Dioses de Hielo y Fuego (Saga entre hielo y fuego 3) 19 Eyra
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19 Eyra

EYRA

A los discípulos de Emberis no los reconoces por ninguna marca, ni por su comportamiento ni por su apariencia. Mantienen su lealtad oculta hasta el momento en que revelan su verdadera naturaleza.

Carta de Remond Everlight a su hija Eyra Everlight

El rítmico sonido de aleteos arrancó a Eyra de un sueño inquieto; e incluso antes de abrir los ojos, supo con inexplicable certeza que era Belgor quien volaba ahí fuera, no Zeros.

La sensación opresiva que la había mantenido despierta durante horas se disolvió en un instante, y sintió como si su mera cercanía la hubiera hecho sentirse completa de nuevo.

Desde su rescate, nunca habían estado separados por mucho tiempo, y el vacío que dejaba su ausencia la tomó por completo desprevenida.

En silencio se deslizó fuera de los frescos brazos de Lazar, se echó una manta sobre los hombros y apoyó con cuidado el peso en su pierna herida.

El ungüento de Theo hizo maravillas, porque ya no sentía nada de dolor.

Así que se puso las botas, encendió una llama en su dedo índice para iluminar el camino y se dirigió hacia la salida.

—¿Puedo hacer algo por usted? —susurró Theo, que había estado dormitando en un poste de la tienda hasta hacia un momento.

Eyra se giró y negó con la cabeza.

—Descansa un poco más.

—¿Cómo…? —Se acercó saltando por el poste—. ¿Ha… bueno… Durmió bien?

Eyra sonrió con ironía ante la incómoda pregunta. Considerando que era plena noche, la respuesta era obvia.

—Dadas las circunstancias, bastante bien. ¿Y tú? —preguntó en voz baja. No quería despertar a Lazar, pero deseaba corresponder al gesto de Theo con una pregunta propia.

—Pensaré en alguna manera de hacer la tienda más cálida —dijo él, esquivando su pregunta.

Eyra suspiró.

—No me refería a eso.

—Es mi deber proporcionarle el máximo confort.

—Esto es más que suficiente.

—¿Necesita un abrigo? —Theo no esperó su respuesta, y un parpadeo después una nueva capa de lana descansaba sobre la manta en sus hombros.

—Gracias. Lo estás haciendo excelente.

Con una sonrisa salió a la noche estrellada, donde un viento helado que antes la habría hecho volver al refugio de la tienda peinó su cabello. Ahora solo la refrescaba un poco. Por lo que parecía, su magia se había recuperado tras la liberación de Zeros.

Belgor aterrizó en la planicie helada, se deslizó y se detuvo a unos metros frente a ella.

—¿Cómo les fue?

El dragón gruñó.

—No como esperábamos.

La chica se tensó. ¿El otro dragón causó problemas? ¿Saqueó alguna aldea? ¿Mató a los otros seres de fuego?

—¿Qué sucedió?

—El dragón no aceptó a Merkan como su jinete, sino a Lyra.

El alivio que la invadió salió en forma de un suspiro… solo para jadear un momento después.

—¿Qué?

Murmuró unas cuantas maldiciones en voz baja. Su instinto le decía que había algo raro en esa mujer. Y ahora tenía un dragón. Tal vez ese fue su plan desde el principio: ganarse la confianza de Merkan y luego apartarlo.

—¿Puede Merkan recuperarlo de ella?

—Merkan está fuera de sí, como puedes imaginar. Pero no tanto como para matarla. Me parece que hay más que amistad entre esos dos.

Los ojos de Eyra se abrieron de par en par. ¿Eran pareja? Casi siempre tenía intuición para esas cosas, pero esos dos parecían ser maestros en ocultar sus sentimientos tras una fachada impenetrable.

—¿No hay otra manera de romper el vínculo con el dragón que no sea la muerte de Lyra?

—Lyra tendría que renunciar a él, y no puede, o no quiere, hacerlo.

Esas sí eran malas noticias.

—¿Dónde están ahora?

—Allí. —El largo cuello de Belgor giró y miró hacia el cielo.

La silueta de un dragón se deslizó frente a la redonda luna plateada, haciéndose más grande hasta que la tapó por completo, y poco después tocó tierra en la planicie helada.

Ambos jinetes descendieron por un costado y saltaron los últimos metros.

Eyra ya podía notar —por el modo de andar del hombre de fuego— lo enfadado que estaba. Con zancadas largas y enérgicas dejó atrás a Lyra y se dirigió hacia ella.

—¡Merkan! —lo llamó Lyra, y por primera vez Eyra pudo distinguir en su voz un sentimiento al que pudo poner nombre. Sonaba frustrada, pero no abatida.

Eyra intuía cuál sería el tema de la conversación que seguramente tendría con Merkan en cualquier momento.

Sin decir palabra, el hombre de fuego se plantó delante de ella y permaneció inmóvil. Su mera presencia envolvía todo en un silencio opresivo. El calor que irradiaba no procedía de ningún fuego, sino del resplandor de un volcán a punto de entrar en erupción.

Al momento siguiente sintió el pecho de Lazar contra su espalda. No se percató en qué momento salió de la tienda, pero su cercanía le dio la calma que necesitaba para afrontar esta conversación.

—¿Fue Lyra quien tuvo éxito? —preguntó con sequedad.

—Tienes que liberar a otro dragón —soltó él, como era de esperar.

Eyra sostuvo su mirada.

—Te prometí que liberaría un dragón para ti y lo hice. El hecho de que hayas dejado que te lo quitaran no es problema mío. —Eyra escuchó en su interior para ver si su juramento se agitaba ante esa afirmación, pero permaneció tranquilo. Sí, había cumplido su parte del trato.

Las llamas surgieron a lo largo de las manos de Merkan.

—También prometiste convertirme en el líder del escuadrón de dragones. No puedo cumplir ese papel si no tengo un dragón —gruñó.

Las yemas de los dedos de Eyra hormiguearon bajo unas chispas, pero aun así mantuvo su ira bajo control.

—Exacto, eres el líder. Entonces haz tu trabajo y asegúrate de que Lyra pase a formar parte de ese escuadrón. Es lo mínimo que puedes hacer después de haber insistido en traerla. No sé nada de esa mujer, ¡y ahora es la jinete de uno de los dragones más poderosos!

Merkan dejó escapar un profundo gruñido y comenzó a dar un paso hacia ella. Sin embargo se contuvo, o bien porque Lazar se colocó junto a ella… o porque su juramento lo frenaba. Al fin y al cabo, estaba obligado a protegerla. No le convendría retorcerle el cuello.

La chica de fuego respiró hondo. No debía antagonizar a Merkan, aunque consideraba su lealtad asegurada durante dos meses.

—Sacamos a Zeros del hielo para ver cómo reaccionarían los dragones después de su largo cautiverio —explicó con calma—.

Lyra sabía lo que hacía y cosechó las recompensas en consecuencia.

Tu tarea provisional como líder del escuadrón es, por tanto, aprender de ella para estar preparados cuando llegue el momento de liberar a todos los demás.

—Mucho más tarde, una vez que las gemas estuvieran destruidas.

Lyra, que también había llegado hasta ellos, se quedó de pie a poca distancia detrás de Merkan. Debió de haber escuchado sus palabras, pero no dijo nada al respecto. Como siempre.

—No confío en esa mujer —gruñó Lazar en su cabeza.

—Somos dos.

Cuando Merkan se alejó con un bufido, la recién nombrada jinete de dragón se dispuso a seguirlo.

—Lyra. —Eyra la detuvo. La mujer de fuego se giró para mirarla—. ¿Cuáles son tus planes? ¿Qué vas a hacer con Zeros?

Esta alzó la barbilla y la observó una vez más con sus ojos penetrantes.

—Aún no tengo planes. Pero tengo curiosidad… ¿cuáles son los tuyos?

—Quiero liberar el sur de Estraora.

—Por supuesto que sí.

Eyra apretó las manos en puños.

—¿Cuál es tu problema?

Cuando ella se dio la vuelta sin decir palabra, Eyra le lanzó una bola de fuego a los pies.

—Yo decido cuándo termina esta conversación.

Bien, no necesariamente se ganaba seguidores leales de esa manera, pero esta mujer en verdad estaba poniendo a prueba su autocontrol con una línea muy fina y resbaladiza.

Lyra se giró de nuevo a cámara lenta.

—¿Qué quieres de mí?

—Nunca fue el plan que ese dragón te sirviera. Ahora que lo hace, quiero calibrar mejor qué puedo esperar de ti —respondió con honestidad.

—Yo tampoco lo planeé. Pero si quieres saber si me someteré a ti, la respuesta es no.

Sí, ya había sido muy clara en ese punto. Pensándolo ahora, era sorprendente que Emberis no hubiera exigido que hicieran un ejemplo con ella en aquel momento. Hizo una pausa breve y esperó a ver si el dios hablaba, pero él también permaneció en silencio esta vez.

—Deberías matarla, y luego haremos que Merkan vuelva a escena con Zeros —intervino Belgor—. Tenías razón; no debimos haberla traído.

Eyra se resistía a asesinar a una de las suyos, aunque sin duda le costaría poco esfuerzo.

—¿Podría Theo traer uno de los sueros de la verdad que preparó Pete? —le preguntó a Lazar.

—Ya lo trajo.

Lazar le deslizó un vial en la mano y con un movimiento de su dedo, las botas de Lyra quedaron ancladas en el hielo.

La expresión de la mujer de fuego se oscureció cuando se dio cuenta que no podía moverse ni un centímetro. Intentó liberarse con una bola de fuego colocada junto a su bota, pero eso solo provocó que Lazar depositara una capa de hielo aún más gruesa.

Detrás de ellos, Zeros emitió un chillido y frenéticos aleteos quebraron el aire; no obstante Belgor lo obligó a retroceder.

Eyra se acercó.

—Bebe esto para que sepa si tú y Zeros podrían convertirse en un peligro para mí y esta tierra.

Lyra no recordaría esta conversación después. Ese era un agradable efecto secundario de esta mezcla en particular, algo de lo que Pete había estado especialmente orgulloso: permitía interrogar a las personas sin que te odiaran por ello después.

La mujer escupió a sus pies, y Eyra ni siquiera pudo culparla. En su lugar, habría hecho lo mismo.

Lazar fue menos comprensivo. El hielo trepó por sus piernas y atrapó todo su cuerpo.

—Viérteselo por la garganta.

Todo en Eyra se rebelaba contra esto. ¡Lyra era una de las suyas!

Estaba cruzando una línea que había estado segura, nunca cruzaría.

¿Adónde llevaría esto? Aunque no sabía la respuesta, destapó el vial redondo.

La única alternativa sería matarla. Pero esa era una línea que estaba aún menos dispuesta a cruzar.

Así que humedeció los labios de la muchacha con el brebaje.