Diagnóstico: Tú Capítulo 28
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Capítulo 28

Adrián

Supe que algo había cambiado en el momento en que entró en mi consulta.

No fue su vestido, ese azul oscuro que le sentaba como una segunda piel, ni el modo en que llevaba el pelo suelto, cayéndole en ondas desordenadas sobre los hombros.

Fue su mirada. Esa forma que tenía de apartar la mirada cuando guardaba un secreto, de morderse el labio inferior con los dientes, de jugar con el borde de su bolso como si contuviera algo explosivo.

Y lo contenía.

—Hablé con él —soltó antes de que pudiera saludarla, antes de que pudiera acercarme a besarla como había planeado hacer desde que la vi cruzar la puerta.

El mundo se contrajo. Sentí que el aire abandonaba la habitación, dejándome en un vacío donde solo existían esas tres palabras y su eco resonante en mi cráneo.

—¿Con quién? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta. Mi voz salió ronca, peligrosamente baja, como el murmullo previo a una tormenta.

—Con Gabriel —dijo Candela, y finalmente me miró. Vi desafío en sus ojos, pero también miedo. El mismo miedo que yo sentía crecer en mi pecho como una enfermedad terminal—. Me llamó ayer. Desde la prisión.

La rabia llegó en oleadas. No fue un estallido inmediato, sino algo frío, metódico, que se instaló en mi estómago y se extendió por mis venas como hielo líquido.

Apreté los puños a los costados, sintiendo cómo las uñas se clavaban en las palmas, buscando el dolor físico para contrarrestar el caos emocional que amenazaba con desbordarme.

—¿Estás loca? —El tono salió más duro de lo que pretendía, cortante como un bisturí—.

¿Has perdido la cabeza, Candela? Ese hombre es peligroso.

Es un manipulador, un mentiroso, alguien que ha intentado destruirnos durante meses y tú...

—tragué saliva, intentando controlar la respiración— tú decides tener una charla amistosa con él como si estuvieras pidiendo cita para tomar café.

—No fue una charla amistosa —replicó ella, y su voz se elevó, adquiriendo ese filo que conocía tan bien—.

Me ofreció información. Información sobre ti, sobre lo que pasó hace tres años, sobre la niña.

Dijo que tenía documentos, pruebas que cambiarían todo lo que creía saber sobre ti.

¿Esperabas que ignorara eso? ¿Que simplemente hiciera como si no existiera?

—¡Sí! —exclamé, dando un paso hacia ella—.

¡Eso es exactamente lo que esperaba! Que confiaras en mí, Candela.

Que entendieras que cualquier cosa que ese psicópata tenga que decir está diseñada para destruírmos.

No para ayudarnos. No para iluminar la verdad.

Para destrozar lo que estamos construyendo.

Ella no retrocedió. Se quedó firme, con la barbilla levantada, con los ojos verdes brillando de un modo que me recordaba por qué me había enamorado de ella: porque era imposible de intimidar, porque no se doblegaba, porque luchaba incluso cuando debería huir.

—No puedo simplemente confiar ciegamente —dijo, y su voz tembló, pero no cedió—.

No cuando hay secretos que no me cuentas.

No cuando hay partes de tu pasado que desconozco y que podrían ser relevantes.

Adrián, si hay algo que deba saber, algo que pueda ayudarnos a entender por qué todo esto está pasando, necesito saberlo.

Y si tú no me lo dices, y él ofrece hacerlo...

—¿Entonces qué? —La interrumpí, y el dolor se filtró en mi tono, deshaciendo la ira—. ¿Me cambiarías por la versión que él te venda? ¿Preferirías creer al enemigo antes que a mí?

—No se trata de creer —susurró ella, y de repente vi que sus ojos se llenaban de lágrimas.

No eran lágrimas de rabia ni de manipulación.

Eran de miedo genuino—. Se trata de no poder respirar por la incertidumbre.

De despertarme cada noche preguntándome si te conozco realmente.

Si hay algo tan oscuro en tu pasado que prefieres que yo no lo sepa.

El silencio cayó entre nosotros como una losa. Yo estaba temblando. Literalmente temblando, con las manos inestables y la mandíbula apretada hasta el punto del dolor. Pero no era solo rabia lo que sentía. Era terror. Terror puro y absoluto a que ella viera algo en mí que la alejara para siempre.

—No desconfío de ti —dije finalmente, y mi voz sonó rota, vulnerable de una forma que me avergonzaba—. Desconfío de él. Sé cómo opera, Candela. Sé cómo puede hacer que las mentiras parezcan verdades más sólidas que el propio suelo bajo nuestros pies. Y el hecho de que hayas caído en su trampa...

—No es una trampa —insistió ella, acercándose un paso.

Estaba lo suficientemente cerca como para tocarla, pero ninguno de los dos se atrevía a hacerlo—.

O quizás sí. Pero es una trampa en la que ya estamos metidos.

Y prefiero enfrentarme a ella contigo, sabiendo todo, a seguir viviendo en esta…

en esta burbuja donde tú decides qué debo saber y qué no.

Nos miramos. Y por primera vez desde que nos conocíamos, la discusión fue diferente. No había sarcasmos defensivos, no había competencia por ver quién tenía la razón, quién podía herir más al otro con palabras afiladas. Solo había miedo. Miedo mutuo, reconocido, compartido.

—Tengo miedo —admití, y la frase me costó más que cualquier cirugía—. Tengo miedo de que, si conoces todas las partes de mí, especialmente las oscuras, especialmente los errores… decidas que no merece la pena. Que no merezco que luches por mí.

Candela cerró los ojos. Una lágrima resbaló por su mejilla y ella la secó con rabia, como si odiara mostrar esa debilidad.

—Y yo tengo miedo —dijo, abriendo los ojos—. Tengo miedo de que siempre me mantengas al margen de las decisiones importantes. De que tu forma de protegerme sea alejarme cuando las cosas se ponen difíciles. De que nunca me dejes ser tu compañera de verdad, solo… solo tu refugio cuando todo va bien.

La verdad de sus palabras me golpeó con la fuerza de un puñetazo en el estómago.

Porque tenía razón. Siempre había sido así.

Cuando Elena se fue, cerré la puerta. Cuando murió Daniel, construí muros.

Y ahora, con Candela, mi instinto seguía siendo el mismo: protegerla alejándola del peligro, mantenerla a salvo en una torre de cristal donde nada pudiera tocarla.

—Mi primera reacción siempre es proteger alejando —reconocí, y el dolor de la admisión me hizo sentir expuesto, desnudo—. Pienso que si te mantengo lejos del dolor, del caos, de la oscuridad… estarás a salvo. Pero eso también implica mantenerte lejos de mí. De la parte real de mí.

—Y mi primera reacción siempre es luchar —dijo ella, con voz suave—. Incluso cuando no debería. Incluso cuando las consecuencias pueden ser peores que la ignorancia. No sé medir, Adrián. No sé cuándo retroceder. Solo sé que cuando algo amenaza a alguien que quiero, me lanzo de cabeza.

Nos quedamos en silencio, procesando. El sol entraba por la ventana de mi consulta, iluminando el polvo en el aire y creando un halo dorado alrededor de él.

Y de repente, vi la situación con claridad.

No éramos enemigos. Éramos dos personas aterradas, utilizando mecanismos de defensa opuestos para sobrevivir al mismo miedo: el miedo a perderse.

—Necesito que confíes en mí —dije, dando un paso hacia ella—. Pero también necesito que me dejes confiar en ti. En tu juicio. En tu capacidad para enfrentar la oscuridad sin que te destruya.

—Y yo necesito que no me protejas de la verdad —respondió ella, acortando la distancia—. Porque la verdad, por dolorosa que sea, nunca puede ser peor que la duda.

Estábamos a centímetros. Podía oler su perfume, sentir el calor de su piel, ver cada pequeña peca en su nariz.

—¿Vamos a escucharlo? —pregunté, y la pregunta me supo a derrota y a victoria simultáneas—. ¿Vamos a ver qué tiene que decir ese hijo de puta?

Candela asintió y, por primera vez en horas, sonrió. Era una sonrisa pequeña, temblorosa, pero real.

—Juntos —dijo—. Esta vez, lo hacemos juntos.

La prisión de Valencia tenía un olor que no podía describirse con precisión. Era una mezcla de desinfectante industrial, sudor contenido y desesperación. Un olor que se adhería a la ropa y a la piel, que penetraba en los pulmones y se instalaba allí como un recuerdo permanente de la miseria humana.

Gabriel nos esperaba en la sala de visitas.

Llevaba el mono naranja de los reclusos, pero aun así mantenía una postura arrogante, casi regia.

Cuando nos vio entrar juntos, una sonrisa se le dibujó lentamente en el rostro.

No era una sonrisa de bienvenida. Era la sonrisa de quien había estado esperando este momento durante mucho tiempo.

—Adrián —dijo, con voz melosa—. Me honra que hayas venido. Pensé que tu... ¿Cómo se dice? ¿Tu guardiana? Pensé que te disuadiría.

—Dilo de una vez —espeté, sentándome frente a él con la espalda recta y la máscara de control quirúrgico firmemente en su sitio—. ¿Qué juego estás jugando, Gabriel? ¿Qué información tienes que podría interesarnos?

Gabriel se recostó en su silla, entrelazando los dedos sobre la mesa de metal. Sus ojos iban de mí a Candela, evaluando, calculando.

—No fui yo —dijo simplemente.

—¿El qué?

—No fui yo quien comenzó todo esto —repitió, y por primera vez vi algo genuino en su expresión.

No era arrepentimiento, pero sí… resignación—.

Yo era un peón, Adrián. Un instrumento. Alguien con mucho más poder que yo, alguien que ha estado observándote durante años, decidió que tu carrera debía terminar. Y me contrató para ejecutar el plan.

Sentí que se me helaba la sangre. Candela cogió mi mano bajo la mesa y la apretó con fuerza.

—¿Quién? —preguntó ella, con voz firme.

Gabriel sonrió, pero era una sonrisa amarga.