Día siete 12
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Oigo la llave antes que los pasos.

Entra en la cerradura sin buscarla, a la primera, y da tres vueltas.

Siempre tres. Me da tiempo a sentarme bien sobre la colchoneta, con la espalda contra la pared y la manta hasta la barbilla, tapando con el cuerpo la fila de azulejos de abajo.

Me da tiempo a pensar que se va a notar.

Que he movido la colchoneta un dedo, que él se fija en todo y lo va a ver.

La puerta se abre hacia fuera. Entra el aire del pasillo, que no es más caliente, pero huele distinto: a polvo, a hierro, a calle.

—Buenos días, Noa.

Gorra, braga de cuello hasta la nariz, guantes. Una bolsa de plástico en una mano. No mira la colchoneta. Me mira a mí.

—Te he traído algo caliente.

Saca un termo de la bolsa, desenrosca el tapón, que también es un vaso, y lo llena despacio, sin derramar ni una gota. Caldo. El vapor me llega a la cara y casi me pongo a llorar, no de miedo, sino por el vapor.

Agarro el vaso con las dos manos y no lo siento.

Lo veo, veo mis dedos alrededor del plástico, pero no me llega nada.

Las yemas están blancas, como de cera. Sé lo que es.

Lo estudié en segundo, con un esquema de colores en la pizarra: cuando el cuerpo tiene frío de verdad, retira la sangre de las manos y de los pies para guardar el calor dentro, donde hace falta.

Primero dejas de sentir los dedos. Después tiemblas sin parar.

Mientras tiemblas, el cuerpo todavía pelea.

Lo malo viene cuando dejas de temblar.

Yo tiemblo tanto que el caldo hace olas en el vaso. Bebo a sorbos cortos. Me quema la lengua y me da igual.

—Necesito otra manta —le digo—. Estudio Enfermería. Tengo hipotermia. Si sigo así…

No termino la frase. Él tampoco me la termina. Se agacha delante de mí, revisa la cadena del tobillo con los dedos enguantados, tira un poco de ella para ver si sigue firme.

—Mañana te traigo otra —dice—. Hoy no.

Lo dice amable, como quien te explica que la cocina ya está cerrada.

* * *

Mientras bebo, saca el móvil. No es el de siempre. El de los otros días era grande, con una funda de goma negra comida por los bordes. Este es más pequeño, sin funda, con la pantalla rayada de llevarlo en el bolsillo con las llaves. Lo limpia con el dedo del guante y busca la cámara.

—Hoy es el día seis —me dice—. Tienes que decir «día seis». A la primera, sin llorar, como ayer. Ayer lo hiciste muy bien.

Tengo en la boca la pregunta. ¿Quién es Beatriz? La tengo tan cerca que noto la forma del nombre contra los dientes. Si la digo, sabrá que he encontrado algo. Buscará. Levantará la colchoneta, encontrará el nombre y después la horquilla, y entonces ya no me quedará nada que hacer por las noches.

Me trago el nombre con el caldo.

Pregunto otra cosa.

—¿Qué pasa el día siete?

Él se queda quieto, con el móvil a medio levantar. Por encima de la braga de cuello, los ojos no me dicen nada, como siempre. Pero se queda quieto, y no lo había hecho nunca.

—Termínate el caldo —dice—, que se enfría.

Me lo termino. Me quita el vaso, lo enrosca en el termo, guarda el termo en la bolsa.

Después se pone de pie delante de mí, a la distancia de siempre, y levanta el móvil hasta que me encuentra en la pantalla.

Lo baja un poco. Lo vuelve a subir. Busca el encuadre con la paciencia de quien tiene todo el tiempo del mundo.

Me aparto el pelo de la cara con una mano que no siento.

—Hoy tiene que salir bien —dice, muy bajo, casi con cariño—. Alguien muy importante te va a ver.