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De noche no pasan trenes.
Lo aprendí la segunda noche, cuando esperé el siguiente para contarlo y no llegó. El último pasa poco antes de las doce; después la vía se queda callada hasta que amanece, y el silencio es peor que el ruido, porque en el silencio me oigo los dientes.
Fuera ya es jueves, supongo. Aquí no. Aquí el día empieza cuando él entra con el móvil, y hasta entonces sigue siendo el día cinco.
El tubo de luz no lo apaga nunca. Al principio pensé que era para vigilarme, que habría una cámara escondida en alguna esquina, y la busqué durante horas, centímetro a centímetro.
No hay ninguna. Creo que deja la luz porque le da igual.
O porque no quiere que me haga daño a oscuras, que es casi peor.
Así que de noche trabajo.
Saco la horquilla de la costura de la colchoneta y rasco la junta alrededor de la argolla, una masilla tan vieja que se deshace en polvo.
Si quito la junta, quizá el azulejo se mueva, y con él la argolla.
Son muchos quizá. Pero un quizá es algo que hacer, y hacer algo es moverse, y moverse es no dormirse.
Rasco y cuento, como cuento los trenes. Cien, y descanso. Me meto las manos debajo de los brazos hasta que vuelvo a sentir la punta de los dedos. Otros cien.
Se me cae la horquilla dos veces. La segunda rueda por el suelo y se mete debajo de la colchoneta, y tengo que levantarla entera para encontrarla.
Ahí, en la fila de azulejos más baja, la que la colchoneta tapa siempre, hay letras.
Me acerco hasta que la nariz me roza la pared. Son mayúsculas, rascadas con algo fino y con mucha paciencia, repasadas una y otra vez para que se vieran. La suciedad se ha metido dentro de los trazos y los ha vuelto negros. Por eso se leen.
BEATRIZ.
Las recorro con el dedo, letra a letra, como las rayas. La Z está torcida, como si al final le hubieran temblado las manos. Sé por qué.
* * *
Desde ayer me cuento una historia sobre las siete rayas.
Que eran de alguien que estuvo aquí y salió.
Que el séptimo día le abrieron la puerta, o pagó alguien, o se escapó.
Siete rayas y se acabó, porque ya no hacía falta contar más.
Era una historia tonta y me la he creído todo el día porque me hacía falta.
Quien va a salir no escribe su nombre en la pared. Lo escribe quien quiere que alguien sepa que estuvo.
Y yo conozco ese nombre.
Delante del bar, en la farola de la parada, hay un cartel que no quita nadie.
Lo vuelve a pegar una señora mayor cada pocas semanas, cuando la lluvia lo deshace.
¿HAS VISTO A BEATRIZ? Una chica rubia, con el pelo rizado, sonriendo a alguien que no sale en la foto.
Lo he tenido delante cientos de veces, a las tres de la mañana, esperando el búho al salir del turno.
Nunca lo he mirado de verdad. Es de esos carteles que acaban siendo parte de la calle, como las pintadas.
Sé que abajo pone un año, y que ese año ya quedaba lejos.
Me digo que en Madrid hay mil Beatrices. Me lo digo en voz alta, para oírlo.
No me lo creo.
Paso otra vez la yema del dedo por las rayas, una a una, aunque ya sé cuántas son. Siete. Y después, nada.
Pongo la colchoneta en su sitio, tapando el nombre, con cuidado, para que él no note que la he movido. Guardo la horquilla en la costura. Me tumbo de cara a la pared, con la manta hasta la boca, y no cierro los ojos.
La señora del cartel sigue buscándola.
La primera no salió de aquí.