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Su madre estaba en un box, al otro lado de una puerta batiente.
Placas: fractura de cadera, la confirmaron a las tres.
La operarían esa noche o al día siguiente, cuando hubiera quirófano.
Le habían puesto algo para el dolor que la tenía medio dormida y muy habladora.
Remedios entraba y salía con agua y noticias.
Lidia se había dicho que se quedaba una hora. Solo hasta saber. Había pasado una hora, y luego otra, y no se había movido porque no tenía adónde ir.
No tenía nada. Ni su móvil, ni el ordenador, ni el aro de llaves, ni la copia del taller.
Tenía un disco duro en una bolsa de congelación en el bolsillo interior del anorak y una libreta con una lista que había hecho a mano, buscando en el teléfono de Remedios con dos dedos: iglesias con campanario en el sur de Madrid, a menos de quinientos metros de una vía de cercanías.
Treinta y una. Las había tachado de diez en diez según se le ocurrían razones, y le quedaban diecinueve.
A la una y diez había llamado a la centralita de la Jefatura desde el móvil de Remedios y había pedido, con la voz más tranquila que pudo, que le pasaran un recado a la inspectora Jimena Saiz, del Grupo de Desaparecidos.
Que la llamara Lidia Camps a ese número.
Que era urgente. La telefonista lo apuntó con un ajá que no prometía nada.
El móvil de Remedios sonó a las cuatro y treinta y cinco.
* * *
—Soy yo. —La voz de Jimena sonaba a coche, a prisa—. Llevo toda la tarde en un sótano sin cobertura. ¿Dónde estás?
—En el 12 de Octubre. Mi madre se ha caído por la escalera del taller. —Lidia oyó su propia voz, plana—. La empujaron.
Silencio.
—¿Quién?
—Un cerrajero. Entró con una llave que le hizo anoche. Se llevó el disco del ordenador del taller.
—Lidia. —Jimena tardó un momento—. Te llamo por otra cosa. Escúchame. A tu móvil, el retenido, le han llegado dos mensajes hace media hora. Se ven en la pantalla bloqueada, sin abrirlo. El agente de custodia me ha llamado. Te los leo.
Lidia cerró los ojos.
—El primero es del número que mandó los vídeos. Ha intentado irse. Por tu culpa: le has dado prisa. Ahora es a las 19:00, con la campana.
Lidia se quedó sin aire. Ha intentado irse. Noa había intentado escaparse. Y la habían atrapado. Y ahora…
—El segundo es de otro número. Mi tío ha desaparecido de casa. Le dejé un momento durmiendo y cuando he vuelto no estaba. No contesta. Tengo miedo de que haya ido a terminarlo. Perdóname por lo de ayer. —Jimena hizo una pausa—. ¿Quién es el segundo, Lidia?
—El sobrino. Iván. El que me dio el nombre de Noa. El que me dijo dónde estaba la llave de la casa.
—El que llamó al 091.
—Sí.
Jimena no dijo nada durante un rato. Lidia oyó el intermitente del coche, un claxon lejano.
—Tengo que ir a un sitio —dijo Jimena—. Te llamo en diez minutos. No te muevas de ahí.
Colgó.
* * *
Lidia se quedó mirando la pantalla del móvil de Remedios.
A las siete. Con la campana. No a las ocho, como Beatriz. Una hora menos. La hora de la campana que ella había apuntado con un signo de interrogación en una libreta que ahora sabía que alguien había leído.
Le has dado prisa.
Hugo Senra había desaparecido de su casa.
Hugo Senra, que no podía salir solo, que no sabía qué día era, que abría candados con clips.
El sobrino tenía miedo de que hubiera ido a terminarlo.
Todo cuadraba. Todo empujaba en la misma dirección, como empujaba en 2020: Hugo, la furgoneta, la cuerda, el viejo cerrajero que había vuelto a hacerlo.
Miró el reloj de la pared de la sala de espera. Un reloj redondo, de hospital, con el segundero rojo.
Las cinco menos veinticinco.
Quedaban dos horas y veinticinco minutos.