6 Eyra
EYRA
A veces solo puedes salvar a alguien que amas dejándolo ir y dándole la libertad para encontrar su propio camino. Tengo que recordarme esto por segunda vez. Pero ahora, como entonces, Eyra no está sola.
Diario de Remond Everlight
El juramento obligó a Eyra a socializar un poco después de la asamblea. Finalmente, incluso este cedió y le permitió retirarse. En cuanto su cabeza tocó la almohada, se quedó dormida. Pero cuando Saul y Patricia se deslizaron dentro durante la madrugada, despertó.
—¿Dónde estaban?
Miró hacia la tercera cama, vacía. Naran había conocido a unos hombres de fuego de su edad y se había ido con ellos a la calle Senter. No le gustaba que aún no hubiese regresado.
Saul se mantuvo en silencio y guio a Patricia —bastante inestable—, hasta su catre. Parecía como si también hubiera estado en la calle Senter y hubiera bebido de más.
—¿Está todo bien?
—Sí —respondió él a secas.
Eyra se incorporó en su cama.
—Tenemos que hablar, Saul. Esto no puede seguir así.
Él resopló.
—Adelante, oblígame a tener esta conversación.
Eyra podía entender su frustración.
—Lo siento —dijo de nuevo, aunque incluso para ella la disculpa sonaba hueca. Porque si pudiera retroceder en el tiempo, lo obligaría a huir de nuevo.
—Los dos sabemos que no lo sientes —replicó su compañero, dando en el clavo. Su voz fría la hizo estremecer.
—Ponte en mi lugar por una vez, Saul. Por favor. —Eyra contuvo su fuego, cuando habría preferido grabar la verdad directo en su corazón.
—¿Quieres decir que debería imaginar tener dos compañeros que son un lastre? —preguntó en un tono completamente impasible.
Los desterró a él y a Noah del castillo con el argumento de que podía defenderse mejor sin ellos.
Y con razón. Habría estado mucho menos concentrada si también hubiera tenido que preocuparse por la seguridad de sus otros dos compañeros.
Y aunque lamentaba haber golpeado a Saul en su punto más sensible, estaba igual de cansada con su orgullo herido.
—Habría preferido que hubieras entrado en razón y te hubieras marchado de inmediato. Pero eso significaría que confías en mí y en mis habilidades.
—Quería ayudarte —respondió con simpleza, y le quitó el abrigo a Patricia, que miraba al vacío con expresión ausente.
Cielos, ¡cómo le ponía de los nervios esa calma! No se podía discutir con los elfos invernales, salvo que se llamaran Lazar.
—Esa ayuda te habría llevado a la tumba, Saul. ¿Por qué no puedes verlo?
Este apretó tanto los dientes que los músculos de su mandíbula temblaron y no contestó.
En silencio, observó cómo Patricia se tumbaba en su cama sin siquiera quitarse la ropa, y cómo Saul le quitaba las botas de los pies. Solo ahora Eyra se fijó en los ojos enrojecidos de la mujer de fuego.
—¿Qué le pasa a Patricia?
—Su mundo se acaba de derrumbar.
De repente, su discusión quedó olvidada.
—¿Se lo contaste?
—Sí.
Eyra vaciló entre la preocupación y el alivio. Por razones obvias, ella no había podido hablar con Patricia y se alegraba de que Saul hubiera asumido este problema.
—¿Fuiste cuidadoso? Si Emberis estaba con ella…
—No lo estaba —la interrumpió.
—¿Y bien? ¿Todavía podemos confiar en ella?
—Definitivamente.
—¿Así que no sabía que Emberis sirve a las fuerzas malignas?
—No, no tenía ni idea.
¿Tenía que sacarle cada detalle con cuchara?
—¿Y por eso se emborrachó?
—No. Por eso hizo que Madame Moryena cortara su conexión con Emberis.
Eyra jadeó.
—¿Se puede hacer eso? ¿Así sin más?
—No, Eyra. No se trata solo de «así sin más».
¡Arrrgh, Saul la estaba volviendo loca! Su fuego aumentó, pero San Saul de Eisenburg lo notó, por supuesto, y le envió una brisa fresca, lo que solo la enfureció aún más. No debería acudir en su ayuda sino desahogar su propia ira. ¿Cómo iba a despejarse el ambiente si no había tormenta?
—¡Déjame ayudarte! —susurró él en su mente, después de que su calor hubiera aumentado más.
Eyra dejó escapar un gruñido silencioso y permitió que la enfriara.
Una vez estuvo lo bastante fresca, se acercó a Patricia y la miró desde arriba. Su amiga tenía los ojos cerrados; su pecho subía y bajaba de forma acompasada.
—¿Y estás seguro de que renunció por completo a él? —Quería creerlo, pero también podría ser una estratagema para recuperar su confianza con falsas pretensiones.
—Sí, estoy seguro.
Eyra confiaba en su juicio, y parte de su carga se alivió. Había estado tan consumida por todos sus otros problemas: siguiendo adelante y no permitiéndose sentir. Solo ahora se daba cuenta de cuánto la afectó la idea de que Patricia estuviera en el campo enemigo.
—¿Y la bruja pudo cortar ese vínculo?
—Sí. Y antes de que preguntes, no lo conseguiría contigo. El poder del Rubí de Fuego es demasiado fuerte. Pero Madame Moryena intentará obtener información que pueda ayudarnos.
La esperanza que surgió en ella se derrumbó de inmediato.
—Si ha renunciado a Emberis, él me exigirá que la aleje. Debería adelantarme para que no haya dudas sobre mi lealtad.
Saul puso los ojos en blanco, y ella ya se estaba preparando el comentario sobre lo experimentada que estaba en alejar a sus confidentes, pero, para su sorpresa, no llegó.
Este, sin duda sería el peor momento para hablar con él sobre su plan.
Habría preferido resolver primero su pelea.
Pero Saul se aferraba a su enfado, y la conversación no podía posponerse por más tiempo.
Así que no tenía más remedio que mencionar, a pesar de sus problemas, que él también tenía que irse.
Y no solo porque Emberis lo exigiera. Lo necesitaba en otro lugar.
—He perdido tu confianza y espero recuperarla algún día. Pero, aunque no me hayas perdonado, tengo que pedirte algo.
Saul permaneció en silencio y, con un breve asentimiento, la instó a continuar.
Lazar ya le había contado bastantes cosas, y era hora de ponerlo al día.
—Le dije a Emberis que planeamos derrocar a Lorelai para que, con la ayuda del Cristal de Hielo, Lazar pueda acabar con el invierno en el sur y volver inofensiva la Gema de los Elfos Invernales para siempre.
Hice un juramento divino sobre ese plan.
Elegí mis palabras de modo que otro plan también encajara con ellas: no destruiremos el Cristal de hielo haciendo que Lazar omita un contrahechizo, como le hice creer a Emberis.
Queremos arrojarlo a él y sus tres contrapartes a la Fuente de la Creación y así destruir las cuatro gemas.
—Sabía todo, excepto el juramento. —La nuez de Adán de Saul subió y bajó mientras tragaba con dificultad—. Lazar no quiso decir cuál sería mi papel en esto. Pero tengo una idea.
—¿Y cuál es?
—Se supone que debo rastrear una de las otras gemas.
—Eso es lo que esperaba, sí.
—¿Las fuerzas del bien ayudarán a expulsar el invierno del sur después?
—Sephos lo proclamó a través de una profecía:
El blanco hará que los colores caigan.
Para vencer a la más fuerte de las gemas,
tres piedras de color deberán hallar,
sin que se retraigan,
y unirlas en la Fuente de la Creación a blanco sin problemas.
Si el Cristal de Hielo ese poder llegara a tocar,
todo el mundo su fuerza sentirá sin dudar.
Y entonces en el sur de Estraora reinará la calma,
sin invierno perpetuo, ni gema que la reclama.
—Bien. ¿Y quién te enfriará cuando pierdas el control? —Por muy enfadado que estuviera, su constante preocupación por ella, al parecer, no había disminuido.
—Con suerte, Lazar recuperará su equilibrio. Practicaremos.
—¿Y supongo que debo encargarme de la esmeralda del bosque?
—Así es.
Una vez más, Saul la mantuvo en vilo con su silencio. Por fin, la liberó con otro brusco asentimiento y la despidió de la conversación con un escueto:
—Bien.
Le resultaba difícil dejar que Saul se marchara estando en desacuerdo, sobre todo con tantos peligros esperándoles y sin saber si volverían a verse.
—Odio que te vayas solo.
—Me las arreglaré. —Dio un paso hacia la palangana de agua siempre caliente y sumergió sus manos.
—¿Podrías llevarte a Patricia? —Eso la haría sentir mejor. Así podrían cuidarse el uno al otro.
—Creo que ahora mismo tiene otras cosas de las que preocuparse que lidiar con una de las gemas.
—Podría distraerla.
—Habla tú con ella. Si quiere venir, por supuesto que la llevaré.
—No puedo hablar con ella sobre eso. Nosotras no tenemos ningún…
—Sí puedes, ahora que ya no tienes que desconfiar de ella —la interrumpió.
Eyra dudó. Los vínculos mentales podían ser muy caprichosos, al menos para ella. Saul parecía tener menos problemas con ellos; por decepcionado que estuviera con ella, aún podía mantener una conversación mental. Quizá fuera por su vínculo como compañeros.
—Lo intentaré.
—Hazlo.
Un destello en el borde de su visión distrajo a Eyra.
Fayette estaba sentada en la almohada de Noah, estirándose.
—¿Hay alguna fiesta hoy que yo desconozca? ¿O por qué están despiertos?
—No, nadie está celebrando excepto Naran. Solo me despertaron Saul y Patricia.
—¿Por fin has hecho las paces con Saul?
—No. Y antes de que preguntes: no es culpa mía. He perdido la cuenta de las veces que ya me he arrastrado.
—Pues sigue arrastrándote. No me gusta cuando hay peleas en mi familia.
—Si al menos lo soltara de una vez… —murmuró Eyra.
—Por cierto, hablé con Noah. En cuanto esté recuperado, partiremos hacia Oritea.
Maravilloso. Eso le ahorraba la siguiente conversación. No habría sido ni de lejos tan agotadora como la de Saul, pero estaba cansada de hablar en ese momento.
—Gracias. Puedo contar contigo, Fayette —Eyra se tumbó en su jergón.
—Siempre, cuando se trata de cosas importantes. ¿Crees que sería un problema si volara hasta nuestro padre para que me cuente todo lo que sabe sobre las gemas? ¿Se daría cuenta tu dios?
—No es mi dios.
—Ya estás tan susceptible como Saul. ¿Se te estará pegando?
Eyra suspiró.
—Belgor dijo que las fuerzas malignas solo pueden seguir a sus propios discípulos. Así que solo tienes que tener cuidado cuando yo esté contigo. En cuanto estés con mi padre, deberían poder hablar sin ninguna dificultad —Eyra se recostó de lado.