Dimensiones del thriller oscuro 1: pack - 5 libros en 1 (Dark Thriller Dimensions) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

FAREN

Espero a que mi corazón acelerado vuelva a la normalidad y luego camino despacio hacia el montacargas. Pulso el botón de bajada. Cuando el ascensor se detiene con una sacudida brusca en la planta baja, aparto la puerta metálica.

Echo un vistazo al vestíbulo. Lo han limpiado hace poco, y voy con cuidado sobre las baldosas hexagonales que se extienden como un mar de piezas de puzle blancas.

Me pongo mi horroroso abrigo acolchado y avanzo por la acera oscura y estrecha hacia el aparcamiento trasero, temblando mientras busco las llaves a tientas.

Me meto en la tartana del VW de mi madre.

Intento no llorar porque todavía me quedan media docena de bailes que aguantar.

Echo la cabeza hacia atrás, y las lágrimas calientes resbalan por los lados de mi cara, humedeciéndome las sienes.

Trago saliva y reprimo mis emociones. Es inquietante lo bien que se me da ya.

Qué fácil resulta cuando te insensibilizas.

Conduzco hacia el nuevo local después de meter la dirección en el GPS. La flecha gira mientras aparece un cochecito de carreras en la pantalla. Sigo las indicaciones de la sexy voz británica y aparco donde me indica.

Contemplo el rascacielos con la mano aferrada a la palanca de cambios. No logro contar los pisos. El edificio parece desvanecerse en un cielo contaminado por las luces de la ciudad.

En neón plateado y brillante, el nombre parpadea ante mí: Rose Enterprises.

Por supuesto, el local de Thorn tenía que ser uno de los edificios de Mick, aunque me sorprende que sea tan descuidado después de la gran redada.

Pensé que sería más cauteloso. La vergüenza se apodera de mí.

¿Qué clase de mujer desea a un hombre que trafica con lo que trafica Jared McKenna?

Se esconde tras la fachada de multimillonario hecho a sí mismo cuando saca una buena tajada a costa de mujeres jóvenes y desesperadas.

Es enfermizo, y espero que la vergüenza justificada me estrangule. Un suspiro entrecortado escapa de mis labios. Mi brújula moral ya no apunta al norte. La guían las circunstancias y el destino, que no se ponen de acuerdo entre sí.

Permanezco sentada en el coche, con las manos aferradas al volante.

Un segundo aviso del móvil suena en el silencio y doy un respingo.

Suspirando, salgo de la fría oscuridad del interior, que me envolvía como un capullo, y camino hacia las gigantescas puertas de cristal.

Un portero me saluda con una sonrisita cómplice que me dan ganas de borrarle de un bofetón.

Paso junto a él como si no me doliera que sepa a qué me dedico.

Espero a entrar en el ascensor para ponerme la máscara de repuesto; esta noche me tiemblan las dos manos. No recuerdo dónde dejé la original. El altercado con Mick, la sorpresa de que apareciera. Es demasiado para ocultarlo. Pero de alguna manera tengo que hacerlo.

Cruzo las puertas del ascensor en cuanto se abren.

Es el local más elegante al que he ido, si es que puedo pensar en esos términos.

Lámparas de araña de cristal tallado a mano derraman su elegancia como una tarta nupcial invertida, de cinco niveles en formación triangular.

La mesa está justo debajo, en el centro, y alrededor de ella hay diez hombres.

Me acerco, pensando que los «clientes» escasean esta noche. Recorro cada rincón con la mirada buscando quién más podría estar aquí, qué otras anomalías hay.

Thorn se alza como un Poseidón en un mar letal, tendiéndome la mano. Quiero huir de esa palma extendida.

En cambio, me acerco y deslizo la palma húmeda en la suya, seca.

—Faren —dice Thorn, con una sonrisa que no le llega a los ojos.

Me arrastra tras él, y todos los hombres tienen los ojos clavados en mi trasero. Paso rozándolos. Una mano atraviesa la cortina de cuentas, que tintinean suavemente mientras camino.

—Nada de tocar —le reprende Thorn con tono juguetón.

La tensión vibra como una cuerda tirante en mi interior.

El hombre de mi primer baile golpea la mesa con una pala de subasta. —Basta de teatro, Thorn.

Jay le lanza una mirada furiosa, y Thorn sonríe con suficiencia.

Él tiene todo el poder. Yo solo soy la marioneta cuyos hilos maneja.

Quiero hablar, y Thorn lo ve en mi expresión.

—¿Qué pasa, Faren?

Odio su cara.

—Yo... —noto la intensidad de mi rubor y sé que es evidente—. ¿Por qué soy la única chica?

—Interesante pregunta —dice Thorn.

Jay pone los ojos en blanco y hace un gesto circular con el dedo.

—Acaba ya. Tus preliminares resultan tediosos.

Miro a Jay y luego vuelvo a Thorn. No sé qué está pasando. No puede ser nada bueno. Recorro con la mirada a cada hombre y noto que se me caen los hombros. Ronnie Bunce no está entre ellos. Son clientes antiguos. Jay tendrá unos treinta y tantos, pero el resto pasan de los cincuenta.

Viejos verdes. Disimulo la repulsión, pero el esfuerzo se nota.

—Faren —empieza Thorn, recorriéndome el cuerpo con la mirada como si lo conociera íntimamente.

Detesto su teatralidad. Jay entrecierra los ojos mirando a Thorn; su mirada calculadora va de uno a otro.

Thorn baja la voz. —Has sido seleccionada para un baile con subasta.

Sus palabras me golpean en el estómago. La última subasta la ganó mi padrastro. Escapé por los pelos. Esta tiene toda la pinta de ser una nueva violación.

Un hombre mayor vestido de mayordomo emerge de una esquina. Su bandeja de plata está lista, con una única tarjeta encima.

Thorn dice: —Se ha fijado una cifra de salida para esta bailarina en función de la demanda.

Me encojo ante sus palabras mientras mis ojos saltan de una cara a otra.

Observo cómo la tarjeta pasa de mano en mano. Lo que ven hace que me miren y luego se miren entre sí. Nadie habla. Un acuerdo tácito fluye entre los postores. Empieza un zumbido de excitación invisible, y me encojo. ¿Qué pone en la tarjeta?

Caigo en la cuenta de que todos han sido clientes míos. Ese es el denominador común. He intentado borrar el recuerdo de haber bailado para ellos, pero su presencia física me lo recuerda de forma brutal.

—El ganador de esta subasta obtiene todos los extras incluidos en el precio y puede pagar cinco mil más por un baile sin máscara.

Sin máscara.

Giro la cabeza hacia él bruscamente; el pelo me resbala sobre los hombros desnudos con el movimiento. —¡No! —digo, retrocediendo—. Thorn, lo prometiste.

Sé que es inútil... como si ese hombre tuviera una pizca de integridad.

Nunca he querido matar a nadie salvo a Ronnie. Pero Thorn podría ser la excepción.

Lo ve y echa la cabeza hacia atrás, riéndose.

—Nadie va a querer pagar tanto por ver mi cara, de todos modos —digo.

Cruzo los brazos, lo que inconscientemente resalta mis pechos. Todas las miradas siguen el movimiento, y dejo caer los brazos a los costados.

—Siempre puedes decir que no, Faren. Aquí nadie te va a obligar —Thorn pasea la mirada por los ojos lascivos de los hombres—. ¿Verdad, caballeros?

Murmuran su conformidad, pero sus miradas los delatan. Quieren más de lo que les corresponde.

Es para reírse. Thorn se escuda tras su posición, su coerción criminal. Busco al único cliente que podría mostrarme compasión. Mis ojos se encuentran con los de Jay y le lanzo una súplica muda.

El contacto visual se interrumpe cuando uno de los hombres se levanta y arroja su servilleta de tela sobre la mesa.

—Esto es absurdo. ¡Ninguna mujer vale tanto!

La sala queda en silencio de inmediato.

Solo el dinero puede sofocar el ruido de forma tan absoluta.

Thorn inclina la cabeza. Sus gemelos son una parodia de los de Mick. Thorn es como una copia sin profundidad. Se esfuerza tanto que lo único que se ve es artificio, no el resultado que tanto ansía.

Para mí, todo gira en torno a Mick. Lo mental, lo físico... todo.

El cliente furioso se dirige con paso firme hacia la puerta. Thorn no mueve un dedo para retenerlo, persuadirlo, engatusarlo o rogarle. Simplemente deja que uno de los pájaros se escape.

Se vuelve hacia los demás.

—Un hombre menos que pueda llevarse a esta encantadora y joven... bailarina —Thorn pronuncia «bailarina» como si dijera «puta» y me guiña un ojo.

Agacho la cabeza y las lágrimas me escuecen. No son lágrimas de tristeza, sino de pura rabia. Lo disimulo, bajando la mirada al suelo como quien tiende un cebo.

—Faren.

Respiro hondo para calmarme y alzo la mirada cargada de odio hacia Thorn.

Asiente ante mi expresión con una indiferencia absoluta hacia lo que siento.

—Comencemos, caballeros.

No sabrían lo que es ser caballeros ni aunque les mordiera el trasero.

Empiezan con la cifra atroz que debería darme náuseas y hacerme sentir como una prostituta. En cambio, despierta mi codicia por lo que puede hacer por mi madre. Veinte mil dólares podrían saldar la mitad de su deuda mañana.

«Estoy dentro», decido.

Siento como si me observara a mí misma desde lejos. Esto le está pasando a otra persona.

Entonces la puja se detiene. Un dedo se alza por última vez y luego cae con el más leve golpecito sobre la mesa circular.

La papeleta se desliza sobre la madera pulida hacia Jay.

Ha ganado. Estoy tan agradecida.

Tan resignada.