CAPÍTULO 19
FAREN
Bryce otra vez. Uno-dos-tres, resopla mientras hace sus extensiones de pierna y, por primera vez, mi mente divaga durante una sesión. Podría ser porque el Dr. Matthews me está presionando con el protocolo.
Tengo que tomar decisiones importantes sobre la radioterapia, la quimioterapia y todo lo demás.
No me gusta «todo lo demás». Sé que los tratamientos me pondrán más enferma que el propio avance del tumor. Arruinarán lo que quiero sacar del poco tiempo que me queda. No puedo permitirlo. Así que iré y firmaré formularios de exención que parecen una novela.
No quieren hacerse responsables de mi decisión.
Mi teléfono suena avisando de un mensaje justo cuando Bryce termina su serie.
Se pone de pie y coge una toalla de felpa de una percha que dice Bryce, y me lanza una mirada penetrante, mitad fulminante, mitad inquisitiva.
—Hoy no está del todo aquí, señorita Mitchell.
Se limpia el sudor de la frente y luego se pasa la toalla por los antebrazos.
No está del todo aquí...
Cierto. Definitivamente no del todo. No respondo con toda la verdad.
—Tengo cita con el médico y estoy... dándole demasiadas vueltas a las cosas.
—Ajá —dice, mirándome fijamente.
—Dolores de cabeza —le explico, y Bryce arquea las cejas hasta el nacimiento del pelo.
Suspiro.
—Ya sabes, migrañas.
Asiente, y mis hombros se relajan mientras mi mente divaga hacia cosas como quién se hará cargo de mis pacientes cuando ya no esté. Aparto el pensamiento y me aferro a la conversación.
—Sí, a mi madre le dan de vez en cuando —dice.
Nos quedamos ahí de pie, incómodos, un momento. Luego Bryce pregunta:
—¿Ya casi hemos terminado?
Yo sí.
Me sobrepongo a mis emociones.
—Sí, ya tienes casi extensión completa.
Entrecierro los ojos, pensando en lo duro que debe de haber trabajado para terminar las sesiones antes de tiempo. Arqueo las cejas.
—¿Así que has estado haciendo los deberes?
Bryce sonríe.
—¿Para esto? Sí.
Oigo la parte que no dice: no para el instituto.
—Escucha, Bryce...
Me para con la mano.
—No... no necesito un sermón sobre mi futuro de mi fisioterapeuta.
Sonrío.
—Vale.
Bryce asiente y se da la vuelta. Ya no cojea. Se gira de nuevo, y veo que se le ha encendido la bombilla de una pregunta en la cara.
—¿Sí? —pregunto.
Su mirada baja hasta mi mano. La izquierda.
—¿Es por eso que te dedicas a esto?
No la miro, pero siento el leve temblor.
—Sí.
Le sostengo la mirada.
—¿Puedo verla?
Sincero. Joven. Solo un adolescente se atrevería a ir donde los adultos no se atreven.
—Vale.
No quiero enseñársela a nadie. Nunca.
Extiendo la mano, y él se yergue sobre mí. Bryce era liniero en el equipo de fútbol americano antes de destrozarse la rodilla, y noto la enorme diferencia de tamaño entre los dos.
Volverá a jugar. Nos hemos asegurado de ello, juntos.
La mano grande de Bryce me abre la mano izquierda. Los dedos se me curvan ligeramente, pero el meñique se queda recto, congelado. La cicatriz arrugada y retorcida de la palma está ligeramente descentrada. Pasa un dedo por encima, y toda la mano me da un espasmo.
Sus ojos se clavan en los míos.
—¿Por qué hace eso?
Trago saliva.
—Es que... —me recompongo mientras él me sostiene la mano—. La herida me dañó los nervios.
Sus ojos se oscurecen.
—¿Quién le hizo esto, señorita Mitchell?
Intento quitarle hierro al asunto.
—Pensaba que me odiabas.
Le dedico una pequeña sonrisa, y él frunce el ceño. No pica.
Bryce niega con la cabeza.
—No, nunca. Odiaba la terapia.
Asiento. Lo sabía. Vuelvo a tragar saliva.
—Mi padrastro.
—Dios —susurra horrorizado.
Mira mi mano destrozada; una masa de carne rosada en carne viva nos devuelve la mirada.
Es bastante horrible, expuesta al escrutinio de un adolescente que solo se queja de no poder jugar al fútbol americano.
—¿Puedes usarla? —pregunta.
No mucho.
—Sí, algo.
Su ira es palpable. Carga el aire entre nosotros y lo convierte en una trinchera espesa de emoción.
—¿Dónde está ese imbécil?
Me echo a reír, y él me suelta la mano.
—¿Imbécil, eh?
Sonrío, y la tensión se evapora.
Responde, totalmente serio:
—Me estaba conteniendo.
Arqueo las cejas. Vaya, conteniéndose. Debía de tener un comentario de lo más selecto en mente.
—Espero que encuentren a ese cabrón —dice Bryce.
Yo también lo espero. Me sudan las palmas. Esta noche tengo bailes privados en un sitio nuevo. No sé qué haré si aparece Ronnie. Por alguna razón, no creo que a Thorn le importe un carajo quién es Ronnie. ¿Por qué tiene Mick a ese imbécil al mando?
Más preguntas que respuestas. Preguntas que no puedo hacer sin revelar lo que estoy haciendo.
Cuando Bryce se va, meto la mano en la bata y saco el móvil.
Un mensaje de Mick.
Cómo no.
Un escalofrío de emoción me recorre, con el miedo pisándole los talones. Mick está rondando demasiado cerca de la verdad. Verdades que no quiero que sepa.
Antes de irme de la clínica, Sue me pregunta qué tal me fue con el médico.
Le agradezco la recomendación y le digo que fue bien. Es otra más de tantas mentiras. Me estoy volviendo experta en pecar por omisión.
Tengo papeles que firmar y a mi madre que ver.
Y dinero que sacar de la lujuria de los hombres.
Pero... miro el mensaje de Mick. Por lo visto, ninguna circunstancia en el universo puede distraerme de él. Me estoy dejando arrastrar por el vórtice de Mick.
Quiero verte.
Yo también quiero verlo. Me tiembla la mano mientras le respondo con la palabra más importante del día.
¿Cuándo?
Envuelvo hielo en un paño y me lo presiono contra los ojos. Reducirá la hinchazón lo suficiente para disimularla con maquillaje.
Las lágrimas brotan por mucho que me resista.
La situación de mi madre es peor. Están hablando de trasladarla a la residencia estatal. Ahora las conversaciones giran en torno a los pagos iniciales para que la mantengan allí.
Como si mis finanzas fueran incontinentes.
Tengo dos semanas para conseguir el diez por ciento del coste anual del cuidado de mi madre, o la trasladarán.
Me palpita la mano derecha de tanto firmar papeles en el hospital. ¿Los eximo de responsabilidad si no quiero medicamentos que alarguen mi corta vida pero mermen lo que me queda?
Sí. Firmo de todos modos. Después de treinta firmas, Faren Mitchell es una parodia de quien soy. Las páginas blancas con tinta azul se burlan de mí.
Me pongo otro atuendo de trabajo. Ya todos se confunden. Giro frente al espejo sin admirar cómo me queda. Un cálculo frío me devuelve la mirada mientras repaso mi lista mental.
¿Es lo bastante corto? ¿Muestra la cantidad justa de piel? ¿Me acordé de untarme los pezones con loción comestible de fresa para cuando un desconocido los chupe?
¿Me dará tiempo a ducharme antes de que llegue Mick para quitarme de encima la suciedad de las bocas y los dedos de otros hombres? Un escozor empieza detrás de los párpados. Los abro más y la sensación pasa.
No lloraré. Trabajaré, bailaré y ganaré dinero. Y sobre todo, no pensaré en lo que significa que Ronnie Bunce esté tan loco como para reaparecer.
Dejo caer el móvil en el bolso, junto con las llaves y el brillo de labios. Salgo por la puerta y echo el cerrojo con un clic rápido. Me doy la vuelta y grito; la mano me vuela al cuello.
Mick está ahí, con una mirada perversa en el rostro. Lo recorro con la mirada, sobresaltada. Su atuendo es impecable, pero más informal de lo que le he visto nunca.
Llevo puesto el conjunto de stripper. Thorn me está esperando.
Mierda y doble mierda.
Mick me había dicho que estaría aquí a medianoche, no a las nueve. Moví cielo y tierra para salir antes del trabajo, y aquí está.
Estoy furiosa porque Mick no es capaz de respetar nuestro acuerdo.
Y sin embargo, siento un placer físico porque lo ignore.
Se me endurecen los pezones y no puedo apartar la mirada de esa franja de su cuello donde le late el pulso en el hueco expuesto.
Mi cuerpo lo recuerda a la perfección y reacciona con una oleada predecible y palpitante de deseo que me golpea en el centro como un tifón.
Los dedos de la lujuria me tocan en cada punto íntimo del cuerpo y lo despiertan para él.
—Sorpresa —dice, y su voz grave me atraviesa el cuerpo.