Día siete 37
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Tres tornillos.

Así lo cuento, por no contar otra cosa: tres tornillos fuera de esta pared en siete días, y los tres me han costado sangre.

El primer tornillo salió anoche. El segundo, esta mañana, después del vídeo, con la punta del primero escarbando el yeso seco alrededor hasta que se me abrieron las yemas de los dedos y dejé de mirármelas.

El tercero ha cedido hace un rato, cuando ya no me quedaban fuerzas más que para sentarme en el suelo con los pies contra la pared, agarrar la cadena con las dos manos y tirar con todo el cuerpo hacia atrás, como en una cuerda de feria.

Queda uno. No hace falta que salga. Con tres fuera, la placa se dobla sobre el cuarto como una bisagra, y por debajo hay hueco para pasar la cadena. Lo he hecho temblando tanto que he tenido que intentarlo cuatro veces.

Tengo la argolla en la mano. La cadena sigue en mi tobillo, pero ya no está en la pared. Pesa. La enrollo en el brazo, la placa de hierro colgando, como un bolso horrible.

Los tornillos los guardo. El primero, el largo, en la manga de la sudadera, donde la mano lo encuentra sin buscarlo.

El segundo, más corto, dentro del calcetín, pegado al tobillo bueno, donde no lo encuentra nadie.

El tercero se me cae y rueda debajo de la colchoneta y no tengo fuerzas para agacharme a por él.

Ahora la puerta.

* * *

No tiene manilla por dentro. Tiene un agujero cuadrado donde estuvo, y dentro del agujero, al fondo, asoma el extremo de un hierro también cuadrado, liso, de los que mueven el pestillo.

Esta mañana lo he mirado mucho rato, cuando he oído que no echaba la llave.

Con los dedos no se puede girar: resbalan, no hay donde agarrar.

Saco la horquilla. La doblo por la mitad, la retuerzo alrededor del hierro, dos vueltas apretadas, y dejo las dos puntas fuera, como unas asas. Me envuelvo las manos con una esquina de la manta. Agarro las puntas. Giro.

Nada.

Giro otra vez, con los dientes apretados, con todo el peso hacia el lado. La horquilla chirría contra el hierro y se me clava a través de la manta.

Algo hace clac.

La puerta se separa del marco un dedo. Entra aire. Otro aire: más seco, que huele a polvo y a óxido y a algo que no es lejía.

Empujo.

* * *

Fuera hay un pasillo largo, oscuro, con el suelo de cemento roto y charcos. Y otra puerta de metal a un lado, igual que la mía, gruesa, cerrada, con una cerradura grande. La otra sala. Una mejor.

No la miro. Camino por el pasillo con una mano en la pared, arrastrando la cadena, y cada paso suena en todo el edificio como una campana. Al final del pasillo hay luz.

Es una nave. Enorme. Columnas de hierro, un techo alto con cristales rotos por donde entra una luz gris, palomas que salen volando cuando me ven, montones de cosas tapadas con lonas. Hace frío, pero es otro frío. Un frío que se mueve. Viento.

Hay ventanas altas en la pared de enfrente, con los cristales sucios. Me subo a un cajón de madera, con las piernas temblando, y miro.

Vías. Muchas, paralelas, brillando, justo detrás de una valla. Por eso los trenes. Y más allá de las vías, por encima de unos bloques de pisos, una torre pequeña de ladrillo con una cruz encima y un hueco con una campana dentro.

Ahí está. La que oigo todas las tardes.

Me echo a llorar. No sé por qué ahora. Me tapo la boca con la manga para que no se me oiga.

* * *

La puerta grande de la nave es de chapa, corredera, y está cerrada con una cadena por fuera; lo veo por la rendija. Pero en una esquina hay una puerta pequeña, de las de personas. La empujo y se abre a un patio de hormigón con hierbajos, un muro, un portón.

Estoy fuera.

Fuera de verdad. El cielo. Un avión muy alto. El ruido de una carretera lejos.

Echo a correr.

No corro: me tambaleo, arrastrando la cadena, la placa de hierro golpeándome la rodilla a cada paso. No siento los pies. Las piernas van por su cuenta, como si fueran de otra. El aire me quema por dentro y no me llega. Veinte metros hasta el portón. Quince.

Oigo un motor.

Un coche entra por el portón, despacio, y se para. Un coche gris. Se abre la puerta del conductor.

Doy la vuelta para correr hacia el otro lado, hacia el muro, y el pie izquierdo se me queda enganchado en la cadena. Noto el tobillo girarse hacia dentro con un ruido que oigo con los huesos. Me caigo de cara sobre el hormigón. No me duele. Ya no me duele nada.

Intento levantarme. Me levanto. Doy un paso. El tobillo no me sostiene y vuelvo a caer.

Unos pasos. Rápidos.

Una mano me agarra del brazo. Una mano con guante.

—No —dice él. No está enfadado. Está asustado. Lo oigo en su voz, y eso me da más miedo que nada—. No, no, no. Así no. Así no tenía que ser.

Me levanta a pulso. Me lleva medio en brazos, medio a rastras, hacia la nave, y yo le pego en el pecho con la mano que no siento y él ni se da cuenta. Me lleva por el pasillo largo. No me lleva a mi sala.

Me lleva a la otra.

La abre con una llave grande, de las antiguas, que saca del bolsillo de dentro. Es igual que la mía, blanca, alicatada, con una argolla en la pared. Pero no tiene rendija. No hay por dónde entre el ruido de los trenes. No hay por dónde entre nada.