Capítulo 31
Adrián
Los días siguientes fueron una extraña mezcla de investigación intensa y convivencia doméstica que nunca habría imaginado posible.
Candela se instaló en mi casa con una determinación que no admitía discusión.
Trajo sus gatos, sus libros, su caos organizado, y de repente mi espacio perfectamente ordenado se convirtió en un campo de batalla de calcetines perdidos, tazas de café olvidadas en rincones imposibles, y papeles esparcidos sobre cada superficie plana.
Pero también se convirtió en un hogar.
Ella investigaba a Tomás a su manera. Mientras yo buscaba pruebas forenses, documentos oficiales, registros bancarios, ella se sentaba frente al portátil durante horas revisando entrevistas, apariciones públicas, declaraciones en congresos.
Decía que como escritora sabía que las personas dejaban pistas sin darse cuenta, que la verdad siempre se colaba en los pequeños gestos, en lo que no se decía.
—Mira esto —dijo una mañana, mientras yo organizaba la nevera por colores —un hábito que ella encontraba hilarante y patético a partes iguales—. He revisado veinte horas de entrevistas de Tomás Beltrán. ¿Sabes qué he descubierto?
—Dime —respondí, colocando los yogures azules en el estante inferior.
—Siempre habla de médicos. De la excelencia médica, del esfuerzo de los profesionales, de la importancia de la formación.
Pero nunca... nunca habla de pacientes. Nunca menciona a las personas que salvan, solo a los que salvan.
Es como si los enfermos fueran números, estadísticas, herramientas para el prestigio de los doctores.
Dejé el brócoli en el cesto de verduras y me acerqué a ella. En la pantalla del portátil había una tabla que ella había creado, con citas de Tomás organizadas por categorías. Era impresionante. Metódica. Brillante en su simplicidad.
—Tienes una mente peligrosa —dije, y era un cumplido genuino.
Ella sonrió, girándose en la silla para mirarme.
—Por fin reconoces una de mis virtudes —bromeó—. Llevaba meses esperando que lo admitieras.
—Admito muchas cosas últimamente —respondí, inclinándome para besarla—. Incluso que tu método de organización caótica tiene sus ventajas.
—¿Cuáles?
—Que nunca sé qué voy a encontrar al abrir un cajón. Mantiene la vida interesante.
Se rio, un sonido cálido que llenó la cocina. Y luego volvió a su investigación, y yo a la mía, y durante horas trabajamos en silencio cómodo, interrumpidos solo por los ronroneos de Taco y Chorizo, que habían tomado posesión del sofá como si siempre hubieran vivido allí.
Esa noche, mientras preparábamos la cena juntos, ella cortando cebolla entre lágrimas involuntarias, y yo intentando no quemar el pollo, me hizo una pregunta que me detuvo en seco.
—¿Alguna vez imaginaste tener una vida así? —dijo, señalando con el cuchillo hacia la cocina, hacia nosotros, hacia la normalidad domesticada que habíamos creado entre tanta adversidad.
Negué con la cabeza, revolviendo la salsa para ganar tiempo.
—No —admití—. Durante mucho tiempo creí que una vida tranquila era una vida desperdiciada.
Que, si no estaba operando, si no estaba avanzando, si no estaba siendo el mejor...
entonces no merecía la pena. Pensaba que el amor, la familia, la domesticidad...
eran distracciones para gente que no tenía ambición.
—¿Y ahora? —preguntó ella, con voz suave.
Apagué el fuego. Me giré hacia ella, viendo cómo la luz de la cocina iluminaba su perfil, cómo tenía una mancha de tomate en la mejilla que no se había dado cuenta, cómo me miraba con una expectativa que me hacía querer ser honesto por primera vez en mi vida.
—Ahora entiendo que estaba equivocado —dije—. Que esta... —hice un gesto amplio—... esto que tenemos, aunque sea temporal, aunque sea complicado, aunque venga acompañado de amenazas y peligros... es lo único real. Lo único que importa. El resto es ruido.
Candela dejó el cuchillo. Se acercó a mí, poniendo las manos sobre mi pecho, sintiendo mi corazón.
—Eso es muy cursi, doctor Ferrer —susurró.
—Lo sé. Pero es verdad.
Estábamos a punto de besarnos, a punto de dejar que la cena se quemara mientras nos perdemos el uno en el otro, cuando sonó el teléfono. El tono específico de Mireia, urgente, insistente.
—Contesta —dijo Candela, retrocediendo con un suspiro—. Seguro que es importante.
Contesté con el altavoz puesto para que ella pudiera escuchar.
—Adrián, he encontrado algo —dijo Mireia, sin saludar—.
Es sobre Sergio. Tu ex, Candela. He estado revisando registros de empresas, conexiones financieras...
y aparece vinculado a una consultora que trabajó con Tomás Beltrán hace dos años.
Una empresa de relaciones públicas que se encarga de gestionar reputaciones.
Sentí que se me tensaba la mandíbula. Candela palideció visiblemente.
—¿Qué tipo de vínculo? —preguntó ella, acercándose al teléfono.
—Sergio hizo fotografía para ellos. Reportajes corporativos, eventos... pero el timing es sospechoso. Empezó a trabajar con esa empresa justo cuando Tomás comenzó a planificar la caída de Adrián. Y luego, de repente, reapareció en tu vida, Candela. Justo cuando todo esto empezaba.
Colgué. El silencio en la cocina era denso, cargado de electricidad. Candela se sentó en una silla, con la mirada perdida en el pollo que se enfriaba en la sartén.
—¿Crees que...? —empecé, pero no pude terminar la frase.
—No sé qué creer —respondió ella—. Sergio fue un idiota. Un manipulador. Pero... ¿estaría dispuesto a formar parte de algo así? ¿Para destruirme?
—Para destruirnos —corregí, y noté que mi voz tenía un filo de celos que no podía controlar—.
Porque si sabía lo que estaba pasando, si su vuelta no fue casualidad...
entonces estuvo cerca de ti sabiendo que te estaban utilizando.
Eso es... —apreté los puños—... eso es peor que cualquier infidelidad.
Candela levantó la vista. Me miró con una intensidad que me hizo sentir expuesto.
—¿Tienes celos? —preguntó, y no era una acusación. Era una constatación.
—Muchos —admití, sin avergonzarme esta vez—.
Sé que no sientes nada por él. Sé que es pasado.
Pero la idea de que alguien de tu vida, alguien que te conoció antes que yo, cuando no eras famosa, cuando no te habías protegido aún...
la idea de que esa persona pueda haber formado parte de esto, me vuelve loco.
—Adrián...
—Y lo peor —continué, dejando salir todo lo que había estado conteniendo—, es que tengo miedo.
Miedo de que haya una parte de ti, por pequeña que sea, que todavía recuerde ese amor.
Que todavía guarde algo de lo que fueron.
Porque él te conoció en una época en la que yo no existía.
Y eso... eso me da celos de una forma irracional y estúpida.
Candela se levantó. Se acercó a mí, tomando mi rostro entre sus manos, obligándome a mirarla.
—Escúchame bien —dijo, con firmeza—. Sergio fue una etapa.
Un error. Alguien que me enseñó exactamente lo que no quería en mi vida.
Tú... —su voz se suavizó— tú eres lo que sí quiero.
Lo único que quiero. No hay partes de mí que recuerden ese amor con nostalgia.
Solo hay aprendizaje. Y gratitud de haber salido de ahí para encontrarte a ti.
Intenté asentir, pero el nudo en la garganta me lo impedía.
—Los fantasmas del pasado no desaparecen porque los ignoremos —continuó ella—. Desaparecen cuando dejan de tener poder. Y tú, Adrián... tú tienes todo el poder sobre mi presente. Sobre mi futuro.
La abracé. Con fuerza, con desesperación, con la necesidad de sentirla real, tangible, mía.
Fue Lucas quien nos interrumpió, llamando una hora después.
Había hablado con Sergio. El fotógrafo estaba aterrorizado.
Resultó que Tomás le había prometido una exclusiva sobre Candela, una historia donde ella pareciera una escritora desesperada por llamar la atención, dispuesta a cualquier cosa por vender libros.
Pero Sergio se había negado. No por amor hacia Candela, admitió con culpa, sino porque no podía soportar la idea de destruirla de esa forma.
—Tenemos una red más grande de lo que pensábamos —dije a Candela después de colgar—. Tomás no solo quería destruirme a mí. Quería destruir tu credibilidad también. Hacernos parecer una pareja de mentirosos, de oportunistas.
—Entonces tenemos que actuar antes de que lo consiga —respondió ella.
Pero Tomás se nos adelantó.
A la mañana siguiente, mientras desayunábamos café en silencio, ambos exhaustos por la noche de revelaciones, sonó la alerta de noticias de mi teléfono. Y luego el de ella. Y luego el timbre de la puerta, con Lucas gritando desde el exterior que abriéramos la tele.
El titular era devastador:
«El doctor Ferrer manipula a la escritora Candela Navarro para limpiar su imagen: la verdad detrás del romance escandaloso»
Y debajo, fotos nuestras. Robadas. En mi casa, en su casa, en el hospital. Sonrisas que ahora parecían conspiraciones. Abrazos que se interpretaban como pactos de silencio.
De repente, nuestra relación no era solo nuestra. Era el centro del escándalo. La prueba supuesta de que yo había utilizado a Candela, o ella a mí, o ambos nos habíamos utilizado mutuamente para engañar al público.
Candela dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco. Me miró. Y en sus ojos vi el mismo fuego que había visto el primer día, cuando irrumpió en mi consulta dispuesta a no dejarse intimidar.
—Ahora sí que nos tienen a los dos en su punto de mira —dijo.
—¿Qué hacemos? —pregunté.
Ella sonrió. Una sonrisa peligrosa, brillante, llena de determinación.
—Ahora contamos la verdad. Toda. Antes de que él lo haga a su manera.
Y supe que estaba lista para la batalla final. Que estábamos listos. Juntos.