Dimensiones del thriller oscuro 1: pack - 5 libros en 1 (Dark Thriller Dimensions) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

NOOSE

Rose va callada mientras conducimos la vieja camioneta de vuelta a su coche en Scenic Park.

Tiene mejor aspecto. Se pegó una ducha rápida en el hospital y ha recuperado el color.

Odio sentirme tan aliviado.

—Dije gilipolleces antes... —Sacudo la cabeza. Esto de las relaciones es una mierda.

¿Esto es una relación?

—Sí —responde Rose. Los dos empezamos a hablar a la vez y ella levanta la mano—. No digo que no me gustes.

Giro la cabeza hacia ella.

—¿Que te gusto? ¡Joder! —Golpeo el volante y ella se estremece—. Creo que lo de gustarnos ya ha quedado claro, Rose.

Agacha la mirada, y juro que esta chica me hace sentir como un imbécil sin ni siquiera intentarlo. A menos que lo sea.

Esa pequeña dosis de autocrítica duele.

Aparco en una plaza, meto la palanca en parking y me giro para mirarla.

Parece tan pequeña y vulnerable ahí sentada.

—No puedo dejarte bajar de esta camioneta sin saber qué hijo de puta intentó estrangularte.

Entrecierra los ojos y aprieta los labios.

—¿Por qué? ¿Para ir de matón y cargártelo?

¿Qué coño? Me inclino hacia delante y gruño la verdad.

—Puede.

Imágenes de nudos mortales desfilan por mi mente como naipes.

Se recuesta contra la puerta.

—No quiero más muertes, Noose.

—A veces hay que matar. Toda esa gente guapa quiere creer que está a salvo, pero no lo está. Nadie está a salvo, Rose.

Una lágrima le resbala por la mejilla, se la seca, y otra ocupa su lugar.

Mi título de imbécil oficial queda confirmado.

—Joder —murmuro, tamborileando con los dedos en el volante.

—Solo tenía diecinueve años —dice Rose entre lágrimas, con la voz entrecortada, y me pongo alerta al instante. Sus ojos furiosos se clavan en los míos. Pero está hablando, así que mantengo la bocaza cerrada por una vez.

—Conoció a un motero.

Sus ojos me acusan. Termino la frase por ella: como tú.

Dejo pasar eso también, pero la paciencia no es mi fuerte. La siento tensarse como la piel de un tambor.

—Era peligroso. Tenía pasta. Llenó a Anna de regalos prohibidos, de esos que te tientan. Estaba enamorada.

Por su tono, sé que piensa que Anna aún no sabía lo que era el amor.

—Entonces empezó a ponerse agresivo. Violento.

Aquí es donde de verdad capta mi atención.

—Un día, Anna no volvió a casa. Y ella jamás habría abandonado a Charlie por nada del mundo. Aunque para entonces ya fumaba hierba, les mentía a nuestros padres... cualquier cosa con tal de estar con Drake.

Pronuncia su nombre como si fuera una palabrota.

Rose se muerde el labio inferior y una imagen de su boca en mi polla me cruza la mente. La mato sin piedad. ¿Qué clase de imbécil piensa en sexo cuando una tía está destrozada?

Ajá. Vuelvo al tema.

—¿Crees que Drake mató a Anna? —Sé que sí. Ahora sé más de él de lo que me gustaría.

Sus ojos se clavan en los míos, oscuros e insondables. Unos ojos como los de Rose podrían poner a un hombre de rodillas.

Quizá ya lo han hecho.

—Sé que lo hizo.

No la dejo escaparse.

—¿Esto te lo hizo Drake? —Señalo con la mano el collar de moretones que rodea su garganta.

Intenta apartar la mirada.

Me deslizo por el asiento, le tomo la cara entre las manos y la obligo a mirarme a los ojos.

—Dímelo —le ordeno.

Rose asiente bruscamente con la cabeza, el pecho agitado mientras empieza a sollozar.

La atraigo hacia mí. Su miedo palpita contra mi pecho como un conejo enjaulado.

Ese hijo de puta de Diablo no la tendrá.

Nadie la tendrá.

Solo yo.

Rose

No puedo creer que se lo haya contado.

Noose apaga el motor de la camioneta y se baja. Rodea el vehículo y me abre la puerta.

Me tiende la mano y deslizo la mía en la suya.

La ducha del hospital no fue suficiente; necesito un baño caliente. Necesito mi casa y algo de espacio.

Charlie.

Noose me atrae hacia sus brazos y me deslizo pegada a él, hundiendo la nariz en su pecho mientras bajo.

Podría ahogarme en su olor. Echo la cabeza hacia atrás y clavo la mirada en sus ojos claros.

—La policía te ha soltado.

Sonríe con suficiencia.

—Estoy aquí, ¿no?

Me río.

—Sí.

Sacudo la cabeza.

—No estoy muy lúcida ahora mismo, Noose. Mi sobrino está en casa de mis padres y la audiencia es el martes. Estoy asustada y agotada.

—Oye... —Me lleva la mano a los labios y me besa cada nudillo—. Ahora tienes protección.

Aparto la mano.

—Me gustas.

Retrocedo.

—No, no me gustas —dice Noose, avanzando hacia mí. Se detiene—. ¿Crees que después de toda la mierda que ha pasado, te haría daño?

No lo creo. Un hombre capaz de adorar mi cuerpo como él lo hizo no podría hacerme daño. Físicamente.

Niego con la cabeza.

—Bueno, menos mal, joder —se pasa los dedos por el pelo—. Entonces, ¿cuál es el problema?

Abro la boca para decirle que no quiero la protección de ningún motero. Un motero mató a Anna y se salió con la suya.

Entonces está frente a mí, y no puedo hablar por tenerlo tan cerca. Estoy despeinada, cansada, y todavía siento el sexo que tuvimos.

Y quiero más.

Me odio por ello. Odio ser como Anna. Porque ella ya no está. Nos dejó a Charlie y a mí.

La necesitábamos, y se fue.

Entonces Noose me besa como si fuera a morir si no le devuelvo el beso.

Así que lo hago.

Le rodeo el cuello con los brazos, y sus manos bajan a mi trasero, levantándome con facilidad. Se gira conmigo y me aprieta contra el lateral de la camioneta.

Su erección me parte, abriéndome como una fruta madura.

—No me he cepillado los dientes —susurra entre besos—. Quiero tu sabor en mi lengua, entre mis dientes.

Se me empapa el coño a través de los pantalones de yoga, y gimo.

Noose dice todo lo que piensa.

Me encanta.

Lo odio.

Le devuelvo el beso con más fuerza, deseando lo que ofrece. No la protección, sino esa parte de él que me entrega.

Sin reservas. Orgánica. Pura.

Dura.

Caliente.

Noose gana, restregándose contra mí junto a la camioneta en Scenic Hill. Entonces un ruido nos arranca de nuestra neblina de lujuria.

—Yo me encargo desde aquí —dice una voz.

Conozco esa voz.

El metal destella en la última luz del día. Una llave inglesa golpea a Noose.

Abre los ojos de par en par, y sus manos se cierran convulsivamente sobre mí.

Se tambalea hacia atrás, arrastrándome con él. Una mezcla de lujuria y horror le cruza el rostro.

Grito.

Pero entre las cuatro y las cinco de la tarde, no hay nadie en el parque que pueda oírnos.

Noose cae de espaldas y golpea el suelo con fuerza. Está aturdido, pero intenta levantarse. La sangre le corre en un reguero espeso desde la cabeza.

Drake avanza hacia Noose, y no pienso.

Aterrizo sobre su espalda.

—Luego, nena —dice con voz lasciva.

Le muerdo el cuello como una vampira desquiciada.

Aúlla y me lanza lejos.

Pero consigo alejarlo de Noose, que gatea hacia la camioneta.

Salgo disparada, corriendo con todas mis fuerzas. Bendito goteo de glucosa.

El viento juega con mi pelo.

Entonces una mano lo agarra, y salgo volando hacia atrás, dando vueltas.

Un puño se alza como un pequeño asteroide que viene hacia mí.

Aterriza.

Fuegos artificiales me estallan en la visión.

Entonces la oscuridad se convierte en el consuelo de mi dilema, tomando las decisiones difíciles por mí.