Dirty (Los Rebeldes MC nº 6) Capítulo 17
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Capítulo 17

Holly – Dos días después

—Muy bien, peques, poneos en fila, que ya es hora del recreo —digo mientras dejo el rotulador en mi escritorio al sonar el timbre.

Mis alumnos se levantan y las sillas chirrían contra el suelo, justo cuando alguien llama a la puerta.

Miro y veo a la Sra. Trivers, la recepcionista, asomando la cabeza en el aula. Frunzo el ceño un poco.

Nunca viene a mi clase; siempre va a la de la Sra. Jones, a la mía jamás.

—Eh, Holly, la señora Violet quiere verte cuando los niños salgan al patio —dice sin mirarme a los ojos, lo que aumenta aún más mis sospechas mientras un mal presentimiento me revuelve el estómago.

Me siento así desde la llamada de mi padre sobre la tía Lyra, desde que casi me detienen y mi novio no me dejó tomarme el respiro que necesitaba para decidir si es buena idea meter a nuestros hijos en todo este lío.

Le quiero, que quede claro, y quiero luchar por él, pero nuestros hijos tienen que ir primero.

Asiento y vuelvo a mirar a los niños, que están todos en fila perfecta, y no puedo evitar sonreír. Desde el pasillo se oyen los gritos de la Sra. Jones a sus alumnos, y me estremezco.

Lo he dicho y lo repito: no debería ser maestra.

Niego con la cabeza y digo:

—Venga, mis pequeños gremlins, seguidme —y todos se ríen, lo que hace que mi sonrisa se ensanche.

Me giro y veo a la Sra. Trivers, que sonríe a los niños antes de apartarse. Juro que la oigo murmurar «Esa gente está muy equivocada» mientras guío a mis alumnos hacia la puerta lateral, tres aulas más allá de la mía. Frunzo el ceño, confundida.

Me aclaro la garganta y asiento para que los niños salgan mientras abro la puerta.

—Aseguraos de jugar bien —digo, justo cuando Lyra me abraza, y luego Caleb. Me río viéndolos alejarse.

El Sr. Saint ya está fuera, así que sé que no están solos mientras voy a la oficina.

En cuanto me saluda con la mano, me giro y sigo a la Sra.

Trivers. No me pierdo la sonrisa burlona de la Sra.

Jones mientras camina hacia la puerta, con sus alumnos correteando y gritando, lo que demuestra que el efecto de los pocos días que pasaron conmigo ya se ha esfumado.

¿Por qué de repente se me encoge el estómago?

Trago saliva con dificultad y sigo a la recepcionista hacia el despacho de la directora, pero me tenso al acercarnos a la multitud que tengo delante.

Hay al menos cinco padres enfadados. Ninguno tiene hijos en mi clase; todos los tienen en la de la Sra.

Jones. Pero lo que me hace maldecir para mis adentros es ver a Cheryl, que claramente ha salido bajo fianza, plantada en primera fila con una sonrisa burlona, llevando unos pantalones cortísimos, tacones altos y un top corto. En un colegio.

—Y aquí viene, la profesora que favorece a su propia hija y usa a mi hijo para llegar a su padre —afirma, y levanto una ceja mientras todos me miran enfadados.

Vale, así que la mujer está como una cabra y claramente no me escuchó la otra semana cuando me presenté como la Srta. Robins, no como la Sra. Jones.

—Saben que no doy clase a ninguno de sus hijos, ¿verdad? —pregunto mirando a los padres. La Sra. Trivers resopla, pero lo disimula con una tos.

Una madre de pelo oscuro y ojos azules frunce el ceño y pregunta:

—¿Usted no es la Sra. Jones?

¿Me sorprende que ninguno de estos padres haya conocido a la profesora de sus hijos? No, en absoluto. Normalmente, la Sra. Jones deja que su auxiliar —que en mi opinión debería ser la profesora de esa clase— se haga cargo a partir de las tres.

Niego con la cabeza y respondo:

—No, soy la Srta. Robins.

Otra madre ahoga un grito.

—¡Usted es la profesora que mi hija quiere tener! Pero la señora Violet me explicó que su clase está llena.

Le dedico una sonrisa cortés a la mujer mientras un hombre da un paso al frente y pregunta:

—Si nuestros hijos quieren estar en su clase, ¿por qué está usted aquí y no la Sra. Jones, que es contra quien van las acusaciones?

Cheryl palidece y me río.

—Porque a esa mujer, que claramente ni siquiera sabe mi nombre aunque me presenté ante ella —señalo a Cheryl con la cabeza—, no le gusta que esté con el padre de su hijo, al que nunca ve, por cierto.

Además, está incumpliendo su fianza al acercarse a mí después de que hace dos días intentara que me detuvieran por secuestro y acabara haciéndole daño a mi hija.

Los padres ahogan un grito mientras miran a Cheryl. Niego con la cabeza.

—Yo nunca favorezco a ningún niño. Si lo hiciera, sus hijos llegarían a casa quejándose cuando les doy clase, pero me imagino que no es así.

Lo siento, pero les han hecho perder el tiempo por culpa de una mujer que quiere arruinar no solo mi vida, sino también mi carrera, todo porque un hermano al que intentó cazar no le hizo caso.

El hombre mira a Cheryl con dureza cuando digo «hermano», y ella retrocede un paso. Justo entonces sale la señora Violet, con el traje impecable pero el rostro crispado de rabia.

—Srta. Robins, ¿puede pasar a mi despacho, por favor? —exige con voz cortante.

Levanto una ceja y cruzo los brazos sobre el pecho, plantándome en el umbral.

—La verdad, prefiero tener esta conversación con testigos —respondo con firmeza, porque ya veo por dónde van los tiros, todo por culpa de la mujer que tengo delante.

Los padres se yerguen y se giran hacia la directora, que fue muy amable conmigo cuando empecé. Ahora parece que va a matar a alguien, y supongo que las acusaciones de Cheryl son las que la han puesto en mi contra, aunque todos los niños han suplicado estar en mi clase.

¿He dicho que tengo un mal presentimiento? Porque creo que estoy a punto de perder el trabajo por culpa de habladurías.

—Eh... muy bien —tartamudea, claramente desconcertada.

Se aclara la garganta y dice—: Ha habido acusaciones de padres y de otra profesora.

Afirman que ha iniciado una relación con el padre de un niño de su clase.

También dicen que está favoreciendo a ese niño para asegurarse de que su padre siga con usted.

Por esa razón —me lanza una mirada de pesar—, voy a tener que suspenderla mientras se investiga.

Me trago el bufido. Mientras se investiga, ¡y un cuerno! ¿Qué pasó con lo de inocente hasta que se demuestre lo contrario?

Asiento mientras Cheryl sonríe de oreja a oreja, convencida de que se está saliendo con la suya, sin darse cuenta de que, primero, la van a detener otra vez, y segundo, el colegio se está buscando una demanda.

—En mi contrato no hay nada que me prohíba tener una relación con el padre de un alumno.

Y para que conste, señora Violet, doy clase a mi propia hija, como usted sabe perfectamente por el trato que recibió en la clase de la Sra.

Jones. Si hubiera favoritismo, ya le habría llegado alguna queja —digo con firmeza.

Ella suspira, claramente sin esperar una pelea con tanta gente delante.

—Lo siento, Srta. Robins, pero está fuera de mis manos —responde, y me río con amargura mientras miro a Cheryl y después a la directora.

—Tendrá noticias de mi abogado por suspensión injustificada —digo y sus ojos color avellana se abren de par en par—. Además, mi hija no estará en esta escuela mientras yo no esté aquí.

—Srta. Robins... —comienza, pero se queda helada cuando el rugido de los escapes resuena junto con los vítores de los niños.

Sonrío con suficiencia. ¿Me sorprende que Alex supiera que Cheryl había salido bajo fianza y vendría aquí?

No, en realidad no, pero lo que sí me sorprende es que la directora, viendo que estos padres ahora están de mi lado y no del de Cheryl, se ponga del lado de ella cuando he demostrado mi valía desde que empecé a trabajar aquí.

El rostro de la señora Violet palidece mientras confirmo: —Ese será el padre de mi alumno y sus tíos, quienes supongo que donan mucho dinero a esta escuela.

—Me arrepiento de haber venido en chándal —dice la mujer y mis labios se curvan porque sí, puedo entenderlo, los hombres del MC son extremadamente atractivos, y Cheryl frunce el ceño, pero la mujer no se inmuta.

—Srta. Robins —intenta la señora Violet, ya tratando de retractarse, pero niego con la cabeza cuando suena el timbre y escucho al Sr. Saint llamar a los niños para que se formen, y luego el sonido de varias botas resuena en el pasillo, y Cheryl retrocede lentamente mientras el miedo se apodera de ella.

¡Cobarde!

—¡Sr. Dirty! —escucho gritar a Lyra emocionada mientras inclino la cabeza hacia mi jefa, que se estremece con los ojos muy abiertos, mientras las mujeres intentan arreglarse la ropa y los hombres tratan de contener la risa.

Amo a Alex, no hay duda, siento que no puedo respirar cuando no está cerca, pero ahora mismo nuestra relación está afectando a mi trabajo, a los niños a los que enseño, todo por el rencor de su ex. No estoy segura de si podemos superar todo esto y ese pensamiento hace que me tiemblen las piernas.

Quiero luchar por él, de verdad, pero es que estamos hablando de mi trabajo, algo por lo que me esforcé muchísimo para llegar a donde estoy después de que me repudiaran.

—Mamá, mira, el Sr. Dirty está aquí —llama Lyra con voz alegre, y me giro hacia la entrada y cruzo la mirada con el hombre que amo. Sus ojos azul oscuro se entrecierran cuando capta mi expresión cautelosa, pero no dejo que se me note.

Necesito pensar un momento, y de alguna manera no creo que este hombre me lo permita. El otro día es prueba de ello, pero sí necesito pensar, aclararme la cabeza, porque esto es demasiado, especialmente cuando juré que nunca volvería a tener una relación después de todo lo de Adam.

—Sr. Lee —comienza la señora Violet, pero él la interrumpe y ruge—: Parece que hemos llegado a una fiesta, hermanos —y los hombres detrás de él se ríen.

Ice inclina la cabeza hacia mí al ver que estoy al límite y la preocupación se dibuja en sus rasgos, sus ojos me suplican que hable, pero no lo hago porque si lo hago, temo que diré algo de lo que me arrepentiré, mientras la señora Violet aparta la mirada sabiendo que será mi saco de boxeo.