Dirty (Los Rebeldes MC nº 6) Dirty – Veintidós años
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Dirty (Los Rebeldes MC nº 6)

Dirty (Los Rebeldes MC nº 6)

Por Charlotte McGinlay

© inepub.com

Dirty – Veintidós años

Prólogo

Gruño mientras ajusto los rodamientos del cuello de dirección de mi Harley, asegurándome de apretar la tuerca en su punto exacto para evitar el bamboleo de la muerte como la última vez que salí a rodar.

El sudor me cae por la frente, tengo el pecho jodidamente empapado por el calor que hace aquí dentro, la radio suena a todo volumen por los altavoces y aun así me invade la paz, como siempre que estoy en Rebel's Motors, un taller en el que trabajo desde los diez años, cuando me dio por arreglar cosas o, como lo explicaba mi padre, por romper cosas para intentar arreglarlas.

Me acuerdo de cuando le rompí la motosierra y sonrío mientras me aparto de la moto y cojo el agua, recorriendo con la mirada la habitación en la que he pasado la mayor parte de mi infancia.

Me encanta este jodido lugar, por eso invertí mi herencia aquí.

Me hice con la mitad de la propiedad del club porque me encanta ensuciarme las manos, de ahí mi nombre de carretera, Dirty, que, lo creas o no, me puso mi madre después de que restregara aceite por todas sus toallas de invitados.

En su defensa, eran blancas, aunque teniendo en cuenta que su marido era mecánico y hermano del club, cualquiera pensaría que lo entendería.

Le doy unos tragos al agua, disfrutando del frío mientras me invade la paz. Desde pequeño siempre supe que acabaría siendo hermano de los Rebels MC, el club de moteros en el que crecí y donde la lié parda más de una vez.

Siempre supe que me haría cargo de Rebel's Motors y que sería el tesorero del club porque se me dan de puta madre los números, mientras que mi hermano de sangre Ace, que sacaba sobresalientes en el instituto —de ahí su nombre de carretera, por si mamá pregunta algún día—, será el secretario del club.

En realidad se lo ganó porque el muy cabrón es un as ligando con las tías y tuvo suerte de que no le pusieran el nombre de «jugador», aunque si hubiéramos ido por ahí, joder, mamá nos habría despellejado vivos.

Niego con la cabeza al acordarme de una tía que salía llorando de su habitación en la sede del club esta mañana, sin creerse todavía que él le hubiera dicho la noche anterior que sería solo un polvo.

Todo estaba decidido para mí, para mi hermano, joder, incluso para todos los mocosos del club con los que crecí. A mí me encanta el camino que me marcaron porque ya era mi pasión, pero a otros hermanos no tanto.

Doc, nuestro futuro presidente, mi colega que está estudiando medicina para ser médico de urgencias, lleva aguantando a su padre quién sabe cuánto tiempo, empeñado en que se líe con la hija del senador por alguna venganza.

Siempre se ha resistido a su viejo a pesar de querer complacer a los hermanos del club.

Y luego está Tank, nuestro futuro ejecutor, mientras que a Stone, nuestro futuro vicepresidente, le obligan a seguir casado con su mujer, Elise.

Ella dijo que estaba embarazada de él después de ver que Trigger se había casado con su novia de toda la vida, Ashley, cuando ella se quedó embarazada de Cole en el instituto.

Aunque siendo justos, Trigger siempre iba a casarse con Ash, el muy cabrón la marcó como suya justo antes de cumplir once años, pero le gusta mirar a otras, y está claro que se pregunta si se ha perdido algo por haberse comprometido con Ashley tan joven.

Solo espero que no haga ninguna gilipollez y lo joda todo. Ash es un encanto y lo quiere con locura, como si le fuera la vida en ello, y encima su familia la rechazó por estar con él.

En fin, Stone está en un matrimonio sin amor y su mujer va por ahí pavoneándose como si le hubiera tocado la lotería mientras se tira a otros.

Y Tank, bueno, joder, nunca aparece por el club a menos que tenga que hacerlo, lo cual es raro de cojones, pero nunca le preguntamos.

Está cuando hace falta, aunque está claro que solo se unió al club por Doc.

Así que algunos hermanos están contentos con cómo les ha ido la vida, con el camino que nuestros padres querían que siguiéramos; otros, no tanto. Pero siendo justos, mis padres fueron la hostia mientras crecía.

Niego con la cabeza mientras dejo la botella de agua en el suelo justo cuando baja la música, y miro hacia el mostrador de recepción pensando que será mi padre, pero sonrío al ver lo que tengo delante.

Dolly, con los pantalones más cortos que he visto en mi vida, me mira como si fuera su próxima comida y sí, la polla me da un tirón.

Dolly es una puta del club, pero no de las que limpian la sede mientras estudian una carrera —de esas tenemos varias, y se supone que ella también debería hacerlo para ganarse el sustento—; no, ella es una cazaparches de la cabeza a los pies.

Lo presume sin ningún pudor y normalmente los hermanos pasarían de ella por su comportamiento, ya sabes, el numerito de novia celosa cuando otra tía te muestra interés solo porque te la has tirado.

Como si fuera tu dueña. Pero hace unas mamadas increíbles, y prefiero a las que van de frente, no como mi ex, Cheryl, que era una puta mentirosa.

Cheryl y yo nos conocimos hace dos años, y me importó una mierda que trabajara en Rebel's Honeys, el club de striptease del MC. Sabía que solo intentaba salir adelante, sin padres ni hermanos.

Estaba sola y pasándolas putas, y joder, de verdad pensé que era amor, lo pensé aunque no sentía esa necesidad imperiosa de abrazarla y no soltarla nunca, como mi padre me dijo que sentiría. Pero joder, era joven.

No había estado con nadie antes que ella, lo cual sí, ya sé que es flipante que un hermano siga siendo virgen a los veinte.

O sea, no me malinterpretes, hacía que las tías se corrieran, me la chupaban como Dolly, que ahora mismo se acerca mordiéndose la uña.

Pero nunca me metí dentro de ninguna porque crecí rodeado de sexo, viendo a hermanos tirarse a otras que no eran sus viejas y joder, incluso viendo a las viejas tirarse a otros hermanos cuando sus hombres no les hacían caso.

Quería algo real, como lo que tienen mis padres, y pensé que lo tenía, o bueno, me dejé creer que lo tenía.

Cheryl era dulce y dócil cuando nos conocimos.

Mi padre me llevó a Rebel's Honeys para que entendiera los libros de cuentas y estuviera listo para hacerme cargo de las finanzas del club.

En cuanto nuestras miradas se cruzaron mientras ella servía copas, a ella se le iluminaron los ojos y yo me quedé embobado con los suyos.

Al poco rato ya estábamos enrollándonos en el pasillo mientras mi padre se tomaba una copa en la barra.

Ella sabía que no me había tirado a nadie más y me contó que solo se había acostado con un tío, que no quería hacerlo pero la soledad la empujó a ello, y que quería una vida conmigo.

Me tocó las pelotas con mis sentimientos y mis ganas de encontrar a la persona con la que pasar el resto de mi vida, como un imbécil, y piqué como un pardillo.

Estaba listo para reclamarla, convencido de que su coño era mágico.

Joder, le di mi virginidad, así que claro que tenía la mente nublada.

Hasta que hace tres meses fui a recogerla y me la encontré follando con un cabrón en el cuarto trasero del club de striptease por dinero extra, con las piernas abiertas por encima de la cabeza mientras fingía gritos de orgasmo y el tío gordo y peludo la embestía sin parar, gruñendo de placer. Me quedé de piedra.

En lugar de sentirme destrozado, me sentí cabreado porque me di cuenta de que era una cazaparches, sobre todo después de que Conners, el portero, me dijera cuando salí hecho una furia que se tiraba a tíos constantemente.

Cheryl me seguía de cerca suplicándome que la dejara explicarse, lo cual era de risa teniendo en cuenta que seguía en pelotas con la corrida del tío chorreándole por los muslos.

En ese momento nunca me había alegrado tanto de haber usado siempre condón con ella, lo que ya debería haberme dicho algo.

Un tío no usa condón cuando quiere algo para siempre con la chica que ve como la mujer de su vida, quiere sentirla a pelo y reza por dejarla preñada.

Nunca tuve esa sensación con Cheryl. La zorra me usó, así de simple, y yo estaba ciego, pero desde entonces me he vuelto un cabrón, bueno, para ser justos, solo he dejado que Dolly me la chupe cuando me apetece. Todavía no me he follado otro coño.

No pienso volver a cometer ese error, me niego.

—Hola, cariño... —ronronea Dolly mientras se arrodilla lentamente ante mí, lamiéndome el pecho sudoroso, y esbozo una sonrisa de suficiencia cuando mi polla vuelve a dar un tirón.

Joder, menos mal que me quité la camiseta pero me dejé el chaleco puesto.

—¿Vas a envolverme la polla con esos labios tan jugosos, guapa? —murmuro mientras paso los dedos sucios por su pelo platino y se lo agarro con fuerza para que me mire, y sus ojos color avellana se encienden de lujuria.

—Sí, señor —ronronea, y sus palabras hacen que mi polla vuelva a dar un tirón mientras me desabrocha los vaqueros.

Permanezco de pie ante ella mientras tira suavemente de la tela hacia abajo hasta que mi polla, dura como el acero, salta libre con la punta chorreando, y las ganas de follarle el coño o el culo se apoderan de mí, tensándome los huevos.

Creo que hoy podría ser el día en que me folle otro coño.

Justo cuando pienso eso, me envuelve la punta con los labios y chupa el glande morado a pulsaciones. Aprieto el culo intentando no correrme como un crío en plena pubertad.

Gimo cuando me mete hasta el fondo de la garganta, ahogándose un poco antes de chuparme con fuerza.

—Joder, qué bien se siente, nena, sabes cómo me gusta —la animo, y Dolly gime con mi polla en la boca antes de volver a chupar la punta, pasando la lengua por debajo del glande carnoso, y le agarro el pelo con más fuerza mientras echo la cabeza hacia atrás.

—¿Te gusta, cariño? —pregunta mientras lame la punta, y miro hacia abajo justo cuando se mete un dedo en la boca. Se me oscurecen los ojos de lujuria al verla chupar de nuevo la punta de mi polla mientras lleva la mano hacia atrás y me mete el dedo entre las nalgas.