Epílogo #2
El último capítulo de esta historia, de nuestra historia, nos encuentra donde todo empezó. La casa baja de Valencia. El patio. El limonero que ahora daba frutos que usábamos para hacer limonada los domingos. La mesa de madera donde seguíamos discutiendo.
Pero ahora había dos tazas de café en la mesa. Dos cepillos de dientes en el baño. Dos vidas mezcladas de tal manera que ya no sabíamos dónde terminaba uno y empezaba el otro.
Candela terminó una nueva novela ese año. No sobre nosotros, insistía ella. Sobre una pareja completamente diferente, en una ciudad diferente, con problemas diferentes.
Aunque Mireia insistía en que todos sus protagonistas masculinos tenían algo mío, mi forma de fruncir el ceño, mi obsesión por el orden, mi manera de decir estructuralmente incorrecto cuando algo no me gustaba.
Candela lo negaba vehementemente. Yo leí la última página y le dije que reconocía claramente mi sarcasmo en los diálogos del protagonista.
— Tú reconoces demasiado —respondió ella—. Te pareces mucho a ese personaje.
— ¿Demasiado?
— Lo suficiente como para que millones de lectoras se enamoren de él —dijo, sonriendo—. Y luego se decepcionen cuando descubran que el original es aún más estirado.
Pasaron dos años desde que nos conocimos. Dos años desde que pensábamos que éramos enemigos. Ahora sabíamos que la persona que más te irrita puede ser la que más te entiende. Que el caos y el orden pueden bailar juntos sin destruirse.
Un día, propuse una escapada improvisada.
Candela levantó una ceja, sospechosa.
— ¿Incluye planificación?
— Ninguna.
— ¿Reserva de hotel?
— Decidiremos sobre la marcha.
— ¿Ruta establecida?
— No existe.
Me miró con esos ojos que habían aprendido a leerme como a nadie.
— Estás enfermo —dijo—. Debería llevarte al hospital.
Nos reímos. Y salimos de casa mientras discutíamos sobre dónde cenar, exactamente como habíamos empezado. Porque seguíamos siendo nosotros. Seguíamos discutiendo, provocándonos, desafiándonos.
Pero ahora sabíamos que algunas guerras merecían la pena. Especialmente aquellas que terminaban encontrando un hogar.
Candela Navarro tenía treinta y ocho años. Era una de las escritoras románticas más reconocidas de España, traducida a veinticinco idiomas, ganadora de premios que fingía no importarle mientras los colocaba estratégicamente en la estantería del salón.
Pero su mayor éxito seguía siendo la historia que nunca quiso escribir: la nuestra.
Yo tenía cuarenta y seis años. Continuaba siendo cirujano, ahora con un equipo propio en Valencia, formando a residentes que me miraban con la misma mezcla de respeto y terror que yo sentía de joven.
Pero ya no era el hombre solitario que vivía en una casa perfecta. Ahora esa casa tenía ruido. Risas. Juguetes esparcidos por el suelo. Libros apilados en torres peligrosas. Vida.
Teníamos dos hijos. Valentina, de cinco años, que era igual que Candela: impulsiva, creativa y capaz de discutir sobre por qué el cielo debería ser rosa en lugar de azul con una convicción que hacía temblar a los adultos.
Y Samuel, de tres años, que era mi clon: observador, ordenado, que ya colocaba sus juguetes por colores y me miraba con expresión de reproche cuando Candela dejaba los cubiertos en el fregadero.
Habíamos construido una familia a nuestra manera. Imperfecta, ruidosa, caótica y maravillosa.
Vicente seguía apareciendo sin avisar, ahora con comida para cuatro en lugar de para dos, con regalos para los niños que los volvían locos y a nosotros locos de preocupación.
Mireia seguía intentando organizar el caos de Candela, fracasando estrepitosamente pero riendo en el intento.
Lucas seguía burlándose de mí por estar completamente enamorado, aunque ahora su burla tenía un toque de envidia que él nunca admitiría.
Esta tarde, seis años después de aquel primer encuentro, encontré a Candela leyendo una de sus propias novelas en el patio. Los niños dormían la siesta, los gatos ronroneaban bajo el limonero, y el calor de Valencia hacía que todo pareciera moverse en cámara lenta.
Le pregunté si todavía creía que los escritores no entendían el amor.
Ella cerró el libro y me miró. Había canas en sus sienes que no tenía antes, líneas de expresión alrededor de los ojos que se hacían más profundas cuando reía. Era más hermosa que nunca.
—Creo que algunos escritores entienden demasiado —respondió.
Sonrió. Y supe que estaba pensando en nosotros. En nuestra historia imperfecta, real, complicada y absolutamente nuestra.
Estábamos en el patio. El mismo limonero de siempre, ahora más alto y frondoso. La misma ciudad, con su calor sofocante y su luz cegadora. El mismo nosotros, aunque diferentes.
Candela se recostó en la hamaca, con un libro olvidado sobre el regazo, mirando el cielo azul intenso de Valencia.
Me senté a su lado, en el suelo, con la espalda contra el tronco del limonero. Era una posición incómoda que nunca habría soportado años atrás. Ahora me parecía perfecta.
—¿Sabes qué diagnóstico tenía desde el principio? —pregunté de repente.
Candela arqueó una ceja, intrigada. Ese gesto suyo que todavía me hacía sonreír.
—¿Cuál?
Sonreí. La sonrisa lenta que ella decía que había aprendido de ella.
—Que estaba perdido —dije—. Desde el momento en que te vi. Desde que discutimos sobre literatura sin saber que estábamos coqueteando. Estaba perdido, Navarro. Sin remedio. Sin posibilidad de recuperación.
Ella se rio, aquella risa que había llegado a conocer mejor que mi propia voz.
—¿Y la cura? —preguntó—. ¿Cuál era el tratamiento, doctor?
Me levanté y me acerqué a la hamaca. Me incliné sobre ella, apoyando las manos a cada lado de su cuerpo, atrapándola en un espacio que solo era nuestro.
—Encontrarte —dije, simplemente—. Esa fue siempre la cura. Eres tú.
Y esta vez ninguno de los dos discutió.
Porque algunas historias empiezan con una guerra. Con dos personas que se odian, se desafían, se provocan. Pero las mejores terminan, o, mejor dicho, continúan, con alguien a quien elegir todos los días.
Con alguien con quien discutir sobre dónde cenar, y sobre quién olvidó la leche, y sobre por qué los cojines deben estar en un orden específico.
Con alguien que te ve en pijama y mascarilla facial y sonríe porque es su aspecto favorito de ti.
Con alguien que camina a tu lado sin intentar cambiarte, solo eligiéndote una y otra vez.
Candela cogió mi rostro entre sus manos y me besó. El sol de Valencia brillaba sobre nosotros, el olor del limonero impregnaba el aire, y los niños empezaban a despertarse de la siesta en algún lugar de la casa, anunciando el caos de la tarde.
Era perfecto. No porque fuera perfecto sino porque era real.
Y era nuestro.