Dioses de Hielo y Fuego (Saga entre hielo y fuego 3) 5 Patricia #2
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5 Patricia #2

—Me importa un bledo a quién pertenezca Nevalis —le espetó. Su fuego amenazaba con explotar dentro de ella, avivado por su horror—. Vete. —No lo miró. Él solo era el mensajero; lo sabía, pero lo odiaba en ese momento por esta verdad, porque no había nadie más a quien odiar en su lugar.

—Patricia…

—Entonces me iré yo. —Tenía que hacerlo. Porque por primera vez en su vida, no estaba segura de poder controlar su poder.

Giró sobre sí misma y se precipitó hacia un callejón estrecho flanqueado por dos muros desnudos y deteriorados.

Su calor se extendió como una ola, derritiendo la escarcha de las piedras.

Las paredes a ambos lados comenzaron a brillar cada vez más, y el tenue resplandor en el aire distorsionaba su visión.

Con una respiración profunda, casi liberadora, las llamas brotaron de su interior y se intensificaron, alimentadas por su desesperación y su ira.

Con un sonido de dolor, se inclinó hacia delante y dejó fluir el fuego.

Como un torrente imparable, recorrió las paredes y despojó el camino de toda la nieve.

La presión en su alma se alivió un poco y despacio, muy despacio, las llamas disminuyeron.

Sin aliento, miró los adoquines mientras trataba de ordenar sus pensamientos. Si ya no creía en Emberis, ¿se desvanecería entonces su dominio sobre ella? ¿O estaba condenada a servirle de por vida? Como si buscara respuestas, levantó la mirada y se encontró con la de Saul.

La había seguido.

—Cálmate.

Solo cuando posó sus frías manos sobre sus brazos se dio cuenta de que su calor había aumentado de nuevo. El frío fluyó hacia ella y templó su fuego desenfrenado. Una sonrisa se dibujó en sus labios.

—Y yo que pensaba que eras infalible, ya que siempre mantienes tu fuego tan bien controlado.

—Nadie es infalible.

—Tú parecías serlo. No serías mala elfa invernal, con lo serena que eres.

—Esto… Fue la primera vez… —Negó con la cabeza.

Por lo general tenía mejor control. Por lo general tampoco se enteraba de que toda su vida la dedicó a un dios que no se preocupaba por el bienestar de su pueblo, sino por el poder que podía obtener. Porque eso es lo que se decía de las fuerzas malignas.

—Tu reacción es totalmente comprensible. Es el peor escenario posible para una sacerdotisa. —Le dedicó una sonrisa despreocupada.

Su fuego interior disminuyó un poco.

—Cierto. Esta revelación acaba de poner toda mi vida patas arriba. Considerándolo todo, me he contenido. —Intentó devolverle la sonrisa, pero se sintió forzada. Todo se sentía mal. ¿Cómo podía su vida haber dado tal giro de golpe?

—Sé lo que se siente cuando te quitan la alfombra bajo los pies. Y te lo dice un experto: la vida continúa.

Cierto. Eyra le contó la historia de Saul: pasó su vida creyendo que era el verdadero heredero al trono, y de repente era un elfo invernal común y corriente, luchando con no poder dar a su compañera la protección que necesitaba.

—Lo sien…

—Antes de que nos regodeemos en la autocompasión, será mejor que me cuentes lo que sabes sobre las fuerzas del mal y sobre Emberis. Como sacerdotisa, debes tener acceso a algún conocimiento secreto. Cualquier información podría ayudarnos.

Sabía lo que estaba haciendo. Y funcionó a la perfección; su desesperación dio paso a un tentativo impulso de actuar.

—Por desgracia, nunca he dedicado mucho tiempo a tratar con esas fuerzas. Todo lo que sé es que siguen sumiendo este mundo en calamidades. La gente les echa la culpa de las guerras y de todo lo malo que les sucede a los pueblos. Si eso es cierto, no puedo decirlo.

Naran incluso sugirió que las fuerzas malignas estaban detrás de todos los estragos que asolaban tanto sus países vecinos como Estraora. ¿Tenía razón? ¿Y qué sabía sobre Emberis que pudiera serles útil?

—Emberis es el creador del pueblo de fuego.

Se supone que los dioses solo pueden crear criaturas como ellos mismos, con todas sus habilidades, fortalezas y debilidades.

Lo mismo se aplica a las gemas que dieron a su pueblo.

Por eso siempre llevan las mismas características que su dios.

Así que podemos suponer que Emberis es similar en naturaleza a Eyra o a mí.

Solo que nuestro poder es una gota en su océano.

A Patricia le habría gustado preguntarle a Saul qué planeaba Eyra ahora, pero ya sospechaba que no la dejaría participar.

No mientras Emberis formara parte de su vida—.

¿Hay alguna manera de deshacer esta influencia?

¿Tenía que dejar su oración matutina? ¿No celebrar más ceremonias de fuego? ¿Renunciar a la magia que su dios le había otorgado en su ordenación como sacerdotisa? Cada uno de estos pensamientos hacía que el nudo en su garganta creciera.

—No lo sé.

Patricia se secó los ojos.

—Mi madre me inició en el sacerdocio. Ella habría sabido qué hacer.

¿O lo sabía? Esperaba que la respuesta fuera no. Porque la idea de que su madre pudiera haber estado consiente de todo esto y aun así haberse mantenido callada era casi insoportable.

—Quizás… —Saul caviló, acariciándose la mandíbula—. Conozco a una bruja. Vive en un distrito de lujo. Deberíamos hacerle una visita mañana por la mañana.

Era una buena idea. Después de todo, aquel arte solo empleaba magia ancestral.

También recordaba lecturas sobre rituales de brujas donde el compromiso con las fuerzas del mal se sellaba con sangre a cambio de poder.

Nunca notó la conexión con su propia ordenación como sacerdotisa, pero ahora lo recordaba con claridad: su poder creció en esa ceremonia al sellar su voto con sangre. ¡Por los altos poderes!

Patricia respiró hondo. Si las brujas eran capaces de convertir a alguien en seguidor de una deidad, tal vez podrían hacer lo contrario.

Hasta entonces, nada grave había ocurrido; ninguna de las órdenes de Emberis la había dañado a ella ni a terceros.

Él exigió la traición a su hermano para que se uniera a Eyra.

Así, ella ayudó a su amiga a asegurar el Rubí de Fuego y utilizó el nombre de Regotar para captar seguidores.

Cumplió aquellas órdenes con gusto porque apoyaba a Eyra; su amiga quería lo mejor para esa tierra.

Pero, ¿qué pasaría la próxima vez que él pidiera algo que ella no estuviera dispuesta a dar? No quería averiguarlo.

De repente, apenas podía esperar para llegar ante la bruja.

Su madre le había enseñado mucho: el arte de mantener su calor bajo control y cómo rendir homenaje a Emberis por el don del fuego otorgado.

A través de una fe inquebrantable y los rituales ígneos, aprendió a acceder al poder divino.

Incluso a prenderse en llamas. Pero, sobre todo, le grabó a fuego que el mejor momento para arreglar las cosas siempre era ahora.

Aquel recuerdo fortaleció su determinación. Se irguió, enderezó los hombros y se pasó una mano por el pelo para arreglarlo.

—¿Por qué no ahora?

—Una mujer de acción. ¡Excelente! Aunque dudo que encontremos a Madame Moryena en su tienda a esta hora.

—Podríamos intentarlo. —Quería hacer algo, cualquier cosa. De lo contrario, tendría que afrontar que lo que había creído que era su destino hasta ahora era un gran chasco.

La expresión de Saul se suavizó.

—De acuerdo. En el peor de los casos, habremos dado un paseo nocturno.

Juntos salieron del callejón. La densa nevada borraba por completo su visión, y la profunda nieve recién caída dificultaba el avance. Con cada paso se hundía hasta las rodillas, pero el esfuerzo físico le impedía perder la cabeza.

Cuando llegaron al barrio acomodado, la tormenta invernal amainó un poco, y ninguna nieve ocultaba la riqueza que reinaba hasta en los rincones más pequeños de este distrito.

Los labios de Patricia temblaron ante la vista de toda esa decadencia.

Bajó la mirada; no quería ver la amplia gama de vestidos finamente elaborados en los escaparates iluminados cuando tantos otros llevaban la misma ropa raída día tras día.

Los aromas exóticos de las tiendas de especias y la dulzura empalagosa de los perfumes caros, sin embargo, no podían ignorarse.

Con cada respiración, invadían sus sentidos.

Se sintió aliviada cuando por fin llegaron a la tienda de la bruja.

Saul miró a través de la ventana hacia el interior bien iluminado, levantó la aldaba de la puerta y la dejó caer contra la madera.

Durante un rato, todo permaneció en silencio, pero después de otro golpe, se oyeron pasos.

Se descorrió el cerrojo y una mujer diminuta con los ojos verdes de una bruja y la tez de una elfa invernal, se asomó por la rendija de la puerta.

—Tengo un cliente tardío. Por favor, vengan mañan…

—Estuve aquí con Eyra Everlight en una ocasión —interrumpió Saul a la mujer—. Ella me dijo que podía acudir a usted si necesitaba consejo. ¿Esa oferta se aplica a sus amigos? Pagamos bien. —Tocó su bolsa, y algunas monedas tintinearon.

La bruja pareció considerarlo por un momento, luego asintió.

—Vayan cien metros más allá, al número ocho. La puerta está entreabierta. Esperen en el vestíbulo; iré tan pronto como pueda.

Antes de que pudieran aceptar, la puerta se cerró con un golpe seco de nuevo. Sin embargo, Patricia no quería quejarse. Madame Moryena no los rechazo. Eso era todo lo que importaba.

Encontraron la casa que había descrito y entraron en un pasillo oscuro del que partían varios apartamentos. En silencio, se retiraron detrás de las escaleras en caso de que salieran residentes, y esperaron.

Saul se acercó a su oído.

—¿Sabes que Emberis podría exigir que Eyra te expulse si lo renuncias? —susurró.

—Entonces debería hacerlo. —En ese caso, regresaría a la base en el norte. Pero podría pensar en eso más tarde. Primero tenía que averiguar qué podía hacer la bruja por ella, si es que podía hacer algo.

—Emberis probablemente me pondrá en su lista negra también, pero puedo vivir con eso. —Saul se encogió de hombros—. Quizás sería mejor que te fueras. Eyra te necesita.

—No me necesita. Y de ninguna manera voy a dejarte sola con esto.