CAPÍTULO 8
ROSE
Doy mi consentimiento con un leve asentimiento. Apenas muevo el cuello antes de que Noose se coloque entre mis piernas; sus poderosos hombros me apartan las rodillas mientras me arranca las bragas.
¿Cómo puedo hacer esto cuando acabo de ser atacada? Probablemente porque este asalto sí lo deseo.
Intento cerrar las rodillas; no sé por qué. Le he dado permiso a este desconocido para que haga lo que quiera. Algo me dice que Noose no suele pedir mucho.
Hunde el rostro entre mis piernas.
—Hermosa —oigo, y entonces su lengua me ataca, presionando mi clítoris como un dedo sobre un botón.
Húmeda.
Caliente.
Lame ese pequeño nudo sensible y grito.
Levanta la cabeza, la barba empapada de mis jugos, los ojos pálidos como hielo reluciente por encima de mi pubis.
—¿Todo bien? —pregunta con voz grave.
Logro asentir. ¿Bien? Qué va—¡ardiendo!
Esos ojos duros se suavizan como neblina, y entonces su lengua baila sobre mi coño, mordiendo y mordisqueando suavemente mis labios antes de descender para penetrar mi entrada hambrienta y empapada.
Mis caderas se sacuden, y su boca sigue mi movimiento como el agua que fluye por una pendiente.
—¡Ah! —grito en el silencio de la cabaña. Mis palmas golpean la mesa con fuerza suficiente para doler, y un antebrazo se planta firme sobre mi estómago, inmovilizándome.
Me retuerzo, pero Noose no me deja moverme mientras su lengua recorre mi clítoris una y otra vez.
Hoy no me he depilado. Llevaba media milla corriendo antes de que Drake me atacara. No soy perfecta. No hay velas ni lencería sexy.
Ni siquiera conozco a Noose.
Pero mi cuerpo sí.
Mis piernas se abren más mientras él ataca mi coño como si fuera su última comida.
—¡Oh, Dios! —Sacudo la cabeza de un lado a otro. Estoy hiperventilando, y mechones de pelo se me meten en la boca mientras jadeo. Los soplo y emito pequeños ruidos de angustia.
No estoy angustiada; estoy tan excitada que parece que voy a morir.
Su dedo penetra mi entrada húmeda y gimo.
—Eso es. Córrete en mi cara, Rose —susurra con aliento caliente sobre mi hendidura febril.
Su voz me lo ordena.
Exploto, me derramo por toda su boca y lengua. Su dedo se curva dentro de mí y siento mi coño convulsionarse sobre él, succionándolo y tirando del dedo con un agarre mortal.
Su risa grave hace que mis ojos se abran de golpe.
Entonces me clava la lengua en el centro del clítoris. Mis ojos se cierran de golpe mientras me corro de nuevo, deshaciéndome mientras él me sujeta contra la mesa, con la ropa deportiva colgando de un tobillo.
Noose se levanta despacio y se limpia la prueba de mi excitación con el dorso de la mano.
—Deliciosa.
El calor me abrasa como un río de ampollas y estallo en lágrimas.
Mi coño todavía palpita gracias a su experta lengua, boca y labios. Pero estoy tumbada con las piernas abiertas como una puta. Acabo de dejar que un tío al que ni siquiera conozco me coma.
Nunca había hecho eso.
Charlie languidece en casa de mis padres mientras yo me comporto como una zorra.
¿Qué demonios me pasa?
Unos dedos fríos recorren mi rostro y luego se deslizan por mis caderas mientras sollozo desconsoladamente.
Noose me levanta y me acuna contra su cuerpo, hecha un ovillo. Siento cómo me sostiene mientras camina hacia donde me lleva.
Nos sentamos en algún sitio y abro los ojos.
Mi mitad inferior está desnuda y un pecho se me sale del sujetador deportivo doble.
Su mano grande me cubre la nuca.
—Oye, ¿fue algo que dije? —Sus labios se curvan y empiezo a reír.
No puedo parar. Primero lágrimas, luego esto. Alivio cómico.
Finalmente, cuando me he calmado y solo me quedan los hipidos, confieso:
—Estoy tan avergonzada.
—No lo estés. —Sus dedos inquietos me rozan ligeramente la frente, los párpados y las mejillas. Un solo dedo recorre mi labio inferior y me huelo a mí misma en él.
Mi coño se contrae levemente, como pidiendo más.
Me besa en la boca.
—Cada sonido que haces es un sonido que quiero oír.
—Nunca había hecho eso —digo contra sus labios.
Sus cejas se alzan.
—Vas a tener que aclarar eso, Rose. ¿Nunca nadie te ha comido ese delicioso coño tuyo? ¿Nunca?
Bajo la mirada hacia mi coño desnudo. Vuelvo a mirarlo a los ojos, claros como el cristal y profundos como el humo.
No me sueltan, clavándome con la misma firmeza que su brazo antes.
No puedo soportar su mirada penetrante.
—Las dos cosas. Todo —le digo a mis manos—. Nunca nadie me había comido. Nunca había hecho nada como esto. Simplemente... Dios... dejarte hacerme esas cosas, y ni siquiera te conozco.
Noose se pasa los dedos por el pelo, claramente irritado.
—Ya es hora de pasar página. Te lo dije, te conozco. Sé todo lo que necesito saber.
Lo miro fijamente.
Su sonrisa es amplia pero tensa en los bordes, como si estuviera sufriendo.
Entonces noto su erección rabiosa debajo de mí.
—¡Oh! —digo, vagamente horrorizada.
Me muevo.
Él gime.
—Me estás matando, Rose.
—Y-yo no quiero... —mis ojos buscan los suyos— matarte.
Los ojos de Noose se entornan.
—Yo creo que sí quieres.
Vaya. Niego con la cabeza.
Me da la vuelta y me pone boca arriba. Ahora estamos en un sofá. Mis piernas se abren y no intento esconderme.
Ya ha visto todo el espectáculo.
Noose baja la mirada de todos modos, observando todo lo que su boca acaba de tocar. Su dedo se hunde en mí y suspiro.
Mis párpados aletean y se cierran. Oh, Dios, por favor que no pare.
El dedo de Noose se mueve en lo más hondo.
—¿Por qué las lágrimas, Rose?
Mi espalda se arquea y el placer bulle, a punto de estallar.
—No quiero...
Mis ojos se entreabren.
—¿Quieres qué? —pregunta Noose.
El cuerpo de Noose cubre el mío, un brazo fuerte manteniéndolo en alto mientras su dedo bombea en mi interior.
—No quiero ser como Anna —susurro con desdicha.
El dedo sale.
Sus labios caen sobre los míos como lluvia caliente, suaves como pétalos, tersos e insistentes.
—¿Quién eres? —pregunta Noose.
—Rose —respondo.
—Eres la chica que quiero. No un fantasma.
Asiento. No cabe duda de que no soy mi hermana.
Y no soy ninguna zorra, a pesar de mi comportamiento reciente.
De repente Noose se aparta.
Sus pantalones han desaparecido en algún momento y su polla se yergue rígida entre sus poderosas piernas.
No dejé que el tabaco me engañara sobre su estado físico. Podía ver cada músculo marcado a través de su ropa. No hay nada blando en Noose. Es todo hombre. Todo músculo.
Pero su polla es demasiado grande. Demasiado insistente.
Noose agarra toda esa hombría y se acaricia mientras lo observo. Intensa y metódicamente, recorre toda su extensión.
Como hipnotizada, me inclino hacia adelante para cerrar mi mano mucho más pequeña sobre la suya.
La cabeza de Noose se echa hacia atrás al sentir mi contacto. Sus labios se separan y su gruesa garganta sube y baja mientras traga.
Mis ojos se demoran en su polla, en ese aspecto casi furioso.
Bajo el rostro, con el cabello rozando sus muslos desnudos, y apoyo las manos en cada uno para mantener el equilibrio.
Paso la lengua por la cabeza hinchada de su erección, envuelvo los labios en torno a la punta y me deslizo hacia abajo lo justo para cubrirla.
—¡Dios! —ruge Noose, agarrándome la cabeza y enredando el puño en mi pelo.
De repente tengo miedo.
Él lo percibe.
—No te estoy haciendo daño. Pero si no me la chupas en este segundo, voy a morir.
Sonrío mientras bajo más. Instintivamente, llevo una mano de vuelta a su eje, apretando mientras mi boca sube y se separa de la punta.
Noose baja la barbilla y sus ojos arden con un brillo de peltre oscuro clavados en mí.
Estampo los labios sobre él, con la mano firme hasta la base.
Aprieto.
—Mierda —su voz tiembla mientras los músculos de su abdomen se contraen.
Un mechón de pelo se le escapa de la coleta apretada mientras su mirada clara arde en la mía, y mi mano recorre los músculos marcados de su abdomen hasta su pezón. Pellizco la punta erecta mientras lo tomo en mi boca tan profundo como puedo.
El grito de Noose es estrangulado.
Me atraganto.
Su erección se tensa aún más bajo mis labios y se corre con fuerza. Chorros calientes de semen bajan por mi garganta. Trago por reflejo, aceptando todo lo que me da.
Mis dedos se deslizan por su cuerpo, cubierto de un ligero sudor, y retiro los labios de él.
—Joder —dice, dejándose caer hacia atrás en el sofá.
Lo observo, insegura de todo.
Él.
Yo.
Estudia mi rostro por un segundo.
—Ven aquí —dice, agarrándome y levantándome sobre su regazo.
Me aparta el pelo de la cara por segunda vez.
—¿Dónde aprendiste a hacer eso?
—¿Te ha gustado? —pregunto, oyendo la incertidumbre en mi voz—. Eres el primero.
Me encanta el poder que siento al admitir eso y saber que lo hice correrse.
Noose me levanta la cara. Sus ojos escarban en mi alma.
—Y el último —dice con rotundidad, acurrucándome la cabeza bajo su barbilla.
La somnolencia se apodera de mí.
No siento el sueño llegar cuando lo hace.
Besos suaves me despiertan.
Me incorporo de golpe.
Noose se mueve conmigo.
—Oh, Dios —digo, tanteando en busca de un móvil que no está por ningún lado—. ¿Qué hora es? —gruño.
Noose se ríe, mirándome.
—¿Alguien se ha levantado con el pie izquierdo?
Lo fulmino con la mirada.
—Casi medianoche.
—Mierda.
—¿Por qué mierda? —pregunta.
Frunzo el ceño.
Me alisa el ceño fruncido.
—Escucha, les mandé un mensaje a tus padres.
—¡Oh, Dios mío! —chillo.
Me tapa la boca con un dedo.
—Les pregunté si podían quedarse con Charlie por la noche.
Me dejo caer de espaldas en el sofá y me tapo los ojos con el antebrazo.
—Esto es tan tonto.
—Otra vez, muy imprecisa —dice con calidez en la voz.
Espío entre mis dedos.
Tiene los ojos oscuros; la boca tensa.
Enfado.
Me incorporo, recogiendo las piernas y rodeándolas con los brazos. Me doy cuenta de que estoy desnuda y busco mi ropa con la mirada.
Noose se levanta, también desnudo, pero sin importarle en lo más mínimo.
No puedo apartar la mirada de su trasero firme mientras camina hacia mis pantalones de yoga y me los lanza. Los atrapo y me los pongo sin ropa interior. Mis bragas están hechas jirones junto a la mesa donde él…
Sí.
El calor me inunda la cara, y no necesito mirarme en un espejo para sentir la vergüenza. Noose me comió.
Me tragué su semen. Todo. No dejé ni una gota.
Dios mío.
Les mandó un mensaje a mis padres como si fuera yo y mintió. Para que pudiera dormir. Para que pudiéramos estar juntos.
Me pongo de pie y lo encaro.
Tengo que ser más lista.
—Escucha —empiezo, apartándome el pelo de la cara.
—No me vengas con una puta carta de ruptura —su enorme polla se pone a media asta. No puedo tener una conversación con él desnudo.
—¿Puedes… ponerte algo? —señalo con la mano su cuerpo duro y caliente.
Cruza los brazos sobre su amplio pecho, la polla oscilando, los músculos en tensión.
—No.
Vale. Me trago el miedo, la vergüenza y la lujuria en una bola apretada de miseria.
No preguntes, Rose.
—¿Qué es una «carta de ruptura»? —pregunto de todos modos.
Una mueca furiosa le cruza la cara.
—Es un puto rechazo. Un despido —sus palabras muerden.
Oh.
No puedo con Noose ahora mismo. Cierro los ojos. Buena elección de palabras, Rose.
—No puedo tener novio ahora mismo. Tengo asuntos importantes entre manos.
Como evitar que me violen antes de la audiencia. Como proteger a Charlie de su monstruo de padre.
Noose arquea las cejas.
—¿Quién ha dicho que quiero novia?
Se me cae el alma a los pies.
—Entonces, ¿qué ha sido esto? —pregunto con un hilo de voz, señalando entre nosotros.
Noose se encoge de hombros.
—Desahogarnos —dice con voz dura—. Se te da de puta madre. Me la chupaste como una profesional.
Retrocedo como si me hubiera golpeado.
—¿Chupártela?
Una oleada de calor me sube desde los pies por todo el cuerpo, provocándome náuseas.
Oh, mierda. No he comido nada en casi seis horas. A estas alturas ya habría vuelto a casa de mamá y papá, habría tomado algo de proteína y quizás un zumo.
Me tambaleo.
Qué oportuna, como siempre.
El rostro de Noose se transforma en preocupación.
—Qué... ¿qué coño pasa? ¡Rose! —brama, pero me tambaleo hacia atrás.
Hora de desmayarse.
—Lo siento —susurro y empiezo a caer.
Unos brazos fuertes me atrapan, pero mi cabeza cuelga como un fideo del cuello. Rueda contra su bíceps abultado.
—Rose —dice con ansiedad, sin rastro de dureza.
—Caramelo —susurro con lo último de mi consciencia antes de que su rostro se reduzca a un círculo y desaparezca.