Dimensiones del thriller oscuro 1: pack - 5 libros en 1 (Dark Thriller Dimensions) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

GRETA

—¿Dios mío, «cortejar»? —pregunta Gia lentamente.

—No bromeo, textual.

—No sé...

—Vamos, Gi, esto va en serio. Llevas tiempo insistiéndome en que salga con alguien, que salga de verdad, y Tor me cae del cielo. Es cálido; conoció a mis padres. Es danés, así que estaría superando mis problemas con los hombres caucásicos...

—Ojalá pudiera conocerlo —dice con voz monótona.

Puedo notar, incluso con los miles de kilómetros que nos separan, que se está mordiendo la uña.

—¿Pero?

—No sé; parece demasiado bueno para ser verdad.

—¿Esto es cosa de psicóloga? ¿O cosa de mujer?

—Intuición femenina.

Escucho el zumbido de fondo de nuestros móviles, a pesar de la llamada internacional.

Ahora me toca a mí morderme la uña. Miro al techo, tumbada en la mullida cama de mi habitación de hotel. Todavía siento los labios de Tor en mi mano, donde me rozaron los nudillos.

Me estremezco.

—Me dijiste que siguiera mi instinto.

—Sí.

Gia suspira.

—Es solo que... ¿qué pasa con ese tal Paco?

Ahí es donde mi instinto se altera.

—Sí. Sentí algo ahí también. Con un desconocido. En un ascensor. Fue lo más raro del planeta.

—¿Es lo mismo que con Tor?

Definitivamente no.

—Paco fue explosivo. O sea, sentí como si hubiera metido el dedo en un enchufe.

Gia se ríe.

—No suena muy agradable, Greta.

—¡No!

Me río también.

—Lo he expresado fatal. Lo que quería decir es que existe esa química enigmática de la que hablaste en nuestras sesiones. Que la reconocería en cuanto la sintiera.

—¿Y Tor? —pregunta Gia al instante.

Dudo un par de segundos.

—No puedes borrar esa pausa, Greta.

Asiento, aunque sé que no puede verme.

—Me transmite seguridad, emoción. Es guapo.

—Todo eso es geniaaal —dice Gia con un leve sarcasmo—. Pero hay muchos hombres en el mundo que estarían encantados de emparejarse con la diosa nórdica.

Sonrío.

—Claro.

Mi sarcasmo no es leve.

—Escucha, Greta, solo quiero que vayas con cuidado. Lo de Tor está yendo muy rápido. Y yo... noto algo en tu voz cuando hablas de Paco que parece real.

Me encojo de hombros. No llegó a ninguna parte. Lo conocí en el ascensor y fue una conexión perfecta al instante, físicamente. Y conociendo mi historial, eso es decir mucho. Pero Tor está aquí.

Tangible.

Él dio el primer paso, y necesito eso. Se lo digo a Gia.

—Todavía no estoy convencida. Escríbeme todos los días. ¿Y Charlie te dio una semana extra como recompensa?

—Sí. Yo...

—¿Te sientes orgullosa de ti misma? —interrumpe Gia con suavidad.

—Sí —susurro, un poco avergonzada.

—No cargues con una culpa que no es tuya, Greta. Te ganaste este cliente. Da igual que quiera meterse en tus bragas...

Suelto una carcajada.

—Ajá.

—¿No es así?

Pienso en el calor en los ojos de Tor y en la forma posesiva en que me sostuvo la mano mientras sus labios se apretaban contra mi piel sensible.

—Sí, creo.

—Vale, intentaré no darle demasiadas vueltas, y tú ve despacio. Si aparece otro detonante, sabes cómo gestionarlo.

—Tor me ayudó con eso.

—Lo cual me gusta. Se gana un punto Gia.

—Pero no lo suficiente como para darme tu bendición.

Gia se ríe.

—No hay absolución. Todavía no.

—¿Por qué eres tan cautelosa ahora?

Casi puedo verla encogerse de hombros.

—No lo sé —admite lentamente—. Supongo que soy más controladora de lo que creía. Y en algún punto de todo esto está la posibilidad del Club Alpha.

Abro la boca para responder cuando un golpe suena contra la sólida puerta de abedul de mi suite.

Me incorporo en la cama y frunzo el ceño.

—Tengo que dejarte. Alguien llama a la puerta.

—¿Oh? ¿Quién es?

—Cotilla —digo mientras me pongo los tacones de mi cita con Tor, y camino hacia la mirilla.

Paco.

Dios mío. El calor me inunda como agua por un desagüe.

—Es Paco.

Oigo cómo contiene el aliento.

—Madre. Mía. Te dejo, pero me escribes en cuanto se vaya. Ten cuidado.

Un segundo golpe me hace dar un respingo sobre los tacones.

—Pensé que Paco te parecía bien —digo como si estuviera en trance.

—Lo sé. Eso no quita que sea cautelosa.

—De acuerdo.

Sin mirar el móvil, deslizo para quitar la imagen de Gia y abro la puerta lentamente.

Paco

A mis ojos son iguales. Estas dos mujeres son gemelas idénticas, separadas por tanto y tan poco.

Pero mi corazón conoce la diferencia. Greta alberga una dulzura completamente ausente en su gemela. Como si mi cuerpo me leyera el pensamiento, las costillas me punzan recordándome los golpes que Lisbeth me asestó en el torso.

—Hola —dice vacilante, con una pregunta en su voz clara y melodiosa.

El corazón me da un vuelco y empieza a martillearme en el pecho.

Ignoro la agitación física que me recorre el cuerpo.

Recorro con la mirada su hermoso atuendo, incluidos los tacones que la dejan a dos o tres centímetros de mi metro noventa.

Pero lo que me hace detenerme son sus nudillos, blancos de tanto apretar el borde de la puerta.

—Hola —digo, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón. Mi aspecto ha mejorado notablemente respecto a antes, cuando estaba empapado en sudor y resultaba tan atractivo como un tomate podrido.

—¿Puedo pasar? —pregunto en voz baja.

Greta abre mucho los ojos.

—No te conozco, Paco.

Me balanceo sobre los talones. Cierto.

—Sí me conoces. Coincidimos en el ascensor.

Esbozo una sonrisa astuta.

Ella me devuelve la sonrisa.

—Es verdad.

Greta no confía con facilidad. El miedo le asoma a los ojos y se los tensa. Sus iris ya no son de ese azul cielo sereno, sino un mar profundo y turbulento en medio de la tormenta de su rostro.

Le toco la mano, y ella aprieta más la madera.

—Ven a la azotea, entonces.

Retrocedo un paso, y ella arquea las cejas antes de asentir por fin.

—Espera un segundo. Voy a coger la tarjeta.

Espero mientras observo cómo su cuerpo esbelto se desliza entre el mobiliario bajo y minimalista de la suite.

Mi nuevo ático es uno de los dos que hay en la planta treinta y ocho. La terraza de la azotea queda por encima de la suite dañada que ocupaba en la planta cuarenta.

Viene hacia mí, y admiro el sutil vaivén de sus caderas envueltas en lana mientras pienso en el frío que nos espera.

Abro la boca para recordarle que coja un abrigo, pero ya ha salido y cierra la puerta tras de sí.

—¿De qué va esto? —pregunta mientras camina a mi lado hacia el ascensor.

Noto que se me curvan los labios.

—¿No es obvio?

Un sutil rubor le tiñe el rostro, pero pregunta:

—¿De qué país eres?

No es una acusación, sino curiosidad natural y genuina, lo cual me atrae.

Greta no es pretenciosa. Resulta refrescante.

—Soy mexicano.

Su sonrisa me calienta la piel al instante.

Me sorprende su alegría ante mi revelación.

—¿A qué viene esa sonrisa? —pregunto mientras pulso el botón de subida en el panel iluminado.

—Yo... creo que es maravilloso conocer gente nueva, eso es todo —responde en voz baja, pero desvía la mirada. Cuando vuelve a encontrarse con la mía, veo algo más en esas profundidades, pero nada que esté dispuesta a expresar.

Las puertas del ascensor se abren y entramos.

El silencio reina mientras ascendemos suavemente hacia la azotea.

—¿Dónde está tu amigo? —pregunta Greta.

—Cerca.

El suave zumbido del ascensor en su fluido ascenso susurra entre nosotros.

—Críptico —comenta.

Le sostengo la mirada, pensando en que Lisbeth usó la misma palabra antes, y se me pone la piel de gallina.

—Sincero. Es mi guardaespaldas, pero le he pedido que nos deje intimidad en esta conversación.

—Así que no es por el placer de mi compañía.

Su voz suena dolida, y quiero borrar de inmediato las palabras que le han causado ese dolor.

—Mucho. Pero después de que hablemos de lo que debo decirte, puede que no quieras volver a disfrutar de la mía.

Frunce sus pálidas cejas cuando suena el timbre del ascensor.

Salimos juntos a un patio de piedra pizarra. Las estrellas titilan en una noche sin contaminación lumínica.

En Noruega atenúan las luces por la noche.

Los esqueletos de las pérgolas están desnudos de follaje a estas alturas del año, pero sostienen enredaderas retorcidas. Unas guirnaldas de luces se mecen con la brisa fría, proyectando un resplandor sobre la piedra y la madera.

—Es precioso —comenta Greta en voz baja, recorriendo la azotea con la mirada. Tiembla, y me quito el abrigo.

Se lo tiendo colgado de un dedo.

Ella retrocede al instante, y frunzo el ceño. Quiero saber por qué se comporta como un perro al que han pateado demasiadas veces. No me da miedo hacer preguntas incisivas basadas en lo que observo.

—¿Es porque soy hombre o porque no me conoces?

Agradezco que no finja malinterpretarme.

—Las dos cosas —responde escuetamente. Arrebata el abrigo como si no quisiera darse tiempo de cambiar de opinión. Se lo pone sobre la blusa de seda, y las mangas le llegan hasta media mano.

Greta agita los brazos a los costados como un pájaro, y estallo en carcajadas.

—No te queda —reconozco con un gesto de asentimiento.

Niega con la cabeza. Unos mechones de pelo plateados por la luz de la luna le revolotean junto a la sien, y reprimo el impulso de colocárselos detrás de la oreja.

—No, pero abriga.

Se muerde el labio, como si sopesara algo, y luego me mira a los ojos. Alza la barbilla, y veo la chispa de personalidad que oculta.

—Huele a ti.

Levanto las manos.

—Espero que eso sea una mejora respecto a antes.

Puedo ver cómo se ruboriza incluso con la escasa luz de las guirnaldas. —Me gustaba tu olor. Entonces. —Su mirada se cruza con la mía—. Y ahora.

No contengo la respiración, pero noto como un peso en el pecho. —Y sin embargo, te da demasiado miedo dejarme entrar en tu habitación.

Asiente lentamente.

—Prudente —digo, alejándome para darle el espacio que intuyo que necesita.

—Me gustas, Paco. Pero no te conozco. Presiento que eres un buen hombre…

—¿Pero qué es lo que quiero? —Esbozo una media sonrisa.

Baja la mirada hacia la punta de sus tacones. —Sí.

Se me humedecen las palmas. —Club Alpha.

Levanta la cabeza de golpe, con los ojos muy abiertos. —Sí.