Diagnóstico: Tú Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

Su exnovia. La mujer que yo había visto como una amenaza romántica, como alguien perfecta e inalcanzable que encajaba mejor en su mundo.

Pero ahora, escuchándola conspirar con Tomás, hablando de eliminar obstáculos y destruir reputaciones, comprendí que era algo mucho más peligroso que una ex enamorada.

La grabación terminaba con una frase suya, dicha con una calma que me erizó la piel:

—Adrián siempre ha tenido todo lo que quería. Ya era hora de que perdiera algo.

El silencio que siguió fue absoluto. Adrián se quedó inmóvil, con la mirada perdida en la cinta que seguía girando en la grabadora, ahora silenciosa.

Y vi en sus ojos algo que me partió el corazón: no era rabia.

Era decepción profunda, dolorosa, la de quien descubre que alguien a quien amó, a quien confió, podía desearle tal mal.

—Ella formaba parte de mi círculo —dijo finalmente, y su voz era un susurro—. Durante años. La consideraba... no sé. Una amiga. Alguien que me entendía. Y todo el tiempo...

—Todo el tiempo estaba esperando el momento de hacerte daño —completé, acercándome a él—. Pero ahora lo sabemos. Y eso cambia todo.

Adrián se levantó de golpe. Quería ir a enfrentarse a ella inmediatamente, lo vi en su postura, en la tensión de sus hombros, en la forma en que buscaba las llaves del coche en sus bolsillos.

—Espera —dije, tomando su brazo—. Adrián, espera. No podemos ir ahora, así, sin más pruebas. Necesitamos tenerlo todo preparado. Si actuamos desde la rabia, ella ganará. Ella y Tomás conseguirán exactamente lo que quieren: verte caer.

Me miró. Y vi la lucha interna, la necesidad de control que tanto caracterizaba a Adrián luchando contra la razón que le estaba ofreciendo. Pero luego, algo cambió. Asintió. Respiró hondo. Y dejó las llaves sobre la mesa.

—Tienes razón —dijo, y la concesión me sorprendió tanto como a él—. Antes habría salido corriendo. Habría ido directo a su casa a exigir explicaciones. Pero ahora... ahora te escucho.

Fue una pequeña victoria. Una victoria enorme, en realidad. Porque significaba que estaba cambiando. Que confiaba en mí no solo para compartir la cama, sino para compartir las decisiones.

Investigamos durante horas. Descubrimos que Valeria y Tomás tenían un interés común más allá del odio hacia Adrián: una nueva unidad médica privada que se inauguraba en Madrid, donde Adrián era el principal reclamo publicitario.

Si él perdía prestigio, si su nombre se convertía en sinónimo de negligencia, Valeria podía ocupar su lugar como figura médica de referencia.

La ambición pura y dura, mezclada con un resentimiento que debía de llevar años gestándose.

Pero mientras revisaba antiguos correos de Valeria, encontré algo que me inquietó.

Mensajes de hacía un año, antes de que todo esto empezara.

Mensajes donde ella le escribía a Adrián, donde parecía...

genuina. Donde decía que lo echaba de menos.

Que quería que volvieran. Que no entendía por qué él no le daba una segunda oportunidad.

—Ella no siempre te odiaba —le dije a Adrián, mostrándole los correos—. Parecía quererte de verdad. La traición... quizás nació de que tú la rechazaste. De una mezcla de ambición y... ¿dolor?

Adrián leyó los mensajes en silencio. Cuando terminó, suspiró, pasándose las manos por la cara.

—Nunca quise hacerle daño —dijo—. Simplemente... no la amaba. Y ella no podía aceptarlo. Pero eso no justifica esto. Nada justifica esto.

—No —acordé—. Nada lo justifica. Pero explica cómo alguien puede pasar de quererte a querer destruirte. El amor no correspondido es un veneno poderoso.

Esa noche, de vuelta en mi casa, hablamos hasta tarde.

Le conté sobre Sergio, sobre cómo su traición me había hecho dudar de mi propio valor, de mi capacidad para juzgar a las personas.

Adrián me escuchó, y luego admitió que él se había quedado atrapado en el pasado, reviviendo una y otra vez sus errores, mientras yo había logrado salir adelante.

—Eres más fuerte que yo —dijo, abrazándome en la oscuridad—. Siempre lo has sido.

—No más fuerte —respondí, apoyando la cabeza en su pecho—. Solo más testaruda.

Nos reímos. Una risa breve, necesaria, que rompió la tensión. Pero el momento se evaporó cuando el teléfono de Adrián vibró en la mesita de noche. Un mensaje. Lo leyó, y vi cómo su expresión cambiaba, cómo se ponía rígido, cómo la rabia volvía a sus ojos.

—¿Qué pasa? —pregunté, incorporándome.

Me mostró la pantalla. Un mensaje de un número desconocido, pero firmado con un nombre que reconocí inmediatamente:

«Adrián. Necesito verte. A solas. Sin tu escritora. Tenemos que hablar de la grabación antes de que sea demasiado tarde para los dos. Valeria.»

Adrián me miró. Y en sus ojos vi la guerra: el deseo de protegerme, de ir solo, de enfrentarse a su pasado sin arrastrarme al fuego cruzado. Pero también vi algo nuevo. La duda. La pregunta silenciosa: ¿puedo confiar en ella para esto?

—No vas solo —dije, antes de que pudiera hablar—. Y no voy a interferir si no quieres. Pero estaré cerca. Porque esto es una trampa, Adrián. Y si caes en ella, caemos los dos.

Asintió. Y por primera vez, no discutió. No intentó protegerme alejándome. Simplemente cogió mi mano y apretó con fuerza, como si fuera el ancla que necesitaba para no perderse en la tormenta que se avecinaba.

—Juntos —dijo.

—Juntos —repetí.

Y supe que la batalla final estaba a punto de comenzar.