero. Si no, no estarás compitiendo contra tu primo. Estarás compitiendo contra mí. —Hizo una pausa—. Y esa es una guerra que no estás listo para perder.

—Hay algo más —dijo Sebastián.

Augusto lo miró con atención distinta.

—Hablé con Paula hace un par de semanas —continuó el joven, sosteniéndole la mirada—. Me dijo que se viene una pelea respecto a Andrés. Quiero saber por qué me enteré por ella y no por ti.

Augusto no respondió enseguida. Fue hacia la ventana y miró hacia afuera antes de hablar.

—Paula tiende a dramatizar.

—No —lo cortó Sebastián con firmeza—. Paula tiende a decir la verdad cuando el resto de esta familia ya decidió evadirla.

Un músculo se tensó en la mandíbula de Augusto.

—Los médicos han sugerido revisar el protocolo —señaló con un tono de voz más bajo que el utilizado hasta el momento—. Han planteado valorar medidas que hasta ahora no se habían considerado.

Sebastián lo miró fijo. El silencio cayó entre ambos. Augusto volvió a mirar hacia la ventana antes de hablar.

—Quieren desconectarlo —pronunció al fin. La voz le salió ronca y eso fue lo que sonó más dramático.

Sebastián bajó la vista un instante, apenas el tiempo suficiente para gestionar la frustración y la desazón que lo invadía cuando tenía que afrontar la situación de Andrés.

—Llevan años preparándonos para esa posibilidad —admitió Sebastián con frialdad calculada—. Los médicos no sugieren esto porque se hayan rendido. Lo sugieren porque es lo que la evidencia lleva años indicando.

—Andrés sigue vivo.

—Sí. —Sebastián no alzó la voz—. Y ese hecho no va a cambiar lo que los médicos tienen que decirte en esa reunión.

Augusto lo miró con la fijeza de quien está midiendo cuánto terreno ha cedido sin querer.

—No voy a discutir esto aquí.

—No te estoy pidiendo que lo discutas. Te estoy pidiendo que vayas a esa reunión y te muestres abierto a lo que tengan que decirnos.

Augusto dio un paso hacia él, acortando la distancia.

—Es mi hijo.

Ahí estaba. El presidente había desaparecido. Solo quedaba el padre. Sebastián tragó saliva, pero no retrocedió.

—También es nuestro hermano.

—No me hables como si no lo supiera —advirtió Augusto, entornando los ojos.

—Entonces deja de actuar como si solo tú tuvieras derecho a decidir qué se hace con este dolor.

—No es dolor lo que estoy gestionando —rebatió el hombre, enderezando el torso—. Es esperanza.

Sebastián soltó una risa breve, sin humor.

—La esperanza terminó hace años —sentenció con crudeza—. Lo que estás gestionando ahora es negación.

Esta vez el silencio fue tenso y triste. Augusto apartó la mirada, un segundo. Recogió los guantes del escritorio con movimientos controlados.

Sebastián pudo decirle mucho más, que Paula estaba agotada, que su madre estaba rota y que Augusto llevaba demasiado tiempo utilizando la pared de su apellido e influencia para esconder el miedo.

Podría haber soltado muchas más palabras, así como Augusto soltaba las suyas, buscando cualquier resquicio que pudiera usar cuando alguien se la mostraba.

Así que se detuvo ahí.

Augusto se puso los guantes con una lentitud insoportable. Cuando llegó a la puerta ya había recuperado la frialdad que usaba como armadura.

—El tema de Alejandro sigue abierto —dijo sin girarse—. Espero que lo recuerdes.

—Por favor, recuerda que Andrés no es una batalla que puedas ganar por agotamiento.

Su padre asintió una vez, sin mirarlo, y salió.

El encuentro con su padre le había dejado ese cansancio que no venía del esfuerzo sino de la repetición. Augusto seguiría siendo Augusto. Eso no iba a cambiar en esta oficina ni en ninguna otra.

Volvió a concentrarse en el proyecto Aurum, pero su pensamiento volvió a Lumbre y en como notaba un cambio de perspectiva respecto al lugar.

¿Y si el problema no era que Lumbre resistiera al proyecto, sino que Lumbre no sabía que podía darle al proyecto?

El pensamiento era apenas una incomodidad que se parecía peligrosamente a una idea.

Tomó la chaqueta del respaldo, salió de la oficina y llamó a Camila desde el umbral.

—Cancela lo que queda de la mañana.

Ella asintió y volvió a su pantalla.

—Una cosa más —dijo Sebastián antes de salir. Ya tenía la mochila al hombro—. Quiero un informe completo de todo lo que haya encontrado el investigador sobre los lotes aledaños a Lumbre.

Camila levantó la vista del portátil.

—¿Algo en particular?

Sebastián dudó un instante.

—No lo sé todavía. —Se pasó una mano por la mandíbula—. Pero siento que hay cosas que no encajan.

Ella lo observó en silencio unos segundos.

—¿Quieres que revise negociaciones anteriores? ¿Empresas, intermediarios, movimientos congelados?

—Todo y fíjate especialmente en las fechas. Quiero saber desde cuándo empezó realmente el interés por esa zona. No cuándo apareció oficialmente el proyecto.

—Te tendré algo esta noche.

Sebastián respondió con un leve movimiento de cabeza y salió.

En unas horas volvería a ser Torres y últimamente, convertirse en otra persona empezaba a resultarle demasiado fácil.