Dioses de Hielo y Fuego (Saga entre hielo y fuego 3) 4 Eyra
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4 Eyra

EYRA

Toda fuerza maligna busca subyugar a su pueblo y las tierras de Mirilor.

Ganar control sobre el propio pueblo es fácil en comparación; se necesita un solo seguidor lo bastante fuerte para gobernar en su nombre.

Es más difícil apoderarse de más tierras y hacer que otros pueblos se arrodillen, porque eso requiere movilizar a una nación entera.

Transcripción de una fuente histórica

Notas de Remond Everlight

Eyra apretó la mano de Lazar mientras entraban en la abarrotada cueva comunal.

Toda conversación cesó de inmediato, y dudaba que fuera por su imponente presencia.

Echó un vistazo por encima del hombro a Belgor.

La reunión se llevaba a cabo en la cueva contigua al tesoro, y el dragón se abría paso a través del estrecho pasaje.

Sus escamas blindadas raspaban contra la áspera piedra: nubes calientes de aliento brotaban de sus fosas nasales y llenaban el espacio de humo espeso.

Un rugido bajo surgió de su garganta y rebotó en las paredes de la cueva mientras su ancho pecho se atascaba en el pasaje.

Con un empujón, trozos de roca se desprendieron de las paredes y finalmente le dieron espacio para pasar.

—A veces la fuerza bruta es la respuesta —comentó Fayette, que la seguía junto con Naran y Patricia, mientras apartaba el humo de su cara con la mano.

Saul se ofreció a quedarse con Noah.

—¿Debería preocuparme que sirvas a las fuerzas malignas? Capaz estarían de acuerdo contigo —señaló Eyra.

—No en realidad. Además, tampoco me aceptarían como discípula. Los volvería locos.

Eyra reprimió una sonrisa cuando tres hombres de fuego de su edad se acercaron y se arrodillaron ante ella. Cada uno llevó una mano a su corazón e inclinó la cabeza.

—Reina.

Eyra no necesitaba esta deferencia, pero siguió el juego, ya que a Emberis probablemente le agradaría el gesto.

—Levántense.

Los hombres hicieron lo que les pidió y la miraron expectantes.

No reconocía sus rostros, lo que en verdad la sorprendió. Aunque muchos seguidores del Tren Rojo vivían en estas cuevas, conocía a la mayoría de su última estancia.

—¿Cómo se llaman?

—Me llamo Marlo y estos son mis hermanos Ignar y Gebus. —El portavoz tenía la cara tan roja como su cabello.

—¿Pertenecen a algún clan? —Eyra no sabía si todos en esta cueva se identificaban con un clan, así que mantuvo la pregunta abierta.

—Nuestros antepasados son del clan Endabor, pero incluso las generaciones anteriores a nosotros se comprometieron con Celest Vestan y sus descendientes.

—¿Por qué no los había visto por aquí?

—Nuestros padres fueron desterrados porque ya no apoyaban. Cuando oímos hablar de la liberación de Belgor por una heredera de Celest Vestan, vinimos de inmediato.

Vaya, la noticia de que era antepasada de Celest se había extendido con rapidez.

La chica recordó el relato de su padre: los seguidores de Celest Vestan robaron el Rubí de Fuego en aquel entonces y se lo entregaron mientras dormía.

¿Serían esos los padres de estos jóvenes?

Si era así, resultaba comprensible que ya no fueran bienvenidos en el Tren Rojo.

Le habría gustado preguntar, pero ese tema solo avivaría su ira por lo sucedido en el pasado, y era mejor mantener la calma en la próxima reunión.

Aunque una pequeña demostración de poder complacería a Emberis, perder el control no, y esto acechaba detrás de cada destello de ira.

—Entonces —buscó las palabras adecuadas—, gracias por su lealtad —concluyó un poco torpe.

Fayette soltó una risita.

—Eso ha sido muy hábil.

—Ay, déjame en paz.

Eyra le pidió a Moira que informara a Rubén de la hora a la que ella estaría lista para la asamblea, así que llegaron puntuales, pero no veía al otro chico de fuego entre los asistentes. Probablemente llegaba tarde a propósito, para demostrar que la gente no empezaría sin él.

Pasaron otros diez minutos antes de que apareciera. Con largas zancadas cruzó el pasillo central y se dirigió hacia ellos.

Detrás de ella se oyó un estruendo y algunas piedras se desprendieron del techo de la cueva. Al momento siguiente, sintió el aliento caliente de Belgor en su nuca.

Solo entonces Eyra se percató que estaba exactamente donde Rubén solía dar sus discursos. Bien. No se mezclaría con la multitud que abarrotaba las largas mesas del comedor.

—Rubén. —Le dedicó una sonrisa triunfal, una máscara para su público, pero un claro mensaje para el hombre de fuego. No podía tocarla.

—Eyra. —La miró a ella y a Lazar con expresión sombría, y al mirar hacia arriba se estremeció casi de manera imperceptible: parecía que el ataque de Belgor le inculcó el respeto necesario.

Ahora que Rubén había llegado, las conversaciones se apagaron y un silencio cargado se instaló en la cueva.

Eyra repasó las palabras una vez más en su cabeza.

Ella y Lazar habían pasado las últimas horas elaborando un plan en silenciosa conversación, uno que pretendían vender a la multitud, y más importante aún, a Emberis.

Un plan que les permitiría ocultar sus propios objetivos.

Le habría gustado coordinarlo con el resto de su familia, pero no había tiempo.

—Bien, empecemos —dijo, lo bastante alto para que las primeras filas la oyeran sin dificultad.

Un músculo saltó en la mandíbula de Rubén y las llamas lamieron sus dedos, pero no se atrevió a ponerla en su sitio. Sin prestarle más atención, se volvió hacia las filas de mesas.

—Belgor está libre, el Rubí de Fuego de nuevo en nuestras manos. —Rubén se acercó más a ella, como si quisiera proyectar unidad luego de proclamar aquellas palabras.

Vítores siguieron a sus palabras, y mientras la multitud celebraba esta victoria parcial, Eyra se preguntó qué se suponía que era esto.

En nuestras manos. Estaba en sus manos, más precisamente, en las de Lazar, ya que lo guardaba para ella.

Y para alguien que se había posicionado tan enfáticamente contra ella cuando llegaron, ahora se atribuía el mérito de su trabajo.

—Ahora se trata de decidir juntos cómo proceder —proclamó Rubén con grandilocuencia—. ¿Alguna sugerencia?

Eyra cruzó los brazos sobre el pecho y miró entre él y los otros seres de fuego, curiosa por saber adónde iba esto. Los comentarios que casi siempre abundaban en estas asambleas estaban, como era de esperar, ausentes. En cambio, todos los ojos se volvieron hacia ella.

En lugar de entrar en razón y ceder la palabra a Eyra, Rubén se dirigió a Belgor:

—Necesitamos liberar a los otros dragones de las Llanuras de Hielo. Han estado subsistiendo en esa prisión helada durante demasiado tiempo. ¿Serías capaz de hacerlo?

De nuevo, estallaron vítores, y Eyra tuvo que admitir que Rubén tenía agallas. Pasar por encima de ella y jugar con el honor de Belgor era osado, pero no contaba con el dragón. Belgor se giró hacia él, ladeó la cabeza y le respondió prendiendo fuego a su bota con una precisa ráfaga de fuego.

Rubén saltó hacia atrás, pero el dobladillo de sus pantalones ya había empezado a arder. Con expresión impasible y pasos medidos, agarró una jarra de agua de una de las mesas y apagó las llamas.

—La próxima vez lo mataré.

—Gracias por perdonarle hoy. —Un líder carbonizado no habría sido un comienzo particularmente bueno para esta asamblea.

Antes de que Rubén pudiera tentar más su suerte, ella decidió tomar el control.

—Tengo conocimiento sobre la Orden y la corte como ningún rey o reina de fuego lo ha tenido antes que yo. Con ese conocimiento, podemos trabajar y destruir a nuestros enemigos desde adentro.

Eyra había elegido estas palabras con gran cuidado.

El Tren Rojo necesitaba entender que ella no marcharía a ninguna batalla que costara innumerables vidas mientras hubiera otra alternativa.

Al mismo tiempo, la declaración era lo bastante contundente para saciar la ardiente sed de venganza del acalorado pueblo de fuego, o eso esperaba.

—Lorelai de Weissfels ahora está al frente de la monarquía y de la Orden.

Comanda el ejército de la Guardias Blancos y el poder del Cristal de Hielo, el mismo poder que sepultó a nuestros dragones en hielo hace siglos.

—Hizo una pausa para dejar que sus palabras calaran, pero la cueva permaneció inmóvil; solo una tos o un crujido aquí y allá rompían el silencio—.

Una guerra nos cargó con el invierno perpetuo, y una guerra no nos liberará de él.

Esta vez tenemos que hacer las cosas de manera diferente y cortar la cabeza tanto de la Orden como de la monarquía de los elfos invernales.

—¿Y cómo vas a hacer eso sin una guerra? —resonó desde las filas traseras.

—Conocemos una forma de despojar a Lorelai del poder del Cristal de Hielo. Una vez que ella esté fuera del camino, el resto será más fácil.

Una vez que el Cristal de Hielo estuviera en la Fuente con las otras gemas, la magia de Lorelai se extinguiría.

Eso frenaría a las fuerzas malignas y cumpliría la profecía de las fuerzas del bien.

Ella tampoco tendría entonces el poder del Rubí de Fuego, pero ella y Lazar aún podrían enfrentarse a una Lorelai corriente.

Todo encajaría; el invierno perpetuo sería historia. Así lo decía la profecía de Sephos.

Contrariamente a su esperanza, no llegó ningún apoyo, solo un silencio incómodo.

—Manejas el poder del Rubí de Fuego. ¿Por qué no solo te enfrentas a ella? —gritó alguien hacia el frente.

—Te guste o no, la magia blanca es superior a la magia de color. Y ni siquiera mi poder es inmune al del Cristal de Hielo.

—Deberíamos apoderarnos de los dragones y hacer que los elfos invernales paguen por estos siglos pasados —gritó un hombre de barba gris cuyo nombre olvidó.